Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

 

Amanezco en Sikasso, última ciudad antes de abandonar Mali. Como cada mañana repito el ritual de cargar la moto. A veces resulta cansado pero la sensación de ser nómada lo compensa con creces. Me dirijo a Burkina, el recorrido transcurre tranquilo a través de una estrecha carretera que atraviesa pueblos de adobe cada vez más rojizo. La arquitectura rural evoluciona ligeramente, se mantienen las pequeñas construcciones circulares de no más de dos metros de diámetro con techo de paja, pero aparecen algunas mayores, rectangulares y con ladrillo, también de adobe. También cambia el color del adobe, que como la tierra misma se enrojece a medida que se acerca el trópico.

Aldea cercana a Burkina

Llego a la frontera a media mañana. Parece una aldea más, con sencillas construcciones que cobijan del sol justiciero a funcionarios y policías. Junto a la caseta de aduanas hay un pozo en el que varias niñas se divierten mientras cargan de agua recipientes abollados. Después los apoyan sobre sus cabezas y comienzan la larga caminata. Como cada día de cada mes, de cada año. Así toda la vida.

El calor parece haber bajado la tensión incluso a la codicia. Nadie intenta sacar un dólar extra de mi presencia. De hecho la moto no tiene entrada en el país y el poli de aduanas tiene que hacer una chapuza en el CDP para dejar constancia de que salgo con ella. Lo hace encantado, me desea buen viaje y parece satisfecho ayudando a un extranjero. Esto no parece África, no es un paso habitual de turistas y las malas artes no florecen. Igual en el paso de Burkina, que me lleva media hora escasa.

Paro en el primer pueblo, compro un refresco y me siento curioso como siempre que cambio de país. El ruido es inexistente, el calor empieza a ser infernal y los africanos a esta hora suelen replegarse. No hay nada que hacer, y si lo hubiese, mejor después cuando caiga el sol. Hay unas horas en las que apenas pasa nada. Algún peatón pasa arrastrando los pies y me mira curioso, pero ni siquiera se acerca, no parece tener fuerzas ni ganas de articular palabra. El objetivo del día es llegar a una ciudad llamada Banfora, pero un poco antes he visto que hay unas cascadas, a unos trescientos kilómetros de donde estoy. Calculo que llegaré al atardecer así que espero poder meter la cabeza bajo el chorro. Miro el mapa y decido salirme completamente de la ruta principal e intentar alcanzar la meta por pistas. En el primer desvío abandono el asfalto y ya no dejo de ver tierra intensamente roja.

África hay que conocerla por pista, esa es la lectura al salir de Burkina días después. Por primera vez desde que viajo, atravieso la mayoría de un país por una ruta completamente aislada del asfalto y por tanto de la más cercana conexión de la población local con el turismo y la raza blanca. La ruta principal en los países poco desarrollados significa no sólo el paso del turismo, y por tanto el contacto visual con otro mundo, también es el canal por el que circula el comercio interno del país. A medida que las pistas se hacen estrechas, muchos de los recursos necesarios para las comunidades no llegan. Entonces son éstas las que se desplazan, y no todos claro, suelen tener representantes que bajan a comerciar a los pueblos más grandes para después volver a sus aldeas con todo lo necesario para la comunidad. Eso hace que la gran mayoría no tenga contacto con casi nada ni nadie que venga de una ciudad, donde el desarrollo, aunque caótico, tiene ligeros destellos occidentales. Además de algún que otro blanco deambulando por la calle. El que visita una ciudad africana, por ejemplo, en algún momento  puede cruzarse con una moto de gran cilindrada. Pero si por el contrario nunca ha visto una, como la mayoría de los cientos de personas que me cruzo en los siguientes días, la sorpresa es comparable a si un día aparece por mi barrio un tipo con la piel a dos colores sobre una alfombra voladora.

Recorro doscientos kilómetros bajo un calor sofocante, a través de una pista de firme desigual y entre minúsculas aldeas. A pesar de la sudada y del esfuerzo físico no dejo de sonreír, estoy haciendo lo que más me gusta y cada vez más alejado de la civilización. A media tarde atravieso una estrecha cordillera de verticales formaciones de roca roja que desafían la llanura elevándose violentamente.

Cordillera

Con dos escasas horas de sol llego a las cascadas, con la cara enrojecida, oliendo a choto, pero satisfecho después de horas de atravesar mundo rural. Después de un refrescante chapuzón llego de noche a Banfora, donde me hospedo a cuerpo de rey por veinte euros.

chapuzón

El dueño del hotel se llama Richard , nos conocemos a la mañana siguiente cuando le veo podando el jardín que rodea las ocho pequeñas cabañas que en círculo marcan la linde de la parcela. Cada una de ellas es una habitación doble con aire acondicionado, cama de madera con una estructura rectangular donde desplegar la mosquitera, impolutas sábanas blancas, y un limpio baño alicatado en cerámica de pared a suelo. En el epicentro de la parcela se levanta un tejado rectangular que protege de la lluvia una gran mesa de comedor y donde por el mismo precio sirven un prometedor desayuno. El hotel es cojonudo, así que decido quedarme unos días.

Richard ama la jardinería y se declara antisocial. No valgo para las personas, -me dice sin dejar por ello de podar su jardín-, se me dan mucho mejor las plantas, por eso ayer te atendieron los empleados, yo prefiero dedicarme a la jardinería y al mantenimiento del hotel. Sigue con las tijeras en la mano. No termina de relajarse lo suficiente como para detenerse unos instantes y charlar conmigo. Creo que realmente no le apetece, quiere terminar cuanto antes la conversación y seguir podando. Va a ser verdad eso de que las personas no se le dan bien.

Lo cierto es que me quedo allí tres días y termina tratándome como a un colega. Me habla de su mujer africana, con la que llevaba ocho años casado, de sus hijos, de su absoluta certeza de no querer volver a Francia, y me acompaña en largas conversaciones nocturnas sentados en el jardín, dándome su visión sobre África, Europa, los Africanos y los Europeos. Una opinión más que va formando lo que espero que con el tiempo llegue a convertirse en la mía propia, porque después de ocho años viajando asiduamente a Senegal, todavía no la tengo. Sigo sin entender nada. Atravesar Mauritania, Mali y ahora Burkina, me está dando una visión más global del drama que acontece a este continente. Algo que todos sabemos, pero que al circular días seguidos por miles de kilómetros de constante miseria, aunque aparentemente te acostumbras y sigues avanzando con normalidad, te va grabando en el cerebro una desalentadora imagen sobre el mundo de mierda en el que vivimos. Nada tiene realmente sentido mientras no se acorte la distancia entre los que más tenemos y los que menos tienen. El desarrollo, el progreso, el estado del bienestar, y todo lo bueno de nuestro sistema, no convence si no mecemos un pelín la balanza. Con un poco bastaría, agua para todos y comercio algo más justo, con eso esta gente tiraría para delante. Vivimos momentos jodidos en España, pero seguimos bebiendo y comiendo todos los días. Mucha de esta gente invierte la mayor parte del día en recolectar agua y buscar algo con lo que engañar al estómago. Así todos los días, porque si amaneces y no tienes un grifo cerca, no hay nada en lo que pensar, te vas a por agua. Y así es imposible el desarrollo.

Antes de cargar de nuevo la moto y emprender la ruta hacia Ghana, decido pasar un día por pista y sin maletas para conocer un pueblo troglodita perdido en lo alto de una montaña. El nombre del pueblo no aparece en ningún mapa al que pueda optar en ese momento, así que marco en googlemaps donde creo que es, más o menos, para después pasar las coordenadas al GPS. Todo muy bien excepto que se me olvida dar el último paso y me las piro tan feliz por la mañana sin el waypoint. Así que me toca buscar el pueblo medio al azar, lo que provoca que me pierda y viva momentos inolvidables.

Irse por las ramas

Los caminos se van achicando hasta terminar inmerso en senderos que comunican minúsculas aldeas. África está lleno de ellos, a medida que se espesa la selva son más complejos y más enrevesados. Sólo los que a base de andarlos los han creado, parece posible que los entiendan. Yo no soy uno de ellos así que sigo errando de una lado a otro sin tener las ideas muy claras de donde estoy.

La presencia de una moto de monstruoso rugir por tierras tan alejadas de la civilización se convierte en el acontecimiento del día. Los niños al verme llegar saltan acojonados de los senderos para refugiarse entre la maleza de los laterales, luego asoman tímidamente sus pequeñas cabezas para saciar su curiosidad y averiguar qué coño es eso que viene haciendo tanto ruido. Al reconocer una sonrisa de un señor blanco, se relajan y me devuelven con la misma moneda. Ese es el mejor salvoconducto en cualquier lugar del mundo. Al menos casi siempre.

Finalmente termino completamente perdido buscando el pueblo troglodita. En una intersección de dos senderos, opto por el más pequeño y acabo entrando en una minúscula aldea en la que debe vivir una familia poco numerosa. Tan sólo hay cinco cabañas. Entre ellas pasea una mujer que porta un barreño plateado sobre su cabeza. Al verme llegar entra en pánico y sale despavorida derramando todo el agua que transporta. Mientras corre ladea la cabeza,  mirándome alarmada pero sin dejar completamente de ver donde pisa para no estamparse contra el suelo. Ese gesto de horror y miedo se me queda grabado para siempre.

Freno en seco, me bajo de la moto, le doy la vuelta maniobrando desde el suelo porque no hay ancho para hacerlo en marcha, y salgo de allí en busca de una pista que algo más ancha me lleve al dichoso pueblo troglodita, sin provocar pánico a nadie, que desde luego no es mi objetivo. Ya más tranquilo sonrío al recordar la mucha gente que siempre me pregunta si no me da miedo viajar solo. Nadie se puede imaginar que el que a veces genera terror soy yo.

Finalmente consigo encontrar las indicaciones al pueblo troglodita, pero es demasiado tarde para adentrarse a pie la hora de camino que me parece entender me dicen los lugareños que tardaría en llegar. Sin ver el pueblo marcho de vuelta por la ruta principal y de nuevo de noche llego a Bánfora. Mañana me piro a Ghana.

De nuevo me sonríe la suerte y amanece despejado. Los días que decido descansar de moto se rompe el cielo, y los que por el contrario viajo parece haber tregua. Mucho mejor así. En la puerta del hotel hago los últimos ajustes al equipaje de la moto. Tanto Richard como los chavales que trabajan con él han salido a despedirme y no se pierden el mínimo detalle de mi protocolo. Me explican que puedo intentar cruzar por la frontera más al sur de Burkina, a través de un río que aunque no tiene puente, parece que hay barcazas que cruzan vehículos. Eso me ahorra kilómetros y tiempo, y sobre todo me permite escapar de la ruta principal para seguir por zona rural. Burkina es tranquilo y me siento siempre seguro, por lejos que esté. Sin dar importancia alguna al asunto me dirijo convencido a esa frontera marcada por el mapa que dibuja la gente que me encuentro en el camino, a través de un río que desconozco, imaginando que cruzaré en una barca de madera que se tambaleará al son de unas pequeñas olas de agua dulce. Imagino una historia más que contar, pero no dedico dos minutos a racionalizar el asunto y llegar a la conclusión más evidente, que las fronteras son escasas cuando de poner sellos se trata.

Joder con la moto

Paso un largo e intenso día sin apenas ver asfalto, por la misma tierra roja de las últimas jornadas, con diferentes anchos de calzada a través de infinidad de pueblos y aldeas hasta que el sol cae vertiginoso buscando el ocaso. Todavía con algo de luz llego a Batié, pequeño pueblo fronterizo que emana ese pestuzo que siempre desprenden los lugares por el que circulan personas y cosas a cambio de sellos o tasas. Realmente son cuatro manzanas de construcciones de adobe decadente. Todas parecen comercios. Las calles perdieron hace tiempo el nivel, la tierra está completamente agrietada por las lluvias. Circulo entre surcos dando botes a baja velocidad ante la atenta y extraña mirada de todo el que me cruzo. No me gusta nada el ambiente. Busco un puesto de aduanas que me garantice la legal salida del vehículo. No parece haber frontera, tras varias vueltas por el pueblo estoy a punto de desistir y marchar de un lugar en el que la energía es a todas luces fea.

Un moderno cuatro por cuatro se cruza en mi camino. Los cuatro integrantes me sonríen y el corazón no late en exceso. Ese suele ser el primer termómetro cuando aparecen los malos. Estos son buenos. Son ghaneses y hablan inglés. Si quieres pasar, – me dicen -, vente con nosotros que vamos para Ghana. Pero si necesitas un sello en tu pasaporte tendrás que ir a Gaoua, a una hora larga de camino, dormir allí porque aquí hotel no hay, y seguir camino mañana por la mañana hasta Bangwon que es la frontera más cercana.

Arrancan el motor de su potente cuatro por cuatro y se largan. Apenas queda luz, me tengo que largar zumbando si no quiero jugármela conduciendo de noche por pista africana. Me dispongo a salir escopetado de allí pero un tipo oscuro aparece entre las sombras. Anda merodeando por allí, ya lo había visto, pero no le he mirado a la cara hasta este momento en que lo hago. Cruzo un segundo la mirada y lo tengo claro. Los hijos de puta, los que no son políticos, suelen delatarse en el primer gesto. Este lo es, sus pupilas giran endemoniadas sobre sí mismas como si fuese una maquina tragaperras, hasta detenerse con símbolos de dólar al son de la música del premio gordo. – Policía de aduanas! -, indica el hijo de mala perra mientras me muestra un carnet que efectivamente confirma lo que escupe por la boca.

– Quiero ver tus papeles -, continua en un francés-inglés que se entiende perfectamente.

Lo corruptos siempre se hacen entender muy bien. Saco la retahíla de papeles pero apenas los mira. Me apunta con su mirada, cabecea negando ser lo que busca, hasta que definitivamente puedo ver su gesto en plenitud. Es complicado de explicar, o mi literatura no da más, pero ese rostro de corrupto apresando un jugoso botín es tan internacional como asqueroso. Pocas veces lo he visto, pero cuando ha sido que sí, he tenido claro al instante que lo que tenía delante era un auténtico hijo de la gran puta. Este apesta.

El tipo no va armado, así que lo que dice el protocolo del buen overlander es que lo mejor que puedo hacer es huir. Ha dejado de interactuar conmigo, ahora habla por teléfono, parece que pidiendo refuerzos. Un grupo de chavales observan a cierta distancia. Puede que me confunda, pero al verlos me da la impresión que se están apiadando de mi, de lo que va a acontecer en las próximas horas. Eso me hace sopesar seriamente la posibilidad de salir de allí zumbando.

El principal problema radica en que la moto está apagada, hundida en un socavón de tierra y barro y posiblemente con la segunda o quizá tercera marcha metida. Al ver a los ghaneses que hablaban inglés he parado de cualquier forma y así ha quedado la moto. Yo estoy subido, con todo guardado y las llaves puestas. Me pregunto qué tardaría en girar la llave, dar al encendido, soltar embrague, acelerar como alma que lleva el diablo y salir de allí cagando leches. Desde luego más de lo que mi enemigo tardaría en llevar la mano a la llave y cortar el encendido. Parece imposible, así que por unos instantes olvido la idea y me resigno a ser violado económicamente.

La luz cae vertiginosa en mi contra. Siempre digo que uno no sabe quién es hasta estar en momentos críticos, y yo está claro que sigo sin conocerme lo suficiente.

Se escucha un ruido a la espalda del corruto que hace que se gire ciento ochenta grados. Según lo veo, en un puro acto reflejo, suelto la mano contra la llaves, la giro, le doy al encendido y hago intención de soltar el embrague y acelerar a fondo. Pero el canalla torna violentamente su cuerpo, me mira con los ojos encendidos en cólera y con una de esos gestos que no se olvidan nunca, tira la mano contra la llave acertando a girarla antes de que la moto se mueva un triste metro. Un segundo acto reflejo me lleva a soltar la mano de nuevo contra la llave, hacerme con ella y empezar a gritar enajenado.

– Police! Police!

Señalo con mi mano a un puesto de policía que hay unos metros más adelante, en la entrada del pueblo. Intento vilmente demostrar que no intentaba huir, que sólo quería ir a la policía, al menos de cara a los espectadores que en un momento dado puede que tengan algo que ver en lo que preveo va a suceder.

La situación está jodida, acabo de intentar escapar de un corrupto poli de aduanas y no lo he conseguido. Los chavales se acercan y nos rodean. Uno de ellos me aconseja en rudimentario inglés que pague. Otro abre sus brazos y gesticula recriminándome haber intentado huir. En África las cosas se resuelven con pasta, no entienden que siendo blanco y rico lo haga de otra forma. El corrupto sigue enajenado, mantiene un duelo visual mientras se asegura que no vuelva a intentar la fuga. Me odia.

Pasa más de media hora hasta que aparece otro poli, o algo parecido, de paisano, sobre una pequeña moto. Me indican que le siga. Vamos dando tumbos por una camino de tierra desquebrajada que se aleja del pueblo. Apenas queda luz y me dirijo a la boca del lobo. Me planteo de nuevo escapar, esta vez es mucho más sencillo, el cacharro que me precede no me dura ni cien metros. Pero el otro puede haber avisado al puesto de poli para que estén alerta. Un fallo más puede ser letal, así que termino resignándome.

A las afueras del pueblo aparece en una humilde construcción de hormigón grisáceo y tejado de uralita. Se trata del puesto de aduanas que nunca encontré al llegar. Un aburrido militar de gesto bonachón se sorprende al vernos aparecer. Descanso al verlo. Bajo de la moto y espero unos minutos mientras hablan entre ellos. El militar me mira de vez en cuando mientras escucha el relato. Le sonrío y me devuelve igual gesto. Me tranquilizo. Al rato llega el hijo de puta. Me pide de nuevo los papeles. Comienza un absurdo teatro que dura más de una hora. El militar parece estar de mi lado, el otro me da le impresión que argumenta la estúpida teoría de que yo vengo de Ghana y he entrado ilegalmente en el país.

La noche ya es cerrada y mi destino está a más de una hora de pista. Llovizna tristemente. Mi carnet de passage está en manos de un capullo que desea unos euros. Creo que ha llegado el momento de tirar la toalla y ejercer de blanco. Mi captor sigue con el teléfono en una mano, llamando o simulando que lo hace. Ya le he pedido disculpas varias veces por intentar escapar, pero el sigue erre que erre. Decido ofrecerle pasta, no estoy muy acostumbrado pero entiendo que debo hacerlo sin mucho descaro.

– Te puedo pedir disculpas y abonar el coste del tiempo que has perdido?

O no me escucha, o no me entiende, o probablemente ya es demasiado tarde para sus intereses corruptos. Ni se inmuta ni contesta, sigue a lo suyo. Me vuelvo a sentar pacientemente un buen rato. Al fondo, de lo que ya es una total penumbra, aparece un nuevo poli sobre una pequeña motocicleta. Al ver su rostro afable y sonriente respiro profundamente. Creo que estoy salvado, el tipo es buena gente y ya son mayoría. Tras un pequeño diálogo por señas y básico inglés, explico de donde vengo y a donde voy. Parece ser el jefe, al menos ambos lo tratan como tal. Siguen largo rato hablando entre ellos mientras ya más relajado, espero que el tiempo pase.

Una hora y media después de haber llegado consigo que me dejen salir de la comisaría. Guardo los papeles, me pongo el casco y salgo de allí zumbando.

Atravieso de nuevo el pueblo tenebroso botando a toda leche a través de la misma calzada agrietada y enfilo dirección Gaoua, lugar donde los ghaneses me indicaron que estaba el hotel más cercano. Van a ser setenta kilómetros infernales por pista y de noche, pero la liberación es tal, que lo único que me parece es estar en una autopista. A pocos kilómetros del pueblo paro unos minutos, me pongo el traje de agua y me grabo contando lo acontecido. Las imágenes no mienten, las he pasado putas.

Una hora después llego al único hotel de la ciudad. La habitación es cutre pero me parece un cinco estrellas. Estoy sudoroso, agotado y todavía encendido y asustado por la mala experiencia. Desde que viajo en moto por el mundo es la tercera vez que paso miedo. Siempre por culpa de la policía. Amanezco a las ocho de la mañana tras un sueño profundo e interrumpido. La silueta de mi cuerpo ha quedado dibujada en un colchón que parece plastilina. Todo me da igual cuando viajo, termino tan cansado que duermo siempre del tirón.

M1400002

En el desayuno conozco a Robert y Nadine, una pareja de suizos que viajan a Sudáfrica en un Tom Cruiser. Charlamos acalorados por nuestras experiencias y nos hacemos colegas al instante. Llevamos el mismo rumbo, así que quedamos en vernos en el parque Nacional de Mole, al norte de Ghana y primera parada una vez crucemos la frontera.

Si todo va bien claro.

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