Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

Al sudeste de Nigeria, haciendo frontera con Camerún, existe un lugar en el que si tienes la suerte de llegar en moto, y protegido por moteros, las puertas se abren solas. Se llama Calabar.

motos Olory

Atravieso Abá sobre las dos de la tarde. Es la última ciudad antes de llegar Calabar,  mi destino final en Nigeria. Allí parece que todo está más tranquilo. La carretera se vuelve estrecha y el asfalto empeora, pero a cambio embellece el entorno que se desmasifica, desaparece el humo negro y lo rural poco a poco reemplaza a lo urbano. La tensión de los dos últimos días desaparece y comienzo a disfrutar por fin de la moto, los paisajes, el aire limpio y  las gentes sencillas que retoman el hábito de saludar al motero que pasa por sus pequeños pueblos.

Amiga

De nuevo comienza a llover, me refugio en el soportal de un pequeño comercio y mientras me preparo contra la lluvia, charlo con la dependienta que permanece sentada en la puerta de su local, hipnotizada observando el extraño fenómeno que sucede en la puerta de su monótono negocio. No comprende nada de lo que le digo, no entiende por qué viajo solo y por qué lo hago en moto, con lo bien que se va en coche, afirma convencida.

Si fuese en coche“, contesto, “nunca habría parado aquí a refugiarme de la lluvia y no nos habríamos conocido”. El argumento es tan sencillo pero tan contundente que la única respuesta que obtengo es una tímida sonrisa de una mujer que se ruboriza halagada. El extraño tipo de barba se despide y se va antes de que pare de llover. No quiero llegar muy tarde.

Un nuevo motero me intercepta en el camino a lomos de una Kawasaki de gran cilindrada. Veo cómo se acerca por el retrovisor, me adelanta, se pone en paralelo y me hace un gesto para que me detenga. Paramos y me pregunta si conozco a Mohamed. “Claro”, contesto, “¿cómo lo sabes?”. Ha colgado fotos tuyas en Facebook.  La movida de las redes sociales. Se llama Denis y se le ha volado la pantalla del casco, menos mal que usa gafas. Conoce a mi contacto en Calabar, Olory, así que le sigo el resto de camino bajo una intermitente y molesta lluvia

A medida que nos acercamos parece que entro en otro país, una nueva forma urbana va tomando estilo propio. Casas independientes con jardín, de arquitectura con rasgos europeos, algunas decadentes, otras bastante decentes y muchas en construcción. Nigeria es un país emergente y las grúas son buen testigo de ello. Avenidas anchas, mucha menos mierda de lo habitual y tráfico algo más sosegado. Presiento que estaré bien en Calabar.

Calabar urba

Llegamos a una de esas casas y paramos frente al paso de vehículos. Denis le atiza a la bocina enajenado hasta que se abren las puertas. Se despide y se va, llega tarde al banco. Un adolescente me abre sonriente, pregunto por Olory y me dice que no está, pero que pase. Avanzo con la moto y accedo a un cuidado jardín con una cochera y dos lujosos cuatro por cuatro. Al fondo está la construcción principal, una planta con techo de uralita típico en Nigeria y fachada enfoscada. Apenas hay ruido, estamos en una zona residencial y sólo se escucha algún que otro vehículo que pasa y pájaros que revolotean por la parcela.

LLegada a Calabar

Salen de la casa unos cuantos adolescentes, estudiantes y amigos de uno de los hijos de Olory. Éste es el que se presenta primero. Educados, cultos, visten bien y les mola mi moto y mi rollo viajero, pero no me miran como a un extraterrestre. Bajo una pequeña estructura de madera que colinda con la fachada, descansan las motos de Olory, una Goldwing impecable y una R1.  Además de una Teneré 660 de un belga que pasó por aquí y marchó de vuelta a su país. Otro haciendo el viaje por etapas

Un A4 impoluto entra en el recinto. Todos salen a su llegada, hijos y amigos de hijos. Baja del coche un tipo de mi estatura, de unos cuarenta y tantos, vestido tradicional africano, con elegante sombrero de los cincuenta y bastón de mando, no cojea, como bien me explicaría posteriormente es un símbolo de poder. Hace un saludo general y se acerca.

– Mister Charly, te esperaba. Disculpa la espera pero vengo de un congreso de políticos, por eso visto así. Bienvenido a Calabar, aquí estarás feliz.

Por unos minutos hablamos del viaje y de motos, observa de arriba abajo la mía, me pregunta, y termina mostrándome orgulloso sus dos lujosas motos. Tiene un fuerte tono de voz y cuando ríe lo hace a carcajadas contagiosas. Parece orgulloso con mi presencia. Me cae bien desde el primer segundo.

-¿Qué quieres hacer? Acampar gratis, hotel caro u hotel barato.

Miro al cielo, no deja de llover, pienso que llevo tres días sin hablar con mi gente y decido que un chorro de aire acondicionado y una conexión a internet serán un buen regalo tras la intensa ruta hasta aquí.

– Hotel barato con internet

– Perfecto, deja todo aquí y vamos en mi coche, yo te negocio el precio.

– Estoy sucio y huelo que apesto, te puedo seguir con mi moto si lo prefieres.

– Eres mi invitado y está lloviendo, vamos en coche y seguimos charlando.

Callejeamos por las afueras de Calabar, abandonamos la zona residencial y nos adentramos en una ciudad que se acerca algo más al estilo caótico africano, pero manteniendo un cierto orden y limpieza como pocas veces he visto en lo que conozco de este continente, que por complejo y dispar que sea, tiene siempre un denominador común en el urbanismo de sus ciudades.

Llegamos a las puertas de un hotel y Mathew Olory presiona la bocina enajenado. No era cosa de Denis, así se abren las puertas en Nigeria, cualquier recinto está rodeado por un muro de ladrillo coronado con alambres de pincho en espiral.  Para que te abran las puertas has de enajenarte con la bocina. Un muchacho nos da paso pero Olory le ordena que llame a su encargado. Cuando éste aparece, Olory baja la ventanilla.

– Hola Ikwen, te estuve llamando y no respondes. ¿Para qué quieres el teléfono?

– Lo siento señor.

– Da igual, el señor Charly viene desde España en moto, necesita una habitación con internet y no puede pagar más de treinta y cinco dólares.

– Las habitaciones cuestan cincuenta señor.

-  Ya lo sé, pero mi amigo es un señor blanco que necesita un lugar donde estar seguro y tener acceso a internet. Viene desde muy lejos.

-  Tenemos una habitación interior muy pequeña frente a la recepción, esa sí se la podemos dejar en ese precio.

Olory se gira y me mira. “Veamos esa habitación”, dice. Atravesamos un pequeño patio que hace de  parking y accedemos al hotel. Se trata de una construcción de una planta. Olory ha cambiado el tono y ahora bromea en tono colega con Ikwen. Éste debe ser de mi edad, parece que van hablando de mujeres.

Entramos al recinto y atravesamos la recepción, dos chicas de uniforme me sonríen picaronas y cuchichean, les mantengo la mirada encantado hasta que Ikwen abre una puerta y desaparecemos. La habitación es minúscula y bastante cutre, con cubo y cazo de nuevo en la bañera. La única ventana da a la recepción, es decir,  no es que sea interior, es lo siguiente,  pero me da igual, está limpia y un buen chorro de aire acondicionado y otro de wifi es lo único que necesito.

Olory me invita a cenar, me lleva a por mi moto, me acompaña de nuevo al hotel y me despide hasta el día siguiente. “Mañana paso a verte, descansa que estarás reventado del viaje. Cualquier cosa que necesites me llamas

Tengo la peor habitación del hotel, la más barata, un pequeño habitáculo frente a la recepción, interior y oscuro, pero que resultará tener la mejor ubicación para mi vida social. Abro la puerta para salir al exterior, cruzo la recepción, sonrío a las chicas, y cuando me dispongo a abrir la puerta que da acceso al parking ikwen me intercepta y no me deja salir.

– Queríamos invitarle a una fiesta esta noche Mister Charly

– ¿Eh?¿Cómo?

– Sí, que tenemos una fiesta y estaríamos muy honrados con su presencia.

– Claro, ¿dónde es?

– Aquí, en la parte de atrás, es el cumpleaños de una amiga.

Busco en mi saco de ropa arrugada la camiseta menos roída y salgo de nuevo a incorporarme a la fiesta. Hay una oscura habitación al fondo del hotel donde un tipo pincha música con un portátil y varios beben y bailan. Fuera, en la parte trasera, hay varias mesas de plástico con gente sentada de charla y copeteo. Me hacen señas en una de ellas y ahí que me siento. Ya me conocen, se presentaron cuando descargaba la moto y recuerdan mi nombre perfectamente.

Ellos beben whisky a palo seco, sin hielo ni agua ni refresco. Ellas por el contrario, también. Acojona ver a una fina y elegante mujer nigeriana, con tacones, vestido ajustado y curvas imposibles, servirse medio vaso de whiskazo a palo seco y metérselo para el cuerpo de una tacada. La costumbre aquí es que nadie sirve a nadie, en Nigeria me dicen, solemos decir que allá tú con lo que haces, si quieres beber más que sea tu responsabilidad.

– ¿Qué bebes Charly?

-  Whisky no, bebería vino pero no creo que…

Uno de ellos alza la mano y ordena a una de las camareras que traiga una botella de vino tinto. Resulta ser italiano y estar cojonudo. Con la fiel ayuda de uno de ellos, que por un día olvida el whisky, terminan cayendo dos botellas.

Fiestuki en Calabar2

A mi izquierda tengo a un funcionario, trabaja para intentar que la educación básica llegue a todo el mundo. “Que todo pescador o agricultor al menos sepa leer y escribir, a eso me dedico”. Me habla de política y del sistema educativo nigeriano que dice estar obsoleto. Él, como otros con los que hablo, asegura que el problema del norte es menos religioso que político, lo que quieren es poder, asegura. Nigeria cuenta con ciento sesenta millones de habitantes, más de quinientas etnias distintas y unas fronteras diseñadas con tiralíneas por los europeos.

A mi derecha tengo a un empresario petrolero que resulta ser de mi quinta. Tiene mujer y dos hijos, así que como dice, sólo juego un rato y luego me marcho a casa. Pero lo cierto es que la conversación solo gira entorno a unas y otras.

Termino reptando a la habitación con la cartera intacta.

Amanezco con relativa resaca. Como cada mañana lo primero que hago es ir a ver la moto. Esta vez tengo una preocupación extra. Ayer llegando al hotel se bloqueó la rueda trasera un par de veces. Era de noche y llovía, así que ni miré. Después la fiesta y el vino reemplazaron a la preocupación.

Las pastillas han muerto. Me cago en mi estampa por no haber previsto algo tan sencillo de comprar y transportar desde España y que aquí puede suponer un nuevo dolor de cabeza. Unido al de la resaca. Es sábado por la mañana. Pido ayuda a mis incondicionales de siempre y unos buenos amigos en Barcelona compran unas a última hora,  por si hubiera que mandarlas urgente. En cualquier caso habrá que esperar al lunes.

A final de la mañana viene el Chief Olory a recogerme. Le cuento la movida y mientras nos vamos en el A4 a conocer Calabar, hace un par de llamadas para intentar conseguir unas en Nigeria. Algo que a priori se me antoja complicado. Una de las llamadas es a Mohamed, que dice podrá intentarlo. “No te preocupes”, me dice Olory, “ yo soy el jefe aquí, todo es posible en Calabar”.

Olory tiene poder y eso en África tienes unas connotaciones algo diferentes que en Europa. En el fondo quizá es lo mismo pero aquí no hay que ocultarlo. Él es ostentoso, de puertas adentro y especialmente de puertas afuera. Tener dinero es síntoma de poder, y  él lo ejerce constantemente, se hace respetar en cada movimiento y en cada sílaba que pronuncia. Conmigo, como invitado y hombre blanco, no es igual, me trata siempre de tú a tú, me cuida, me ha apadrinado, y como dice continuamente “estás con el jefe y estás en Calabar, sé feliz que aquí todo irá bien”.

Olory

Paseamos por el Marina Resort, una zona de recreo idílica junto a un entrante de mar. En Calabar a veces olvido que estoy en África. Aquí se puede acampar gratis, Eduard de www.ridetoroots.com  lo hizo los días que pasó por aquí. Todo el mundo conoce y saluda con respeto al jefe. Me presenta a un pez gordo del gobierno que se interesa por mi viaje y termina invitándome a que le llame si tengo problemas con el visado de Camerún. “No te preocupes por eso”, me dice Olory cuando continuamos paseando, “el lunes te acompaño al consulado y te consigo varios meses si deseas”.

Casa OloryAcabamos la tarde en su casa que me muestra orgulloso. Tiene cinco sofás de cuero marrón con capacidad para cuatro personas cada uno, distribuidos en una “L” gigante que ocupa prácticamente los ciento y pico metros de salón. “Soy el jefe, tengo que demostrarlo y poder acoger cómodamente a mucha gente. Aquí tenemos reuniones políticas”.  La decoración de la estancia se completa con una pantalla plana, unos altavoces alargados, una mesa de comedor ubicada en un rincón con capacidad para seis personas, y varias fotografías colgadas a modo de cuadros. Todas suyas a tamaño casi real de cuando se presentó para alcalde de Akampa, un distrito algo más al norte. Ganó y estuvo tres años en el poder.

Junto a la entrada de la finca, colindante con la puerta que se abre a bocinazos, existe otra pequeña construcción elevada en dos alturas y con acceso a través de una escalera de tres tramos. Ahí arriba, dominándolo todo, está su despacho, con tres enormes ventanas a tres orientaciones diferentes. Corre una ligera brisa que evita tener que usar el aire acondicionado. “Mejor así”, dice Olory, “la red eléctrica en Nigeria no tiene fuerza, el corrupto poder militar de tantos años nos ha privado de muchas cosas, una de ellas son los suministros. Gasto unos ochenta dólares diarios para alimentar la casa con el generador”.

Recuerdo una conversación que tuve por la mañana con David, uno de los vigilantes del hotel que por un par de dólares se ofreció a limpiar mi moto. Trabaja once horas diarias y su salario mensual es de setenta dólares.

En la única pared sin ventana del despacho hay una puerta corredera. Olory la abre y me muestra su gran tesoro. Es un vestidor motero, algo que nunca antes había visto. Ocho cascos, varias chaquetas, varios monos, varios pares de botas, todo tipo de protecciones y decenas de guantes.

Vestidor Olory

Volvemos a la casa, nos sentamos en los sofás de cuero marrón y recuerdo que no tengo pastillas. “¿Sabemos algo?”, pregunto. Olory mira su teléfono, empieza a marcar hasta que algo en su cabeza lo interrumpe y le hace cambiar el gesto. “Chidi!”, exclama, “ cómo no se me ha ocurrido antes!

Se refiere a un ingeniero amante de las motos BMW que vive a unos doscientos kilómetros de Calabar, quizá él pueda conseguir las pastillas, termina diciendo mientras vuelve a marcar.

-  Chidi…, Chief Olory al habla. Cómo estás y dónde estás?

-   (escucha unos segundos)

-   ¿Cómo? Ven a mi casa ahora mismo.

No te lo vas a creer”, me dice Olory, “pero está en Calabar…”

Minutos después escuchamos un vehículo enajenado con la bocina. Se abren las puertas de la casa y entra el ingeniero.

-  Chidi, este es Mister Charly, ha venido desde España en BMW F800 GS, tiene un problema y yo he pensado que tú mejor que nadie podrá resolverlo.

-  Hola Chidi, encantado, soy Charly. Resulta que no tengo pastillas traseras, quizá tú sabes si es posible conseguir recambio en Nigeria.

-  Claro, acompáñame…

Salimos al exterior, bajamos los tres escalones que acceden al jardín desde la casa, andamos hacia su coche y abre la puerta trasera. Observo a su mujer que permanece en silencio en el asiento del copiloto, esperando pacientemente a que su marido termine la gestión a la que haya venido. Chidi mete la mano en una caja de cartón y saca varios juegos de pastillas BMW.

Entro en shock. Estoy en Nigeria, en una localidad casi frontera con Camerún donde apenas hay motos BMW. Un ingeniero freak, resultó estar en este momento en Calabar, a doscientos kilómetros de su casa, y por alguna razón que no entiendo, llevaba una caja llena de pastillas para BMW en su coche. Cosas del guionista…

Todo es posible en Calabar, estás con el jefe y todo saldrá bien”,  sentencia Olory.

Volvemos al hotel, saca la herramienta y cuando comprueba como son unas y otras, resulta que no valen. Son de R1200 GS. Chidi queda en llevárselas a casa para hacer una ñapa y adaptarlas. "Mañana a las nueve las tienes listas, no te preocupes", sentencia.

Me despido del ingeniero y de Olory, abro la puerta del hotel y entro en la recepción. Las chicas como siempre me saludan efusivas. Soy bajito y barbudo, pero mi condición de único blanco me debe hacer exótico. De nuevo Ikwen me intercepta antes de llegar a mi guarida, esta vez escoltado por dos colegas.

-  Mister Charly, mis amigos y yo queríamos sacarle esta noche de fiesta

-  ¿Eh? ¿Cómo?

-   Sí de copas, queremos mostrarle la noche en Calabar, quizá hay algo importante de Nigeria que todavía no conoce…

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4 thoughts on Calabar y las puertas que se abren

  1. Muy buenos tus relatos , sirven de mucho a otros viajeros , que como yo estoy programando mi próximo viaje por Africa , muchas gracias por compartir esta hermosa experiencia . Saludos desde Argentina . Y quizás en alguna ruta nos crucemos .
    Mi ultimo viaje fue en 2011 Ushuaia – Alaska . En 338 días y 94.000 km. Si te puedo servir de algo , a tus ordenes .

    • Charly

      seguro que sí German, esa ruta americana la tengo en pendientes. Por aquí estamos, ayudándonos en lo que haga falta. Tú me dices lo que necesites cuando saltes a África. Abrazo

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