Otro rio

Amanece soleado, hoy es día de frontera. Me despido de la gente del hotel y me acerco al pueblo. Paro junto a un vendedor de gasolina en bidones. Compro diez litros un cuarenta por ciento más caro que en el surtidor. El chaval deposita junto a la moto diez botellas de cristal de un litro cada una, y comienza a llenar el depósito de una en una. Se forma un gran revuelo en el pueblo, nos rodean muchos curiosos. –¿Cuánto corre?- ¿Cuántos litros caben? – ¿Dónde vas? –¿Por qué vas solo? – ¿Cuál es tu misión?-. Siempre las mismas preguntas de quienes no pueden entender que algunos occidentales viajamos por la simple razón de conocer, que es lo que más nos gusta.La mayoría de los africanos, si viajan, es sólo por pura necesidad.

Gasolinero Mindouli

Callejeo por el pueblo en busca del puesto de inmigración. Al llegar parece que no hay sello. Un poli hace una llamada y me invita a esperar sentado bajo la sombra de un árbol. Esto es así, toca activar la paciencia. A falta de café un niño se encarga de traerme una coca cola de sesenta centilitros. Un viejete me acompaña bajo la sombra. Charlamos distendidamente, pero no hablamos de nada, entenderse se hace imposible. Creo que su francés es tan malo como el mío.

Esperando el sello 

Media hora larga después salgo de allí en busca de aduanas. La situación no puede ser más surrealista. Sigo las indicaciones hasta llegar a una cabaña que parece una casa. No es cosa mía, es que es la casa del funcionario. Su mujer me mira de reojo al llegar, está cosiendo en el porche, sentada en una de las dos únicas sillas de plástico que lo decoran. Hay dos puertas, accedemos por la de la izquierda y entramos en su dormitorio. Sólo hay una cama y una montonera de papeles apilados en el suelo. Rebusca y encuentra una carpeta de plástico. Salimos al exterior, se sienta junto a su mujer, saca un sello y me pregunta.

-    ¿Qué tengo que hacer?
-    Pon un sello aquí, escribe la fecha y el nombre de esta ciudad, firma sobre la estampa,  recortamos esto, que es para ti, dame la mano, acepta mis agradecimientos, y deséame buen viaje que me las piro…

ArroyoAl final del pueblo la pista sigue dirección Congo Kinshasa, no hay barrera, ni puesto militar, ni policía, ni nada que haga sospechar que estoy saliendo de un país. Simplemente un pequeño arroyo que cruzo creyéndome un gran aventurero y que intuyo que es el final de Congo Brazzaville. Sigo las coordenadas de mi amigo Jota que cruzó por aquí. De hecho esa es la única razón por la cual estoy viviendo esta mañana de frontera tan relajada. Nunca por mis propios medios me adentraría en un país por tan ambiguo linde. La pista es muy estrecha y está desierta, cuesta creer que estoy cambiando de país legalmente.

Cruzando rio

Tierra de nadie copyUn puente de troncos de madera cruza un pequeño arroyo, al fondo la pista asciende por un monte y ya no deja de hacerlo hasta alcanzar los seiscientos metros de altura y llegar a la meseta. El paisaje es acojonante, estoy sobre las lomas de una cadena montañosa de crestas onduladas, cubiertas por una capa de hierba y atravesada por una pista de tierra rojiza, sólo para mí. No me cruzo con nadie en los varios kilómetros que dura la tierra de nadie, porque que yo sepa todavía no estoy en Congo Kinshasa.

Barrera de bambúEfectivamente, aparece un palo de bambú que hace de barrera. Pero no hay nadie. Un sendero sortea el consistente impedimento, así que me lo salto y continuo. Se abre la pista y al fondo veo una cabaña de madera y paja. Me acerco pero tampoco hay nadie, dentro un montón de papeles reposan sobre un taburete junto a un tablero de parchís. Parece un puesto de policía sí, pero aquí no hay nadie. – ¿Qué hago? -, si sigo estoy ilegal pero si espero pueden pasar horas.

puesto fronterizo

Detrás de mí, a lo lejos, por donde he venido, veo un presunto agricultor que a trancas y barrancas avanza entre la maleza. Arranco la moto y me acerco. – ¿Sabe usted dónde está la frontera?-. -Por allí -, el buen hombre señala otra pista que sale a la izquierda y que debe circular paralela a la linde con el otro Congo, si es que alguien en este mundo sabe realmente dónde diantres acaba uno y empieza el otro. Unos metros después encuentro otro puesto fronterizo de similares características, esta vez es una cabaña de madera y paja algo mayor, con otra poderosa barrera de bambú y de nuevo vacía.

Antes de parar la moto y pensar qué hacer, escucho unas voces. Me giro y veo un militar corriendo hacia mí, agarrando con las dos manos una metralleta a media altura. Parece asustado. Antes de que apunte, le amenazo con una enorme sonrisa que parece relajarle parcialmente. – Bonjour agente!, ¿es esta la frontera con Congo Kinshasa?- El adolescente, que viste pantalón militar y camiseta negra sin mangas, sigue sin dar crédito a lo que ven sus ojos. – Sí, pero tiene que acompañarme con la moto-. Y todavía desconfiado me indica el camino con la punta de la metralleta. Avanzo unos metros por un sendero con la  imagen del militar corriendo en el retrovisor, acercándome a un complejo de varias cabañas. Es una pequeña aldea donde parece que viven los funcionarios de la probablemente menos frecuentada frontera del mundo. Dos mujeres trabajan sentadas en el suelo, un grupo de hombres no hace nada, y unos niños revolotean entre las casuchas. Se hace un silencio a mi llegada. 

Cojo el pasaporte, bajo de la moto, saludo uno por uno a los caballeros, mando un saludo en la distancia a las señoras, que paralizadas me devuelven con una sonrisa, hago varias sin gracias a los niños, que no me dan mucha bola, y me siento plácidamente en una silla de madera mientras los hombres examinan minuciosamente el pasaporte en busca del visado. Esto les lleva varios minutos, analizando cada uno de los sellos que lleva el pasaporte, que a estas alturas ya son muchos. Finalmente el que está al mando me lo devuelve. – ¿Dónde está el visado de la República Democrática del Congo?-. Se lo muestro y todos al unísono emiten un “ahhhh”, luego me miran y me dan su conformidad por pura mímica.

frontera Congo

En estos momentos no me cambiaría por nadie. Estoy en una diminuta aldea en Congo, con mi moto a unos metros y hablando por mímica con unos simpáticos tipos que se interesan por saber qué hago allí y dónde coño voy solo con semejante artefacto. Qué agradecido estoy de haber conocido a Jota en Camerún y haber cruzado por aquí, estas experiencias son las que siempre recuerdo después, las que me han hecho adicto a viajar en moto por el mundo.

Un rato después me despido y cruzo la barrera bordeándola por un nuevo sendero que permite saltársela sin problemas. Ya estoy en la República Democrática del Congo, ese temido país colonizado cruelmente por los cabrones de los belgas del XIX. Digo esto porque cuesta mucho entender que alguien en su sano juicio entrara aquí y puteara de tal forma a estas amables gentes. Las sensaciones del puesto fronterizo se confirman en cada uno de los muchos poblados que cruzo durante el día. Los niños corren a saludarme, las mujeres paran de trabajar unos segundos para levantar sus manos efusivas, igual que los hombres, que detienen su no hacer nada para sonreír al extraño viajero que surca sus aldeas sobre un ruidoso vehículo de dos ruedas. La temperatura es perfecta, unos veinte grados, sólo huele a campo, y la pista a ratos es deliciosa, circula en muy buenas condiciones por la misma meseta de crestas redondeadas. Juguetea entre los quinientos y seiscientos metros de altura, bajando y subiendo. En los desniveles empeora, las aguas han convertido el firme en auténticas trialeras que en moto se pasan sin problema pero aminorando drásticamente la marcha. Bajo la velocidad y siempre encuentro un pequeño paso por donde sortear los enormes surcos. Bueno, todas menos una en la que decido hacerlo por el mismo surco y una de las maletas toca en la pared.

Trialera

Cada rato, la escasa vegetación se ve interrumpida por una especie de oasis, donde crecen palmeras, grandes árboles y hierba verde. Ahí se asientan pequeñas poblaciones de amables gentes que viven en rudimentarias casuchas de ladrillo de adobe. No me cruzo con otro vehículo en ningún momento. Estoy viviendo uno de mis mejores días motero viajeros.

Oasis

A media mañana atravieso una aldea algo mayor, el estómago se queja y paro junto a una tienda. Compro pan, coca cola y una banana. Es hora de almorzar. Me dispongo a sentarme en el suelo pero el tendero se adelanta y me saca una silla y una mesa de plástico. El pueblo está en total silencio, tan sólo se escucha el cacarear de las gallinas, nadie pasa por la pista. Un grupo de hombres andan de cháchara silenciosa a unos metros, probablemente hablando de mí. Detrás de la tienda hay unas mujeres y niñas que me observan tímidamente. Saco una lata de sardinas y me hago un bocata que me sabe a jamón de jabugo. La coca cola a buen vino tinto. Me dan ganas de pedir permiso y acampar aquí, pero aún me quedan muchos kilómetros hasta Luozi, donde presumiblemente cruzaré el río Congo, así que decido seguir deseando encontrar un lugar similar donde pasar la noche.

a por pan2

Sigo por la pista, la media oscila los treinta kilómetros por hora, así que avanzo poco. Hasta Luozi no llego ni de coña,  con toda seguridad me tocará acampar. La cosa es encontrar el lugar, la opción de buscar un sitio escondido me puede llevar un buen rato, lo mejor sería encontrar una misión católica idílica donde me dejaran poner la tienda de campaña. Pero esos temas los lleva el guionista, yo ni pincho ni corto, sólo he de seguir mi viaje y algo pasará.

A las cuatro y media de la tarde atravieso otra aldea de mayor tamaño. Veo una iglesia, pero no es más que una casa de ladrillo de adobe algo mayor con una cruz pintada en la fachada. Está cerrada a cal y canto y no es el idílico lugar que imaginaba. Queda una hora larga de luz así que espero encontrar otro lugar mejor. Salgo de la aldea y me encuentro con un desvío. Sin dudas giro a la izquierda. Diez kilómetros después veo el río Congo en el CompeGPS, mucho antes del lo previsto. La he cagado, no era por aquí. Doy la vuelta y vuelvo hasta el desvío, a estas velocidades he perdido más de media hora.

Ya no queda margen, la noche se acerca. Entro de nuevo en la aldea, la gente ahora me saluda con interrogantes. – ¿Qué pasa?, ¿Dónde vas ahora tipo raro?-, imagino que se preguntan. Interrogo a unos chavales sobre si conocen una misión católica y sí, al fondo a la derecha me parece entender. Coincide con la iglesia que vi antes, lo mismo tengo que pensar en otra opción. Paso junto a una tienda y detengo la moto de nuevo frente a otro grupo de chavales. -¿Sabéis dónde está la misión católica?-, pregunto esperanzado de que haya otra. – Sí claro, justo por ahí!-.  Me  están indicando un sendero de cuento que se sumerge entre la maleza por un bosque que dentro de mi película, parece encantado. – Te acompañamos!-

sendero encantadoMe adelanto unos metros y los chavales corren tras de mí, el sendero serpentea entre unos árboles hasta que la maleza se despeja y aparezco en una enorme explanada, de hierba verde y con varias grandes construcciones esparcidas, una iglesia entre ellas. La luz de la tarde embellece los trazos que el cabrón del guionista escribió justo después de hacerme errar en el desvío. He pasado uno de mis mejores días de moto y haber llegado a una ciudad no habría hecho más que estropearlo, esto es lo mejor que me podía pasar.
 

LLegada a misión
Aparco en un prado de fina hierba junto a iglesia y frente a una casa de un planta, enfoscada en blanco y con varias puertas de madera. El chaval que lideraba el grupo noquea una de las puertas pero no hay nadie. Llega el resto del grupo. Luego unas niñas. Luego una mujer de mi edad. Luego más niños. Me rodean a cierta distancia. Intento comunicarme con los adultos, parece que el cura no está, andará por ahí. Las niñas se van poco a poco acercando. Todavía les doy miedo, pero la curiosidad femenina supera cualquier barrera. Los niños están un poco más alejados, mirándome en silencio. Pasa una hora y el cura no viene. Ya llevo rato jugando con las niñas a traducir palabras. – Esto se dice oreja en español – Y ellas me traducen al francés y a su lengua nativa. Cuando lo pronuncio se descojonan. Yo también.

La luz se va.  Un chaval se ha ido en bici a buscar al que parece único habitante del pueblo que habla inglés. Mientras tanto aparece una chica que debe rondar los treinta, con una montonera de troncos sobre la cabeza. Viste un vestido tradicional de tonos amarillos. Llega descojonada. Deja la leña en el suelo y se acerca. cocinera

Lleva tres únicas trenzas de punta, cada una apuntando a un punto cardinal diferente. Es de esas personas que siempre ríe cuando habla. Se para frente a mí, alguien le informa que no hablo francés y comienza a soltarme un sermón entre suaves carcajadas, acompañado por las risas de los ya unos veinte espectadores. No he entendido nada, pero sé perfectamente lo que me está diciendo.

-    Te veo pasar en esa moto enorme como si fueras una aparición. Me saludas y sigues tu camino. Luego reapareces milagrosamente y de todos los sitios donde podías parar, lo haces justo en la puerta de mi cocina, porque yo soy la cocinera de la misión. Y ahora, resulta que no hablas francés. No es justo! –

Aparece jadeando mi joven intérprete. Ha venido corriendo ante tan importante misión. Apenas domina unas cuantas palabras en inglés con rudimentaria gramática. Le agradezco mucho el gesto y pregunto rápido por el prior, porque la noche ya está aquí y tengo que montar el campamento. Parece ser que no está pero la cocinera me dice que puedo acampar sin ningún problema, ahí mismo, sobre el parado verde. Rápido me pongo manos a la obra. El círculo se abre y en completo silencio mi público observa cada uno de mis movimientos, cada nuevo artilugio que sale de las maletas de la nave espacial. Ha llegado un extraterrestre a Paroisse Zimba, tranquila aldea de una serranía que no sé cómo se llama porque no lo encuentro en internet, en la República Democrática del Congo, donde casi nunca pasa nada. Pero el show no ha hecho más que comenzar.

Termino de instalar la tienda y pregunto a la cocinera si me puedo lavar en algún sitio. Corre a la casa, abre una de las puertas, entra, y segundos después aparece con un barreño y un bidón de agua. Lo llena y me pide que le acompañe tras la casa. Porto el frontal porque ya es noche cerrada. Hay unos rústicos baños donde me quedo solo. Me lavo lo mejor que puedo y cuando vuelvo por fin no hay nadie. -Quizá pueda cenar solo -, pienso. -Ni de coña-, dice el guionista.

Al ver mi luz van volviendo todos poco a poco. No sé cuántos son porque no portan linterna, sólo sé que finalmente se han formado tres grupos. Uno está detrás, otro a la izquierda, y al frente está la cocinera con alguien más. Para ellos el espectáculo es perfecto, el extraterrestre lleva una luz en la frente que ilumina cada uno de sus movimientos. Saco la cocina, abro la botella de gasolina, instalo los conductos minuciosamente, abro el grifo unos segundos, lo cierro, y prendo la mecha. Una llama ilumina por unos segundos varios perplejos rostros negros que no pierden detalle de lo que está pasando. Cuando el quemador ya está caliente, abro el grifo y el hornillo empieza a prender. Se escucha un murmullo. Abro mis últimos callos con ternera de Salami S.A, regalo de mi amigo Juan Oso. Los vierto en la cazuela y escucho una carcajada de la cocinera.

La situación es incómoda, no cabe duda. Mojo pan en la exquisita salsa, mastico a doble carrillo, iluminado por mi frontal, sabiendo que si un minúsculo hilo de salsa cayera por mi barba, unos cuarenta ojos lo enfocarían perfectamente. Pero la experiencia es única, me he sentido extraterrestre en muchos sitios durante mis viajes, pero nunca antes se habían dado unas circunstancias como estas.

Al terminar de cenar aparece un hombre de mediana edad portando un farolillo de gasolina. Se presenta como el catequista. Vive en una de las casas del recinto junto a su mujer y sus nueve hijos. Estamos en África y a esta hora toca charlar, así que nos sentamos en unas sillas del plástico junto a mi tienda. La cocinera, el catequista y yo. El resto, intérprete incluido, nos rodean. El catequista mañana a las seis dará la misa, a la que me invitan varias veces y de la que rehúyo ambiguamente.

A pesar de los continuos silencios por la falta de idioma común, aquello no termina nunca. Nadie se mueve. Estoy un poco preocupado, tengo que mandar un mensaje por satélite a la familia y amigos de las redes sociales, pero desearía hacerlo solo, cosa que no parece que vaya a ser posible. – ¿Qué hago ahora?- explico lo que es o me invento una milonga.

Ante el parpadear azul del Spot y el Iphone iluminado en el que escribo que estoy bien, el círculo se cierra y todos quieren ver qué carajos hago. – ¿Qué es eso?, ¿ Qué haces?- preguntan. – De perdidos al rio -, pienso, y muy despacio les explico en medio inglés medio mímica que estoy mandando un mensaje a mi familia para explicarles que estoy bien, y que el mensaje se manda por satélite. Por supuesto omito que además, resulta que se publica en Facebook y Twitter.

Nunca sabré qué pensaron, qué hablaron cuando me fui y cuánto duraría el recuerdo de aquel día en el que un tipo raro pasó por su aldea. Tampoco sé, y esta pregunta me la hago muchas veces, si alguno de aquellos felices chavales, o que al menos a mí me parece que lo son, algún día se iría de la aldea en busca de una ciudad con la esperanza de conseguir ganar dinero y comprar alguno de esos artilugios. Ese mismo efecto que hace la televisión mostrando la parte buena del mundo desarrollado, pero sin mostrar la parte fea, el cómo viven la mayoría de los emigrantes que consiguen llegar y la cantidad de enfermedades inventadas que tenemos los que allí hemos nacido. Porque en esa aldea no creo que sepan lo que es una depresión.

En cualquier caso en las capitales africanas también florecen unos pocos ricos con sus respectivos artilugios, y el efecto es el mismo.

Por fin se van todos y puedo en soledad fumarme el último cigarro bajo millones de estrellas. Mañana, si todo va bien, me toca cruzar el río Congo.

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4 thoughts on De Congo a Congo y acampo donde me toca

  1. MaD

    Igual alguno de ellos, sin pasar por una depresión, termina haciendo algo grande por los suyos, sólo porque un día un tipo raro pasó por su aldea cuando era pequeño y decide ir a buscarle

  2. Lalo Michel

    Charly:
    Tu relato me recuerda varias ocasiones en que también he sido un extraterrestre, pero la más memorable de ellas fue una Navidad en medio de la selva maya de México, en Yucatán, muy cerca a la zona hermosísima arqueológica de Uxmal.
    Era la nochebuena del año 2005 y yo me había llevado a todos mis parientes y amigos a este viaje por medio de mensajes MSM que era lo único asequible en ese tiempo, pero esa noche estaba en un sitio sin cobertura de señal, así que decidí obviar las “feliznavidades” y convertirme en un Santaclós flaco, vestido de negro, montado en un ruidoso trineo negro de dos ruedas y sin renos.
    Me conseguí unos 20 dólares de juguetes de plástico (no bélicos) que se amontonaron en una bolsa en donde podría caber dos veces mi cadáver. La até como pude a mi montura y me lancé a una carretera nocturna llena de curvas, rodeada de selva cerrada, cruzada por monos, armadillos, culebras y cuanta alimaña se piense, hasta llegar a donde ésta terminaba: un callejón sin salida rodeado de jungla, compuesto de 40 chozas, dos carcachos desvencijados, una explanada de cemento y un farol lagañoso.
    No había iglesia, delegación municipal ni oficina de autoridad alguna, así que con la mediocre ayuda del comisario ejidal, me puse a repartir como pude aquellos 50 juguetes entre los diez mil niños que salieron a curiosear con el loco del aparato ruidoso.
    La gente era buena, simpática, pero celosa: hablan español, pero entre ellos se comunicaban en maya, así que yo era un completo extranjero en mi país.
    Finalmente una familia me adoptó por esa noche y me invitaron a cenar un tamal y coca cola. La cena navideña más pobre que he vivido, pero tal vez la más rica!
    Gracias por recordarme esa experiencia, compadre!!