Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

En Madrid, en casa.

 

 

A lo lejos, muy a lo lejos, apareció un pequeño punto que alteraba el monótono paisaje. Pronto ese punto mutó en dos.

Te crees un superhéroe. A medida que un motero solitario avanza, cruza fronteras, y ve por el espejo retrovisor hacerse pequeños los uniformes de los corruptos, engrandece. Cada kilómetro un poco más. Cada amanecer es un tipo más grande el que bosteza. Cada atardecer, cuando llega el momento de parar, el pesado equipaje pesa menos.

A pocos kilómetros de la frontera de la temida Mauritania, hogar de Al-Qaeda según los noticieros de nuestro mundo, mi ego y yo sobrevolábamos unos metros por encima de una carretera que enfilaba entre piedras y fina arena, la temida y pesada frontera. Me sentía especial. Casi único.

Cuando esos dos pequeños puntos se fueron haciendo grandes, más rápido de lo normal, entendí que no eran moteros. Rápido auguré con acierto lo que iba a pasar, lo que iba a poner mi ego en el lugar que correspondía.

Adelanté rápido al primero de los ciclistas que enajenado pedaleaba con los alisios golpeándole el pescuezo. Saludé rápido. Era un tipo de sonrisa enorme. Me posicioné paralelo al segundo, que con el mismo calibre de sonrisa me indicaba que parara, que no entendía bien las palabras con las que yo intentaba mostrar mi más profundo respeto. Unos metros después paré en la cuneta de una carretera en la que no sucedía nada en muchos kilómetros. Eternos para un motociclista. No quiero pensar para un ciclista.

Les costó frenar de la inercia que traían. Posiblemente desde Alemania, su país de origen. Se trataba de dos tipos de piel curtida, recientemente cubierta por una fina capa de polvo del desierto. Mínimo me doblaban la edad. Mi sonrisa permanente después de varios días de viaje, parecía insignificante ante la energía que desprendían esos dos arrugados rostros. Sus poros segregaban paz. Sus ojos brillaban especialmente. Iban a Senegal. Igual que yo. Ellos en bici.

Los temores a cruzar Mauritania sobre un moderno vehículo, que rondaba de media y sin inmutarse los 120 Km/h, me situaban en calidad de auténtico “pringao” al ver como dos jubilados germanos, pretendían hacer lo mismo propulsados exclusivamente por un par de piernas nacidas en los cuarenta. Una vez más, los muchos ciclistas que deambulan por el mundo, te ponen en el lugar que corresponde.

Nos despedimos calurosamente y continué mi camino, esta vez al ras del asfalto.

Reposté en la gasolinera de la frontera, justo antes de cruzar la primera de las barreras. Nunca sabes qué pasara después.

Los gendarmes marroquíes registraban varias furgonetas matrícula francesa. Pedí a unos de sus ocupantes que vigilara mi equipaje mientras sellaba el pasaporte. Luego seguimos juntos el pesado trámite. Eran cuatro parejas de franceses, dos de ellas de mi quinta, las otras dos un par de generaciones por encima. Uno de los jóvenes había liado a sus padres y unos amigos para hacer juntos el viaje a Dakar.

En menos de una hora la burocracia marroquí nos dejó continuar. A ellos unos minutos antes. Al rato los adelanté, antes de llegar a Mauritania. Los países fronterizos suelen dejar unos kilómetros de seguridad entre sus controles policiales. En este caso se trata de cinco kilómetros infernales de soporífero desierto. El asfalto desaparece y la pista transcurre entre fina arena y piedras que arden. Coches abandonados señalizan los laterales de la pista. Se trata de vehículos que por falta de papeles no pudieron seguir. Algunos robados, otros simplemente declarados ilegales para cruzar fronteras. Son los cadáveres visibles de un miserable cementerio que por desgracia, oculta otros muchos.

Cada año esta tierra de nadie se cobra la vida de muchos. Saharauis expulsados por Marruecos que Mauritania no admite, africanos negros que en su ruta a Europa salen de Mauritania, pero no pueden entrar en Marruecos, o náufragos de pateras que nunca llegaron a Canarias. Algunos mueren de sed, otros saltan por los aires intentando sortear las minas que fuera de los márgenes de la pista, protegen los intereses de dos naciones enfrentadas históricamente.

Levantado sobre la moto, y envuelto en una gran nube de polvo, adelanté una gran fila de coches que desesperados esperaban a que unos cuantos consiguieran sacar un camión de la rodera de arena en la que estaba prisionero. Un atajo sólo apto para dos ruedas me hizo llegar a la frontera Mauritana el primero, con funcionarios desocupados esperando dólares frescos.

Como siempre discutí. Llevé la tensión a lo que pensé era un razonable máximo, y entonces, y sólo entonces, pagué a los que continuaban pidiéndome pasta por entrar en Mauritania. Fueron diez euros por mi y algo más por la moto. No hizo falta el carne de passage.

Ya estaba dentro.

Salí como siempre zumbando de la frontera, ansiando que los vientos del desierto ventilaran rápido el mal rollo fronterizo. No fue así, Mauritania es uno de esos países militarizados de norte a sur. Parecido a Paquistán.

La carretera llegó a un cruce. Giré al oeste, una enorme recta de casi cincuenta kilómetros llevaba a Nouadhibuo a través de una estrecha lengua de arena que formaba una península. A la izquierda descansaba una enorme bahía, a la derecha, aunque no se veía, el océano. El resto, arena y viento,  enormes dunas a ambos lados que traficaban arena aliadas con los alisios.

Dos controles militares hicieron dilatar mi llegada. En el primero, sin bajarme de la moto, un militar negro-africano me pedía fotocopia del pasaporte, además de diez euros. La cámara del casco grabó el momento. Me negué a ambas cosas, una por no tener, y la otra porque no. Tras un rato de espera me dejó proseguir. Parecía buen tipo. Supongo que la inercia es pedir.

Con la euforia de haber grabado el momento en el que un militar me pedía pasta, continué mi camino inmerso en una fuerte tormenta de arena. La misma que había acaparado toda la atención del micrófono y anulado así el sonido del vídeo del corrupto militar. Una lástima, no se oía nada.

Segundo control. Creyéndome de nuevo súper héroe  me bajé de la moto y me dirigí triunfante a una pordiosera caseta en la que un militar, registraba los datos del que llegaba. Esta vez era árabe. Desde el primer instante intuí que debía apagar la cámara. Así lo hice, pero la dejé puesta en el casco. Cagada.

"3">- ¿ Qué lleva usted ahí ?

– No hablo francés – en tono imbécil –

– ¿ Y qué habla? – en tono chungo –

– Español

– ¿Qué es eso? – señalando la cámara con el dedo-

-  Una cámara, pero off, off. – le indico con el dedo-

– Espere ahí.

Otras veces funciona, pero en este caso sus señas fueron suficientes para retenerme mientras llamaba por radio a su jefe.

Mientras aguardaba el veredicto en un lateral, cagándome interiormente por mi absurdo error, seguía pasando gente. Un hombre de mediana edad, de pelo grisáceo y gafas redondas, se aventuró a hablarme en castellano.

– ¿Cómo sabe que soy español? – pregunté -.

– Por la matrícula – me dijo -.

– ¡Qué gilipollas soy! – pensé -.

– Soy saharuie – me dijo- , y profesor de español – continuó -.

Deseaba hablar castellano. Me escribió su teléfono en lo único blanco que había por allí, mi mano, y al saber que estaría unos días en Nouadhibuo, me invitó a llamarlo y quedar. Mentira podrida, ni unos días ni casi unas horas. Al día siguiente saldría zumbando de allí intentando cruzar Mauritania en un solo día. Me jodió engañarlo, era buen tipo con toda seguridad.

El porqué del embuste era sin más, la sobreprotección del motero solitario. Algo a lo que acostumbro en lugares de dudosa seguridad. Si alguien me pregunta a dónde me dirijo, práctica habitual de los curiosos habitantes de las carreteras, yo siempre digo que voy al lugar del que vengo. Así creo despistar a los malos caso de que alguna vez me haya cruzado con alguno, cosa que dudo. Pero la mínima posibilidad de haber ahorrado un disgusto a los que me quieren, compensa las mentiras piadosas. Digo yo.

Pasaron veinte minutos de paciente espera y forzada sonrisa, intentando demostrar al retorcido árabe que no formaba parte de una conspiración contra su país. Finalmente accedió a regañadientes y pude continuar sin que me confiscara la cámara. Algo que sospeché pasaría.

Llegué a Nouadhibuo. Escalón de desarrollo y bofetada al risueño blanquito de la moto. Pensé que Mauritania sería un país pobre como lo es Senegal. Desconocía lo miserable que es.

Un inmenso vertedero rodeaba la entrada a la ciudad. Cabras y perros escarbaban en busca de algo comestible entre arena fina de desierto, y montoneras de mierda. Después peor, niños descalzos jugueteaban entre los restos de una ciudad en la que nada parecía sobrar. No recuerdo casas de más de una planta. Tampoco fachadas pintadas. La ciudad es gris. Apenas un par de calles tienen asfalto, el resto es tierra. Y viento, continuo vendaval que mueve fina arena de un lado a otro sin cesar.

Crucé la ciudad un par de veces. Sus gentes se giraban al escucharme. Al verme sonreían, como casi siempre fuera de las fronteras del desarrollo. El gps indicaba un par de campamentos que desde fuera no convencían. Seguí atravesando la ciudad. El cartel de un restaurante me hizo detener. “El Quijote” se llamaba.

Dos tipos blancos conversaban sobre la arena del parking.

– Hello

– Hello

– ¿Do you know any hotel around here?

– Yes, you have some there…

– ¿Where are you from?

– Spain

– ¿Y qué coño hacemos hablando en inglés?

Los dueños del restaurante Don Quijote son una pareja de canarios. Ellos me indicaron un hotel de precio medio en el que dormir. Ellos mismos me sirvieron unas horas después una exquisita ensalada de gambas, de primero, y un entrecote importado de la patria, de segundo. Hidratado con tres copas de vino tinto, que terminaron siendo cuatro porque la casa invitaba a la última. Un homenaje merecido tras una noche en tienda de campaña.

Me levanté un par de horas después de apagar el despertador. Resacoso desayuné café con tristes e insulsas galletas. Sobre las diez de la mañana enfilaba de nuevo la carretera que bordeaba la bahía y me llevaría al cruce donde viraría al sur. Llevaba conmigo diez fotocopias del pasaporte, sabio consejo recibido la noche anterior y que aligeraría los muchos controles militares que encontraría en la carretera de los secuestros.

Nouadhibuo

Noad1Noad2 

 

El primer puesto militar era el último del día anterior. Algo lógico. Un militar alzó la mano al tiempo que bajaba la barrera. Resabiado entregué la fotocopia. Sonrió conforme, eso le ahorraba escribir mis datos. Entró en la garita, entregó la fotocopia, salió de nuevo, y subió la barrera. Me bajé la visera ahumada del casco, arranqué y…

El capullo militar árabe de la tarde anterior, que debió reconocer mi pálido careto en la copia del pasaporte, salió corriendo de la garita haciendo gestos para de nuevo detenerme.

Escondido tras mi visera, simulé no verlo y aceleré. Ni siquiera de reojo miré por el retrovisor, acojonado zumbé dirección Senegal como alma que lleva el diablo. No sé cuánto habría costado aquello, pero intuyo que aquel mequetrefe pasó la noche en vela arrepentido de no haber sacado tajada de un blanco con cámara en el casco.

La carretera desde el cruce hasta la capital transcurre a través de quinientos setenta kilómetros de fina arena, grandes dunas, y matojos sueltos. Prácticamente recta. Sólo hay dos gasolineras, una con un solitario surtidor diesel, y la otra con todo. Con todo o con nada, a veces se queda sin combustible y hay que esperar hasta el día siguiente. O huir de allí cargando la moto en un camión de coca cola por cincuenta euros, temiendo por tu vida, como le pasó a Miquel Silvestre en su tormentoso paso por Mauritania.

Calibri">Calibri">Yo tuve mejor suerte y nada me hizo temer. En esta carretera recta de desierto infinito, e imposible huida, habían secuestrado a tres ciudadanos catalanes un par de años atrás. Eso por un lado hacía temer. Por otro no, la lógica, la estadística, y los continuos controles militares quitaban las malas ideas de la cabeza. Más aún pasando rápido en moto y sin llamar mucho la atención. Siguiendo el hábito de sobre protegerme no había publicado mis intenciones y pensaba atravesar el país lo más fugaz posible. Parecía lógico pensar que un secuestro se planeaba, y yo a eso no había dado tiempo.

Pero este derroche de racionalidad no es suficiente para que cuando llevas horas circulando a cien por hora, recto, solo, sin cruzarte con casi nadie, en medio del silencio del desierto, imagines que de alguna de esas lejanas dunas, de repente, aparecerá un veloz pick-up seguido de una nube de polvo y repleto de señores de barba larga, turbante palestino, y malas ideas.

No fue el caso. Llegué a la gasolinera, reposté sin percances, y continué mi camino al sur.

Desierto

Desierto5 Desierto4 Desierto2 Desierto3  Desierto1

El Sáhara daba paso al Sahel, una extensión algo menos desértica de terreno que desde aquí, hasta Sudán, hace de frontera entre el gran desierto del norte y las sabanas tropicales del sur. También hace de frontera entra la África Árabe y la Negra. Mauritania es un ejemplo de país en el que conviven ambas razas. Con sus problemas claro.

Crucé fugazmente Nouakchot, sin salirme de la única avenida que parecía asfaltada en la capital del país. La ciudad se mostraba sucia y polvorienta. El sol apretaba y nada motivaba a parar, ni siquiera el hambre. Decidí obviar la comida e intentar alcanzar la frontera lo antes posible.

Nouakchot

Nouakchott1 Nouakchott2 Nouakchott3

Kilómetros después de abandonar la capital, el desierto comenzaba a fusionarse con la sabana. Paulatinamente iban brotando más y más matojos en la arena, cada vez más altos. El viento disminuía. Los matojos se convertía en arbustos que formaban pequeños bosques, obstaculizando el paso a las todavía existentes dunas. Los pueblos enterrados en arena del desierto comenzaban a asentarse sobre tierra cada vez más firme. La raza árabe cedía terreno a la negra. El islamismo suavizaba. Mujeres exhibiendo cabellos y curvas imposibles alegraban los aledaños de una carretera que enfilaba Senegal y el África Negra y alegre. Estaba llegando y la carretera de nuevo me daba tiempo suficiente para asimilarlo.

También llegaba a la única parte del trazado con algo de complicación. Si seguía por el asfalto llegaría a la frontera de Rosso, lenta y corrupta como ninguna. Moteros y coches con buena tracción tienen un escape a través de una pista de unos setenta kilómetros que lleva a otro paso fronterizo, el de la presa de Diama. El gps parecía marcar bien la ruta. Además, y según me había informado, la pista era fácil de encontrar preguntando a la propia gente de la zona.

Todo bien, pero cuando es la primera vez que te enfrentas a algo desconocido, genera inseguridad. Más aún cuando al sol le quedaban un par de horas justas.

Un mercedes 300 apareció de la nada y ocupó todo mi retrovisor. El piloto conducía violento, llevando al extremo un adelantamiento en teoría sencillo. Una vez lo logró se situó delante y aminoró la marcha. Me mosqueé claro, pero decidí continuar la marcha sin dejar de estar alerta por lo que pudiese pasar.

Pasaron unos minutos hasta que al fondo apareció un nuevo puesto militar. El duodécimo en menos de ochocientos kilómetros que dista Mauritania de norte a sur. Mientras sacaba el pasaporte para dárselo al militar que me lo pedía, el joven conductor imprudente, aparcado unos metros después, bajaba sonriente con gesto familiar.

Se trataba de un puto buscavidas haciéndose el simpático. Quería venderme un seguro. Me aseguraba que a estas horas sería imposible conseguirlo en la frontera de Rosso. Yo iba por la pista pero no quería que lo supiera. Tras rato de negar educadamente sus servicios, terminé poniéndome violento. Pedí el pasaporte al militar pero éste se negó a devolvérmelo. Eran socios. Afortunadamente para mí era un militar joven, claramente sodomizado por el buscavidas, así que me la jugué y me puse agresivo con él también, exigiendo mi pasaporte.

Salió bien como podía haber salido mal. Se miraron con gesto de derrota, y recuperé mi valioso documento. Arranqué veloz y metros después vi una ancha pista que nacía a la derecha. Miré por el retrovisor y el buscavidas no venía. Me metí por la pista sin muchas dudas y respiré hondo al
ver que el gps parecía estar de acuerdo.

La pista de Diama tiene dos tramos claramente diferenciados. El primero de ellos lleva hasta el río Senegal a través de una sabana cada vez más frondosa, y que definitivamente frena el avance del desierto. La pista es ancha y con tierra dura en su mayoría, aunque bancos de arena distribuidos al azar crean la suficiente tensión para estar alerta continuamente.

Tardé una hora larga en hacer esta tramo. El sol seguía bajando vertiginoso y las probabilidades de llegar de día a la frontera desaparecían. Sin apenas luz llegué a una pequeña localidad que lindaba con el río. Final oficial del desierto. La arena dejó de existir, la vegetación se hizo espesa, y por desgracia, comenzó el riesgo de malaria  .

El segundo tramo de la pista bordeaba el río hasta la presa. El paisaje debía ser espectacular pero yo apenas lo disfruté. La escasez de luz me hizo ir aminorando la marcha. A los laterales ya no se veía nada. Sólo mis luces, apoyadas por dos potentes focos extra cortesía de 2tmoto, que creo me salvaron de algún que otro susto, marcaban el camino. Hasta donde llegaba el resplandor, había vida. El resto era un opaco y misterioso fondo negro.

Un ruido proveniente de mi izquierda me hizo girar rápido la cabeza y observar fugazmente una silueta. Era un jabalí que incluso más acojonado que yo, cruzaba la pista dando tumbos, perdiéndose en la inmensidad de los negros. Instantes después, cuando todavía no me había recuperado del susto, fue una manada entera la que al ver las luces y escuchar el rugir de mi motor, abandonaron escopetados la artificial pista que algún desgraciado trazó por sus tierras.

La pista continuó largo rato hasta que en la total de las oscuridades, observé como una intermitente luz, posiblemente de una linterna, me hacía señales para que me detuviese. Al principio no supe qué tipo de policía o ejercito me paraba. El traje del tipo era casi tan oscuro como su piel. No se veía un carajo, menos cuando el que enfocaba con la linterna mi blanco careto, pidiendo explicaciones, era él. Yo como siempre hacía que no entendía nada. Quería pasta, de eso no quedaba duda.

– Soy español – repetía una y otra vez -.

– No hablo francés – continuaba.

– Pues tenemos un problema – decía él con una risa medio floja-

Comencé entonces un largo y casino monólogo, absurdo y en perfecto castellano.

– Lo siento señor, pero no entiendo francés, soy español como le digo, el país donde juegan Messi y Cristiano Ronaldo. ¿Sabe usted?. La verdad es que yo soy del atleti, el equipo del Kun, quizá no lo conoce porque los medios de comunicación sólo hablan de …

Este monólogo que utilizo a veces, y que podría durar horas, suele funcionar. La clave es no dejar pausas y no parar de habar, pudiendo repetirlo infinitas veces porque ellos sólo entienden los nombres de los millonarios jugadores, algo que curiosamente, abre más puertas que  decir que bajas a financiar pozos de agua potable para sus paisanos.

Cuando funciona se aburren y te dejan ir. Cuando no funciona se suelen cabrear y pedir con mayor énfasis los papeles, algo que se entiende en cualquier idioma.

En este caso funcionó, quizá porque el corrupto no era un militar al uso. Era guarda forestal, con suficiente autoridad para pedirme el pasaporte, retenerme unos minutos en mitad de un parque natural completamente a oscuras, y como no, pedirme un inexistente peaje para poder continuar. Lo que creo es que si lo hace es porque algún turista habrá preferido soltar diez euros antes de marcarse un absurdo monólogo.

Aquel acontecimiento con el forestal no fue más que un breve calentamiento para lo que venía a continuación. Cruzar una frontera chunga, subido en una moto con forma de dólar, a las tantas de la noche, cuando militares y funcionarios tienen todo el tiempo del mundo. Todo un reto.

Aparqué la moto en el lateral de la pista, justo antes de la barrera metálica que marcaba el final de Mauritania. Agarré lo esencial y avancé hacía el cutre complejo fronterizo, formado por dos decadentes edificios de una planta. El militar encargado de subir la barrera me saludó. Yo a él también.

– No tengo ninguna prisa – me dije una y otra vez antes de entrar. Lo peor que puede pasar es que se haga de día.

Entré al primero de lo edificios. Sorteé un enjambre de militares que distribuidos por el suelo, comían, dormían, o jugaban a las cartas. Llegué al despacho de migración, en busca del primero de los sellos. Me pidieron diez euros, igual que al entrar al país. Me negué con el mismo rollo de siempre. Que tenía un visado, que había pagado por él, que al entrar nadie me advirtió que tendría que pagar al salir y bla bla bla.

Al rato de acalorada bronca apareció un segundo militar. Rondaba los dos metros de estatura, sus brazos eran como mis piernas, y hablaba algo de inglés.

– Tiene usted que pagar porque esta frontera está abierta veinticuatro horas, y eso de alguna forma hay que pagarlo.

Contundente argumento, especialmente si lo unes al grave tono  de voz, a su cara de pocos amigos, y a un sencillo y rápido cálculo de cuánto tardaría en morir si semejante individuo decidiese apretar el manojo de morcillas que calzaba como dedos, en mi frágil cuello blanco.

Pagué encantado, a punto estuve de dejar propina.

Minutos después me vi sentado en una habitación rodeado de tres nuevos funcionarios. Esta vez se trataba de la policía. También querían diez euros a cambio de un sello. Me volví a negar, esta vez mucho más enajenado y seguro de mi mismo. Los tres tipos me insinuaron que de allí no me movería. Yo les dejé claro que no tenía nada mejor que hacer, me puse cómodo, y esperé pacientemente.

Media hora después decidieron no querer compartir la noche con un blanco y me dejaron ir. Subieron la barrera, arranqué sin problemas mi flamante moto, rugió el motor, y abandoné Mauritania…

Creo que cualquier pago en una frontera es ilegal. Lo único que intento averiguar es cuál es innegociable y cuál no.

Unos metros después paré el motor, se apagaron las luces, y bajo la tenue iluminación de una farola, grabé unos minutos en los que eufórico explicaba a la cámara lo sucedido previamente. Me encontraba en tierra de nadie, en esos kilómetros neutrales entre fronteras. Terminé el vídeo, guardé la cámara, giré la llave, y al presionar victorioso el botón rojo…

La moto no arrancaba. Un segundo intento y tampoco. Igual que al tercero. Mal
rollo.

Eran cerca de las once de la noche, estaba en tierra de nadie y la moto no rulaba. Me entró la risa floja. Bajé de la moto. Comprobé que no fuese un mal contacto de la pata de cabra. No. Me puse el frontal. Saqué la herramienta. Desmonté una tapa de plástico para comprobar que los bornes de la batería estaban bien. Lo estaban. Pensé unos minutos. No sé qué coño pensé, porque no tengo ni puta idea de mecánica. Me acordé de mi Honda Varadero, tan pesada como fiable. Me acordé mucho de un bonito vídeo en el que simulaba que la moto no arrancaba al llegar a Sydney. El guionista, el destino, y yo, nos descojonamos un buen rato. Luego ellos siguieron. Yo no, me tocaba empujar la moto hasta Senegal.

Comencé el cansado trámite en mitad de la oscura y solitaria noche. La pista picaba ligeramente para arriba. A mi me parecía un puerto de primera del Tour de Francia. A ratos paraba, jadeaba unos instantes, y proseguía. Al fondo veía las luces de la presa de Diama, frontera con Senegal. Varias paradas jadeantes después llegué hasta la presa donde una barrera me impedía el paso. Esperé unos minutos mientras me recuperaba. Nadie vino a abrirme. Supuse que quien fuese el encargado, vendría al ver u oír un vehículo. El mío ni lucía ni sonaba. Dejé la moto allí y anduve hacia los edificios. Apareció el primero de los personajes de la noche. Me pedía pasta para levantar la barrera…

– El puente de la presa hay que pagarlo – decía convencido –

– ¡ Y una mierda ¡ – dije -,  No pago un puto euros más!!!!-, -continué…-

A partir de aquel momento, en el que un blanco ostentoso pretendía pasar una frontera del África Negra, a las doce de la noche, con una moto que costaba un riñón pero no arrancaba, hasta que casi doce horas después lo conseguí, pasaron infinidad de pequeñas historias. Nada malo ni nada grave. Nada nuevo tampoco, todo divertidas anécdotas que contar, aunque cansadas e injustas mientras las vivía.

Era mi papel en ese momento, el que creo debe ser. El viajero debe protegerse del corrupto sistema que otorga poder infinito a aquellos que poseen una placa o un arma. También ha de prevenirse, creo yo, de los muchos buscavidas que rondan las fronteras. Esos que todos los días amanecen con la cuenta a cero y salen a la calle en busca del sustento del día. Para ellos y para su familia. Una injusticia que no se soluciona soltando dólares que agilicen trámites. Al revés, eso no hace más que joderlo, creo yo. Mientras sobrevivan así, aunque sea miserablemente, no se quejarán y nada cambiará.

Otra cosa bien diferente es entender y respetar que cuando uno decide darse un viaje de placer, subido en una ostentosa moto, a través de lugares infinitamente pobres, muchos intentarán sacar partido.

Por supuesto tocó pagar para que abrieran la barrera, grité todo tipo de improperios como nunca lo hago, especialmente al policía corrupto que me terminó sacando diez euros amenazándome con no devolverme el pasaporte. A lo largo de la interminable noche terminamos siendo colegas. Por la mañana fue él quien me dejó unos cables para arrancar la moto. Acampé en la frontera. Conocí a dos buscavidas franceses que estaban allí retenidos porque no tenían dinero suficiente para pagar corruptos aranceles para todo lo que pretendían meter en el país. Posiblemente robado. Compré un seguro para la moto a una mujer senegalesa que además de agente de seguros, cambiaba dinero con márgenes que rozaban la usura. Tomé el peor café del mundo. Discutí a voces con un tipo que me “dejó” su coche para enganchar los cables, y terminó asegurando ser mecánico. Su trabajo valía diez euros. Error de principiante, todo se negocia antes. Una hora después admitió mi última oferta de tres euros.

Frontera

Frontera1 Frontera2

Finalmente conseguí entrar en Senegal, nueve días después de haber salido de Madrid.

La primera localidad senegalesa es St Louis, primera ciudad colonial fundada por los europeos en el África occidental. Me alojé en un pequeño hotel y dediqué todo el día a descansar del día anterior y asegurarme que me trajeran una batería al día siguiente. Había cargado pero me quedé más tranquilo recibiendo el recambio.

Definitivamente había conseguido llegar con un día de margen.  Al día siguiente, a las ocho de la tarde, debía estar en el aeropuerto.

 

St Louis

S.Louis5S.Louis7 S.Louis9 

Al día siguiente salí tranquilo de Saint Louis y recorrí los 2oo km hasta Dakar disfrutando de la moto y de la sabana.

FOTO 8

Antes de llegar a Dakar compré una sandía en un puesto de carretera. Con ella me dirigí al Lago Rosa, donde la engullí feliz mientras saboreaba el verdadero manjar del día. La satisfacción de haber cumplido un nuevo sueño. O reto, no sé.

FOTO9

Lo peor fue comprobar que soy daltónico, confundo el rosa con el marrón.

Lago Marrón 

 

Hasta la próxima…

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo siguiente

 

 

 

 

 

Deja un comentario

24 thoughts on De Mauritania al Lago Rosa.

  1. Litus

    De ladrillaco nada Charly!…..siempre apetece leer crónicas de las tuyas.
    Otra buena aventura, si señor.
    Un saludo.

  2. Carlos, insisto en que si lo hubiera salido me hubiera apuntado!!!:-) es más, estoy por hacerlo en agosto…9 días hasta allí, y otros tantos de vuelta…ummm…por qué no? ya te has vuelto o esto es “live”? Por cierto el calor me imagino que debe ser mortal, no? Gran relato, gracias por compartirlo.

    • calor no tanto, por las noches refrescay por el día suele soplar mucho viento. lom peor es al llegar a Senegal, ahí si pega. no te lo pienses, vete a la calle velázquez 90, pide el visado de Mauritania, te sacas el carne de passagey pírate!!!!. estoy en Madrid, la moto está allí, bajaré a por ella en Agosto, pero no creo que me la suba… el resto es sorpresa. un abrazo

  3. JuanXTDRGS

    Fantástico de nuevo..
    Supongo que tramas un nuevo viaje por la zona en agosto….. Aúpa atleti!!!!!!!!!

  4. andres

    la ostia, de cojones que le pones al asunto, si pagaras todos los sobornos, en cuanto te saldría la broma?muy bueno los relatos. mi admiración por todo

    • gracias andrés, pues entre corruptos y visados, una pasta. Luego compras una sandia a una pobre que curra todo el día, por cincuenta céntimos… eso es lo que jode, que los que tienen poder se aprovechan, y los que no, se mueren de hambre. un saludo

  5. Jorge

    Charlie, me alegro mucho de que sigas viajando!. Da gusto leer tus relatos, y ad+ inspiran!.

    Suerte, y sigue así!

    Jorge.

  6. paratito

    Vaya faena lo de la bateria no??????
    A ver si cuelgas el video de aquel poli corrupto pidiendote dinero.
    Si hubiera sido yo no creo que tuviera los “arrestos” de encararme con ellos y negarles los diez euros.
    Saludos!!!!!

  7. paratito

    Vaya faena lo de la bateria no??????
    A ver si cuelgas el video de aquel poli corrupto pidiendote dinero.
    Si hubiera sido yo no creo que tuviera los

  8. paratito

    Vaya faena lo de la bateria no??????
    A ver si cuelgas el video de aquel poli corrupto pidiendote dinero.
    Si hubiera sido yo no creo que tuviera los \

  9. Momo

    Hola Carlos.
    Soy el tipo que casi te desencaja el hombro al reconocerte en una terraza de Madrid, hara unos meses.

    Que envidia me das,cabrito.
    Has hecho,exactamente la ruta contraria a la queriamos hacer mi grupo de aventureros y yo a la vuelta este verano.Dakar-Madrid.
    Y es que nos salia mas rentable volar hasta Dakar desde Praia,que volver con el vuelo que nos ofrecían en la ong (me voy a cuidar tortuguitas a las playas caboverdianas…) pero el no tener vehiculo propio nos tiro para atras.Quien fuera Aleman y sexagenario.
    Gracias por esta nueva aventura.Lo peor es que se ya estas planificando la próxima.

    Un abrazo,espero q a la proxima pueda invitarte a un montadito y una caña.

    Momo
    Cada

  10. lourdes

    Hola mi niño! aqui la canaria del ¡RESTAURANTE EL QUIJOTE! que me alegro de que te acordaras de nosotros en tu aventura, de la cual me alegro de que llegaras bien a casa.
    Has definido perfectamente Nouadhibou, es la primera impresión que te llevas de esto, pero tiene parajes muy bonitos y con mucho encanto, te invito a quedarte unos días la proxima vez que pases por aqui, y te enseñaremos zonas realmente especiales, sin vacas, cabras, perros y como no basura.

    Bueno un saludo y ya sabes donde estamos.

    Lourdes y Nacho.

    • Charly

      Qué bueno que lo hayas leído y que me escribas Lourdes!. Recuerdo muchos momentos, casi todos diría yo, de mis viajes. Aquella noche bebiendo vino y comiendo como en casa en mi primera noche en Mauritania, no se me olvidará nunca. Gracias por tratarme tan bien. Un abrazo para todos.

  11. Pingback: Vídeo:De Mauritania al Lago Rosa, por la Pista de Diama — El mundo en moto Sinewan

  12. Pingback: Madrid–Ciudad del Cabo en relatos | EL Mundo en Moto Sinewan