Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

niños akampa

Tengo una mano en el pomo de la puerta de mi habitación y medio cuerpo girado para dar la cara frente a tres tipos sonrientes que esperan una respuesta afirmativa. Quieren sacarme de fiesta, están empeñados en que ligue con una Nigeriana.

-       Me vais a perdonar pero aún me dura la resaca de ayer, qué os parece mañana…

-       Sin problema Mister Charly, mañana entonces.

Paso el domingo encerrado en mi habitación, escribiendo varias crónicas atrasadas que me llevan horas. Debe molar ser escritor de viajes, publicar libros y que la gente llene tu muro de Facebook con fotos con ellos, pero debe ser durísimo. Hay muchas horas de trabajo detrás que no se ven en los vídeos.

A ratos salgo a airearme y siempre alguien me intercepta y me cuenta su historia, me invita a algún plan o me interroga por el viaje. Tengo vida social en el Wide Hotel, mi moto me ha traído hasta este lugar y como siempre ha resultado ser la mejor manera de conocer el país.

El Chief Olory a petición mía me ha dejado libre hasta la tarde. Está cayendo el sol cuando escucho un ensordecedor ruido de varias motos quemando embrague y dando acelerones en vacío. Vienen a buscarme. Es Olory con su R1 y sus colegas moteros. Quieren sacarme de paseo. Un tipo con casco abierto y gafas de pasta sobre una Harley y dos chavales jóvenes con GSXR. Me llevan a curvear por los alrededores de Calabar y acabamos tomando cervezas en un club privado para ricos, un amplio recinto en una apacible pradera con varias piscinas, merendero con cafetería y camareros uniformados.

Me siento junto al dueño de la Harley. Es un tipo culto entrado en los cincuenta. Mantiene la costumbre de colocarse sus gafas de pasta con la mano derecha cada pocos segundos. Tiene negocios inmobiliarios en Nigeria y Dubai y conoce perfectamente Europa. “Lo que tienes que hacer, estando España como está, es venirte a Nigeria y hacer negocios aquí, este país es el más rico de toda el África del Oeste y las oportunidades son infinitas”, dice mientras me observa y se coloca de nuevo las gafas con dos dedos. “No dudo que sea un buen negocio, pero cuando viajo siempre sonrío, si lo hiciera pensando en dinero créeme que mi cara cambiaría. Y ese sin duda sería el peor de los negocios”, contesto. Me mira incrédulo.

Supongo que es difícil de entender para un africano que alguien prefiera sonreír a ganar dinero. En los días que estoy en Calabar y me relaciono con la clase alta, no encuentro muchas diferencias con nuestra sociedad, están muy “occidentalizados” y los gustos y hábitos son muy similares. Pequeños detalles profundizando en la conversación evidencian que venimos de mundos diferentes unidos por eso que llamamos globalización.

Recuerdo entonces que tengo plan con los del hotel y se lo digo a Olory, que como cada minuto que paso en Calabar se desvive porque yo lo pase bien. “Vamos entonces”, te acompaño.

Con Olory en Hotel

Llegamos ya de noche, los chicos del hotel tienen un nuevo cumpleaños, así que volvemos a darnos la fiesta allí. La situación es similar a la de la primera noche. Dos mesas de plástico y unas diez personas alrededor. Ellos como de costumbre beben whisky. Sin pedirlo me abren una botella de vino, esta vez extremeño. Ikwen, con sonrisa picarona, me ha presentado a varias de sus amigas. Una de ellas me da conversación particular mientras en la mesa se habla de cosas de lo más banal. Olory y el que tiene al lado se acarician sus respectivas panzas mientras comentan preocupados el régimen que usan para intentar paliar el resultado de los excesos. Para cortar de raíz  las buenas intenciones de la muchacha digo que estoy casado. Yo no encuentro mucha diferencia entre eso y tener pareja, pero siempre que viajo digo estar casado, tengo la sensación de que es mucho más contundente.

Las pocas veces que he ligado con nativas en mis viajes he tenido siempre la sensación de ser un visado con patas, una oportunidad más que un deseo. En Calabar no tengo esa percepción, la mujer parece mucho más independiente que en  el resto de África que conozco y tengo la impresión de que la razón del interés es mucho más por lo exótico de ser blanco que por la procedencia de mi pasaporte. Todo queda en suposiciones porque mi dosis de riesgo la guardo para viajar en moto.

Termino de nuevo reptando a mi habitación, otra vez con la cartera intacta. Tengo que irme de Calabar o corro el riesgo de quedarme aquí semanas.

Es martes y son las siete de la mañana. Ayer Olory me acompañó al consulado de Camerún y me dieron dos meses de visa. Llegar en viernes a Calabar me ha tenido aquí retenido varios días, de no ser así probablemente habría salido al día siguiente y me habría perdido muchas cosas.

La mayoría de los viajeros a pie suelen ir acompañados de una guía de viajes, esas que marcan los sitios a los que debes ir, los alojamientos donde debes pernoctar, las restaurantes donde comer y los garitos donde sirven los mejores cócteles. Yo nunca llevo, la moto y sus circunstancias son las que me van guiando. Buscar un taller, acudir a un corredor de seguros, tener una conversación con un extraño que aparece de la nada cuando descansas en una cuneta, o parar en una ciudad por el simple hecho de necesitar un visado para el siguiente país, es mi forma de viajar. No necesito mucho más. Si la ruta me lleva cerca de algún atractivo turístico ha de ser muy espectacular para que pare. Me suele decepcionar ver la diferencia de comportamiento de la gente cuando hay turistas y eso es suficiente para joder el atractivo de cualquier monumento.

A las siete y media de la mañana viene al hotel un periodista que conocí la noche anterior. No podía dejarme ir sin hacerme una entrevista. Me pregunta, me hace unas fotos y me entrega el último ejemplar de su revista mensual. En dos meses saldrá tu reportaje, termina diciendo cuando nos despedimos.

Olory viene a las ocho a recogerme con la R1. Hay un barco que cruza a Camerún desde Calabar pero prefiero hacerlo por carretera, al norte hay una frontera terrestre a  ciento  y pico kilómetros. A mitad de camino está Akamkpa, pueblo natal de Olory. Allí gobernó tres años para un millón doscientas mil personas, algo así como un distrito.

Todo el personal del turno de mañana del hotel sale a despedirme. “Te echaremos de menos Mister Charly”, repiten unos y otras. “Yo también la verdad”, contesto sincero. Me han hecho sentir en casa estos días.

Despedida hotel

A rebufo de Olory escapamos de la ciudad y nos internamos en una pequeña carretera. Lo europeo del urbanismo de Calabar ha desparecido en el retrovisor. La ruta entra en zona rural y el África al que estoy acostumbrado vuelve. El aire es limpio y el tráfico poco denso. Entramos en Akamkpa y Olory se enajena una vez más con la bocina. Las gentes dejan sus quehaceres y salen a saludar al jefe.

Paramos junto a unos comercios que se asientan sobre tierra desquebrajada por las lluvias. Son pequeñas cabañas con una endeble estructura de madera, techo de uralita y sin paredes. Antes de bajarnos de las motos tenemos ya una multitud que nos arropa. Olory saluda a su gente que parece adorarle.

Con Olory en Akampka

La masa nos envuelve mientras caminamos a una construcción circular algo mayor. Igualmente tiene un tejado de uralita soportado por unos pilares de madera, algo más contundentes. No tiene paredes pero sí un banco de hormigón que hace de base y da toda la vuelta. Es un lugar de reunión. Olory  se posiciona al fondo frente a la entrada. Yo a su lado. Dos semicircunferencias con unas cincuenta personas nos rodean. El jefe comienza un pequeño mitin, habla de las bondades del pueblo nigeriano y de la visita de Mister Charly, un español que viene en moto desde muy lejos para conocer nuestro pueblo. Como todo político Olory tiene carisma, habla bien, en tono autoritario pero paternal, y dice lo que el pueblo quiere oír. El mitin se alarga unos minutos en los que aprovecho para ver el gesto de los habitantes de Akamkpa mientras el que gestionó sus fondos públicos durante tres años habla. Sólo veo respeto, agradecimiento y admiración.

mitin

Olory me acompaña unos kilómetros más y nos despedimos en un pequeño pueblo. Tardamos un buen rato en hacerlo, deseándonos lo mejor y fundiéndonos en un fuerte y sincero abrazo. Estoy muy agradecido de habérmelo encontrado en el camino y no puedo más que sentir aprecio y cariño.

Los siguientes kilómetros circulo por una pequeña carretera a ochenta kilómetros por hora. Hace poco alguien me preguntó si practicaba la meditación. Le dije que lo que practico es la reflexión, dentro del casco cuando viajo. Aquí estoy yo solo, paso horas en las que además de esquivar los múltiples peligros del camino, no hago otra cosa que pensar.

camión

Llevo ocho años viajando a África y sigo sin tener ni puta idea de la dimensión de este caos. Desde el año 2004 formo parte de una pequeña asociación que con financiación privada, de los amigos que la formamos, promovemos y financiamos la construcción de pozos de agua potable en el sur de Senegal. Llevamos veintiocho pozos y unas diez mil personas beneficiadas. Conozco prácticamente todos ellos. Quiero decir que he estado y he compartido algo de tiempo con veintitantos poblados africanos que viven casi en el neolítico. También tengo amigos blancos que viven en África como pueden y empresarios y diplomáticos que viven a todo tren. También conozco a los senegaleses con los que trabajo, gente de clase baja urbana que se las arregla como puede para subsistir. Incluso en ocasiones me reúno con políticos encargados de decidir dónde hacemos los pozos. Esta vez he compartido unos días con la clase alta nigeriana, especialmente con un político enriquecido por su cargo.

Creo que vivimos en un mundo de mierda donde las desigualdades son espeluznantes, especialmente cuanto más pobre es el lugar. Pero cuanto más viajo y más conozco, menos juzgo. África es un infierno desde sus orígenes, llevan pasándolas putas desde antes de que los europeos casi los extermináramos con el tráfico de esclavos. Negocio del que los africanos fueron igualmente partícipes. Los blancos nunca tuvieron narices de adentrarse en el continente, se asentaron en la costa y los propios negros traían a otros negros. Son millones de tribus y etnias diferentes, muy solidarios con los suyos y tremendamente crueles con los que no lo son. Sus antiguas estructuras tribales, en las que el jefe tenía todo el poder y manejaba todos los recursos del pueblo, rindiendo cuentas exclusivamente al consejo de ancianos, en mayor o menos medida se mantiene después de la colonización europea. Con la diferencia de que cuando los blancos dejaron sus despachos, los africanos heredaron un sistema que no estaba pensado por ellos. La mezcla es explosiva. Muchos de estos países son tremendamente ricos en recursos y mantienen millonarios negocios con nuestros gobiernos, a los que les es mucho más fácil negociar con un político corrupto que con uno que piense más en el bien de su pueblo.

Cada vez que recibo un presupuesto para hacer nuevos pozos, suele ser casi el doble que el anterior. Al principio me cabreaba, ahora ya no, hago que negocio y termino pagando lo mismo de siempre. Va con ellos intentar aprovechar las pocas oportunidades que tienen.

Cuando un funcionario intenta sacarme pasta para su bolsillo, reconozco que me cabreo y me pongo tenso. Pero también sé que eso es parte de lo mismo. Con sus sueldos no llegan y como la gran mayoría de los africanos necesitan un extra. En su caso es más desagradable porque lo hacen utilizando un uniforme, un sello o un arma, pero el fondo del asunto es el mismo.

Nuestra sociedad tampoco es ejemplo de nada, nuestros partidos políticos vacían las arcas del estado y vuelven a ganar elecciones. Un jugador de balonmano se enriquece a través de una fundación y probablemente tampoco pase nada por no desestabilizar cierta institución.  Todo porque la mayoría de nuestra sociedad así lo desea. Probablemente por miedo al cambio, o por lo que sea, pero el caso es que cualquier estructura social evoluciona al ritmo que impone la mayoría de los que viven en ella.

A Olory su gente le quiere porque probablemente lo haya hecho mejor que los anteriores. Este pueblo evolucionará al ritmo que lo tenga que hacer y yo no soy quien para juzgar nada. Sólo puedo hablar del trato que yo recibo, y Olory me ha tratado especialmente bien. Cuando escribo estas líneas ha pasado más de una semana desde que nos despedimos y sigo recibiendo mails preguntándome dónde y cómo estoy. Si cuando viajo y veo las desigualdades me cago en la puta, lo único que puedo hacer es seguir colaborando para que se hagan más pozos. Eso es todo en lo que está en mi mano.

Me voy de Nigeria habiendo recibido mucho más de lo que pensaba. Suele pasar que cuando no esperas nada de un país, éste te sorprende. Me pasó en Irán, llegué algo acojonado y descubrí un pueblo extremadamente generoso con el visitante. También en Indonesia, donde tuve el peor percance mecánico de todos mis viajes y unos humildes mecánicos se desvivieron gratuitamente hasta conseguir que pudiese continuar. Esta vez ha sido Nigeria, crucé alertado por las alarmantes noticias y me he encontrado una gente acojonante que me ha arropado desde que entré hasta que ahora salgo, de nuevo con esa sonrisa satisfecha que me acompaña cuando viajo.

Sobre las dos de la tarde llego a la frontera con varias preocupaciones. Al otro lado de las barreras el asfalto desaparece y al fondo el cielo está tomando unos tonos grises que anuncian tormenta. Si la pista se pone muy chunga se puede hacer de noche. No sé cómo será de corrupto este paso, pero el carnet de passage caducó ayer…

 

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4 thoughts on El alcalde de Akamkpa

  1. Mira que he leído muchas opiniones sobre las circunstancias en las que se encuentra África y de todas ellas, la que acabo de leer es sin duda de las más claras y realistas de todas. Te felicito por ello además por lo entretenido que se hace leer tus relatos.

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  3. Leonés Errante

    Joé, Mr. Charly. Cuidadín que te va a dar conciencia social. Menudo arrebato de lucidez. No todo es Sandiriam, ¿eh?

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