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Me encuentro en Antananarivo, capital de Madagascar, ciudad de nombre impronunciable y tráfico caótico pero que poco a poco he ido convirtiendo en casa. Una más en esta vida nómada. Ya sé dónde están los bares que me gustan, las calles donde pasear e incluso un gimnasio al que he acudido un par de veces para no sé muy bien qué.

Estoy esperando unos nuevos neumáticos Pirelli con los que recorreré el norte de esta isla gigante, de este pequeño continente que cada día me parece más el gran destino motero. De todo eso hablaré cuando las crónicas y los vídeos alcancen el presente. Mientras tanto sigo relatando en orden cronológico.

En el último relato llegué con la familia Zapp a Dar es Salaam. Allí pasamos unos días y cruzamos en ferry a Zanzíbar. Allí que nos vamos hoy.

 

Familia Zapp

 

Me despido de la familia Zapp: de Herman, Candelaria, Pampa, Tehue, Paloma y Wallaby, entre abrazos y gestos que dicen muchas cosas que rehuyo pronunciar, porque las despedidas son la cara amarga de una vida nómada. Hemos pasado juntos días de aventura, largas conversaciones, momentos mágicos y también difíciles. Somos viajeros, con el mismo código y motivaciones parecidas. Somos familia y eso será para siempre, aunque ahora, nos separemos hasta quién sabe cuándo.

Las vidas siguen y los viajes nos volverán a juntar, esperamos, pero ahora sigo mi camino en solitario.

Hace casi una semana llegamos juntos a Zanzíbar en ferry. Nos alojamos en el sureste de la isla, en casa de Francesca, una italiana que conocieron los Zapp en Dar es Salaam y que nos abrió generosamente las puertas de su casa. Ellos se quedan unos días más pero yo he decidido seguir, dirigirme al norte de la isla, pasar allí unos días y después regresar a Dar es Salaam para comenzar el complejo proceso de llegar a Madagascar en moto.

Zanzíbar se recorre de sur a norte en pocas horas. La carretera es agradable y salvo un tramo con agujeros, el resto es buen firme. A mediodía llego a la playa de Nungwi, casi punta norte de la isla. Mi amigo David me ha dado el contacto de Spanish Dive Center, un centro de buceo con el que colabora y donde asegura que me tratarán bien. Suficiente información para que mi camino se haga solo, porque mi lonely planet es la gente y las cosas que me pasan.

El centro de buceo tiene una pequeña construcción sobre la arena de la playa que hace de oficina. Entro en ella vestido de motero. Pregunto por el dueño, pero no está. En su lugar hay tres chavales, un rubiales con más look de surfero que de buceador, una chica con marcado acento italiano y un tipo barbudo que habla inglés con acento muy cercano.

–       ¿Hablas español?

–       Mucho mejor que inglés.

–       A mí me pasa lo mismo. Me llamo Carlos.

–       Yo Diego.

Hace dos semanas que Diego llegó a Zanzíbar, aunque nadie lo diría. En muy poco tiempo se ha convertido en pieza clave para la pequeña comunidad occidental de este micro-mundo: la playa de Nungwi.

Diego es un tipo normal y esa es su mayor virtud, sobre todo porque no pretende dejar de serlo. Quizá su única extravagancia es que hace poco dio un paso adelante para ser feliz, para remover la rutina y aliñar su vida. Diego es gallego de Vigo, aunque vive en Santiago con su novia, a la que quiere y echa de menos. Estudió biología y entró en una empresa gracias a su título, aunque terminó rodeado de papeles y alejado del mar, su pasión.

Un día el rumor de un posible ERE sobrevoló por la oficina y Diego levantó la mano. Yo el primero, dijo, y cuando se confirmaron los rumores no había nadie delante de él para deshacerse de los papeles y acercarse al mar de Zanzíbar. Desde hace tres semanas Diego trabaja en Spanish Dive Center, ayuda en el centro de buceo a cambio de sacarse el título de instructor. Tiene alojamiento gratis y con la indemnización y una vida muy austera aguanta plácidamente viviendo otra vida, echando de menos a su novia pero en contacto continuo con su querido mar, con los animales que observa cada día y que le dan esa sonrisa permanente que comparte con los demás. Se nota que está feliz de haber dado un paso adelante y desviarse de un camino que le llevaba directo a una vida que no le gustaba.

En pocos días todo el mundo le quiere, algo que  resulta muy fácil porque Diego es un tipo amable, atento, muy divertido y con la gran virtud de hacer sentir bien al que tiene al lado, sin que se note, sin que si quiera él lo sepa. Tan sólo hay que observar unos minutos para darse cuenta que a todos los que le rodean les hace bien su presencia; a sus compañeros de trabajo, a las camareras del bar al que cada tarde acudimos a tomar cerveza y al resto de occidentales que salen de sus trabajos para acudir al mismo sitio cada día. La vida aquí es sencilla para todos ellos, quizá monótona pasado un tiempo, pero una experiencia completamente diferente para el bueno de Diego.

En estos tiempos en los que ser el éxito va ligado a gritar muy alto, a ser muy guapo o tener mucho dinero, encontrarse con una figura así, con un auténtico triunfador sumido en su normalidad, orgulloso de ella y sin mayor pretensión que estar bien y compartirlo, es un nuevo regalo que me hace el viaje.

No sé en cuántas playas con centros de buceo habré estado en todos estos años, muchas desde luego. Sin embargo nunca había buceado con botella. Siempre rehuía de ello porque sabía que me iba a gustar. Un vicio más, una nueva excusa para detener la moto unos días y disfrutar de un nuevo mundo. Lo cierto es que a estas alturas de mi vida he dejado de tomar decisiones, de eso se encarga el guionista. Si he llegado aquí ha sido porque él así lo ha dibujado. Si me encuentro con un nuevo amigo, si en el centro de buceo me invitan a darme un bautizo, quito las llaves del encendido y me quedo el tiempo que sea necesario.

Y después dejo una nueva chincheta en mi mapa del mundo, un nuevo amigo que deja un poso en lo que soy, y sigo mi camino. Esta vez con un destino lejano y ansiado: Madagascar.

 

 

 

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3 thoughts on El gallego que conquistó Zanzíbar. Relato

  1. Javier

    Qué buena descripción del amigo Diego. ojalá algún día alguien haga sobre mí una parecida, aunque me conste que(al menos de momento, no la merezco. Un abrazoChar
    lie.

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