Escribo frente al mar, sentado en una silla de niño. El ordenador reposa sobre una plancha metálica que apoya a su vez sobre las dos maletas de la moto. Cuando la batería se agote tendré que parar y esperar a que Herman arranque el centenario motor de su Graham para volver a cargar todos los aparatos electrónicos. Estoy con la familia Zapp, mis amigos argentinos.

Mientras tanto el tiempo pasa despacio. Nos refugiamos del sol bajo la sombra de alguno de los árboles que nos rodean o de los chamizos fabricados por los dueños de esta parcela, casi salvaje. Estamos en Chocas, una playa paradisiaca y casi desértica, a escasos kilómetros de Ilha de Mozambique. Esta mañana los pescadores nos trajeron un pez enorme. Eso comeremos. El agua la trae “el japonés”, un amable mozambiqueño encargado de la seguridad de varias de estas parcelas en primera línea de playa.

Nuestras necesidades están completamente cubiertas. Para mi nueva forma de vida quizá sólo me faltaría poder subir vídeos y tener algo menos de arena en las manos, para poder escribir y editar más cómodamente.

Entre tanto, seguimos con la historia. Estábamos en Zimbabue, hablando de los afectos. Hoy toca viajar hasta esta playa, hablando del valor del tiempo y las necesidades.

Foto familia. Zapp y sinewan.com

 

Abro los ojos a las siete de la mañana. Me espera una mañana intensa. Anoche llegué a Nampula, última ciudad mozambiqueña antes de Ilha de Mozambique. Cerca de allí está la familia Zapp, en una playa llamada Chocas. He recorrido casi tres mil kilómetros por tres países para reunirme con ellos.

Desayuno en el restaurante del hotel Bambú, un lugar en el que nunca hubiese pernoctado si no fuese porque anoche llegué muy tarde. Además llovía y esta ciudad tiene mala fama para andar buscando alojamiento a ciertas horas. A veces toca pagar por estar seguro. Anoche no funcionaba internet. Esta mañana tampoco. Hoy es lunes y tengo varios mails que mandar. Ya están escritos, simplemente tengo que encontrar una señal a la que agarrarme unos minutos y mandarlos. Eso que hace no tanto hubiese sido un buzón.

Atravieso la ciudad en busca del supermercado. Los Zapp me han encargado comida porque allí escasea. Nampula es una ciudad africana, de las que tanto escapo pero que sin embargo echaba de menos. Contradictorio como siempre, los meses viajados en el sur de África me hicieron añorar este desorden, este caos en el que todo parece valer. Incluso echaba de menos la tensión y la adrenalina de tener que protegerme porque aquí, más que nunca, soy un blanco perfecto.

Sin embargo esto que tanto me gusta termina poniéndome de mala leche. Un enjambre de buscavidas ofrece sus servicios en la puerta del supermercado. Alguien que me vea lidiar con ellos podría pensar que soy un gilipollas. De hecho lo soy. Aprieto el botón de la alarma, la moto emite un sonido tajante y con un gesto despectivo explico a los buscavidas que no necesito su protección. El gesto es feo, lo sé, pero este es mi sistema para acabar pronto con ellos. El “no” sonriendo tan sólo alarga la agonía.

El supermercado está cerrado. A escasos metros hay una tienda de teléfonos Vodacome. Necesito una tarjeta SIM. Por unos céntimos de euro tengo un número de teléfono mozambiqueño. Por cuarenta euros compro seis GB de datos. Si algo representa la globalización, eso son las tiendas de móviles. Dicen los libros de marketing que las necesidades no se crean, que ya existen, que lo único que hacen las marcas es crear productos para satisfacerlas. Una de esas necesidades es la comunicación y el móvil es el instrumento que la satisface. La similitud en todo el mundo de esto es asombrosa. En África, lo único que cambia con occidente es el valor de los cupones de saldo. Aquí se vive al día. Un africano compra crédito en cantidades muy pequeñas, pero lo hace muy a menudo. Viven con lo que tienen y si al final del día les restan unos céntimos, lo invierten en saldo. Así pasa con todo. Por ejemplo, las casas se construyen poco a poco, cuando tienes para una ventana, la pones. Mientras tanto la casa sigue teniendo un hueco. La gente vive con poco pero no se endeuda porque aquí no hay crédito

El supermercado ya está abierto. Los precios son muy altos. No entiendo nada. Un pollo cuesta tres euros y el salario de un trabajador normal es de un euro y medio al día. Apenas hay productos frescos. Todas las bolsas de zanahorias chorrean porque están malas. Necesito tomates, pero no hay. Compro algo de queso a precio europeo. Rápido salgo por donde he entrado. Lidio de nuevo con los buscavidas y marcho de allí zumbando. La próxima hora la dedico a encontrar aceite para la cadena. Esta ciudad está llena de motos pero nadie parece engrasar la cadena. Una vez lo consigo regreso al hotel.

Sinewan in Nampula, Mozambique

Vuelvo al restaurante. Internet sigue sin funcionar. El móvil no conecta con el ordenador así que no me queda otra que encontrar un ciber y mandar esos mails antes de marchar. Varios intentos fallidos hasta que encuentro una cafetería con wifi. La moto está cargada en la puerta. Mi instinto, acertado o no, me dice que me proteja. Un ojo me permite vigilarla mientras el otro se conecta y le da a enviar. El proceso es largo. Muy largo.

Son casi las tres de la tarde cuando reposto en la gasolinera para largarme de una vez por todas de aquí. He tardado ocho horas en realizar tres recados. Si esto me hubiese pasado en casa probablemente habría desesperado, pero el valor del tiempo aquí es otro y la paciencia es el arma para convivir con ello. Sé que estoy de viaje porque no le doy ninguna importancia al asunto. Simplemente dejo que las cosas pasen.

Decido llenar los dos depósitos extra, no quiero que me pase lo mismo que hace un par de días, que casi me quedo sin gasolina. He tardado una semana en llegar hasta aquí. Salí de Johannesburgo un mediodía y al día siguiente dormí en Zimbabue. Desde allí escribí el anterior relato. El siguiente día tuve una jornada corta, hasta las ruinas del Gran Zimbabue. Allí me dirigía por petición de Gonzalo Posada, a través de Elige tu Propia Moto Aventura. Desde el momento en el que salí de la carretera principal para dirigirme allí, agradecí una y otra vez la sugerencia. Una vez más me sumergía en el África rural, esa que me cambia la cara y que hace que viajar en moto tome todo el sentido del mundo. Las ruinas del Gran Zimbabue y su entorno bien se merecen una visita sosegada. Desgraciadamente no pudo ser, quería llegar hasta aquí pronto así que tan solo estuve unas horas visitando las ruinas y seguí mi camino.

Al día siguiente, ya en Mozambique, avancé sin parar hasta que al atardecer saltó el testigo de la reserva. Intentaba llegar a Caia, una ciudad que aparecía en el mapa y en la que pensaba encontrar algún hotel de carretera donde dormir unas horas. Entonces apareció de nuevo el guionista. Quedaban cincuenta kilómetros y la gasolina no daba para mucho más de veinte. No llegaba a Caia. La necesidad de combustible me hizo preguntar a un lugareño. La única  posibilidad, me dijo, es un lodge que hay a unos cinco kilómetros. Con el depósito tiritando llegué. El sitio era un pequeño paraíso sumergido en la selva, al que nunca hubiera llegado sin los trazos del guionista. James, su propietario, se volcó en mi ayuda. Consiguió mi gasolina, me dejó alojarme por doce dólares, casi un cincuenta por ciento del valor normal, y me dio mucha conversación. Creo que él también la necesitaba. Nacido en Zimbabue, vive allí desde los años ochenta. Creo que un poco aislado, nutriéndose de viajeros. Intentó por todos los medios que me quedara unos días, alojándome gratis en su casa. En cualquier otra situación lo habría hecho, pero esta vez tocaba viajar deprisa. Ayer salí de allí y tras otra jornada larga llegué a Nampula, de donde llevo toda la mañana intentando escapar. Por fin parece que me voy.

Sinewan in Mozambique

 

Me quedan doscientos kilómetros, si no pasa nada llego de día. La carretera se vuelve aún más rural. Estos días en Mozambique, a pesar de ser una carretera principal, he atravesado kilómetros de campo. En los aledaños de la carretera han brotado construcciones de madera y techo de paja. La necesidad de comerciar hace que la gente se asiente cerca de la carretera, que es por donde pasa el dinero. En las carreteras africanas se vende de todo. Fruta, pescado, carne, alfombras, muebles… es un supermercado continuo. No hay intermediarios, o si lo hay son pocos. Los productos salen del campo y llegan a la carretera por donde pasa el consumidor final.

Al sol le queda poco. El punto en el GPS que indica donde están los Zapp se acerca, apenas quince kilómetros en línea recta. Sin embargo un cruce me indica que me salga a la izquierda. Se acaba el asfalto y la playa a la que me dirijo, Chocas, está a cuarenta kilómetros. El trazado hace una “U” para salvar un gran manglar. Creo que se hará noche.

Efectivamente la noche me visita sorteando agujeros y bancos de arena. Llego al pueblo de Chocas y me encuentro de nuevo con el Océano Índico. La última vez que nos vimos fue en Port Saint Johnes, en julio del año pasado. Ahora el punto en el GPS está en línea recta, tan sólo tengo que costear cinco kilómetros. La pista se ha convertido en sendero arenoso. Queda un kilómetro y medio cuando la pista se enchancha y se convierte en un río. Me sumerjo un par de veces hasta que me empiezo a preocupar y me detengo. Llamo a Herman. “Es la marea, espera un rato que bajará”. No es un río, es agua salada que entra al manglar cuando la marea sube.

Un rato después consigo llegar y por fin se da el reencuentro. Somos familia viajera, estuvimos juntos hace unos meses y queríamos volver a hacerlo. La alegría es desbordante. Los chicos han dibujado un corazón en la arena y han escrito “Charly” con conchas de mar. Les quiero mucho. Nos esperan unos días muy buenos juntos.

El lugar es idílico. El terreno es propiedad de unos holandeses que los Zapp conocieron en Malawi. Lo único construido son varios chamizos de arquitectura local, con bambú y hojas de palmera secas. En una de ellas hay una cocina y un comedor. Una langosta enorme me espera. Ellos se tiran de cabeza al queso. Es curioso como valoramos lo que no tenemos. Tras varias semanas en la playa, una langosta de cuarenta centímetros no les da ninguna tentación. Sin embargo un queso Gouda de supermercado, sí.

La conversación es infinita. Hace meses que nos separamos y han pasado muchas cosas en nuestras vidas. Mientras tanto el guionista parece estar hiperactivo y nos ha preparado unos trazos maquiavélicos. Como si fuésemos parte de un guión, alguien saca el tema de los robos. A mí, la única vez que me robaron fue en Irán, un GPS. A ellos en catorce años, nunca. Me cuentan casos de robos a otros viajeros. El más espectacular es el de un viajero al que le robaron cuchillo en mano, en la casa en la que dormía en Nairobi. Los ladrones escaparon por la misma ventana por la que entraron, con una cámara de vídeo de varios miles de euros en sus manos. Nuestro protagonista salió tras ellos con un spray de pimienta. Cuando los alcanzó, roció el spray pero seguían en carrera y el spray le atizó a él. Un desastre. El robo es parte del viaje, termina diciendo Herman. Tarde o temprano pasa y no hay que darle más importancia de la que tiene.

En ese momento, sin nosotros saberlo, alguien trepa desde la playa hasta el Graham, aparcado a unos diez metros de nuestra conversación. Llevar tanto tiempo viajando sin sufrir robos no te genera la necesidad de protegerte, y te hace dejar todas las puertas abiertas.

Noche en Chocas, Mozambique. Sinewan.com

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9 thoughts on El valor del tiempo y las necesidades. Relato

  1. Fernando Rivas

    Gran relato, cada vez me gusta más tu “nueva vida”. Trataremos de vivirla a través de tus historias. Abrazo grande y cuídate mucho.

  2. Javier

    Muy buen post. Como siempre digo en esto de los blogs de viajes, mola igualmente conocer los momentos malos, los de tipejos trepando por la ventana cuchillo en mano, y otros, que las versiones sesgadas de los mundos de Yupi que regurgitan algunos viajeros acaban resultando cansinas, de puro idílicas.

    Y siguiendo con referencias ochenteras, vaya finalcito Falcon Crest que te has clavado, ¿eh Charly? 😉

    (Y danos más Zapp, que molan!)

  3. folmo

    Charly, sé que estás volcado con el videoblog, pero en nombre de los que estamos enganchados a tus relatos, por favor, no tardes tanto en publicar.
    Un abrazo y vss

    Paco
    Z750 ’06

  4. Mateo

    Hola Charly,

    Soy Mateo de Málaga.
    Me encanta como escribes y enhorabuena cien veces por seguir en tu sueño.

    Un abrazo….

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