Llevo diez días en una cabaña cerca de Nairobi. Todos los días compro y cocino lo que como. Duermo más de ocho horas y la mayor parte del tiempo estoy solo, sin apenas compartir con otras personas. En definitiva, después de siete meses nómada, necesitaba un hogar temporal con una buena mesa donde trabajar y aislarme de la vida intensa que depara estar en movimiento.

Los últimos días he pasado muchas horas editando y ahora, me cambio de traje y retomo los relatos. Rebobinamos unos meses y nos situamos en el sur de Madagascar, en casa de Diego, la mañana después de una cena de esas que nunca se olvidan. Así terminabael anterior relato.

saltar por la ventana

Una parisina en el paraíso

mapa hogaresDiego nos advirtió de que el Río Linta en época de lluvias no se puede cruzar, que baja con mucha agua y no hay medio alguno para pasar a la otra orilla en moto. No era la primera persona que opinaba igual aunque esta vez, al menos yo, me lo creí más. Diego llevaba veinte años viviendo en la zona y tenía un quad muy potente con el que acostumbraba a moverse por los alrededores.

Gemma tenía más clara la máxima de siempre: Escucha a todo el mundo pero comprueba con tus propios ojos.

En cualquier caso nunca nos planteamos dar la vuelta, sin necesidad de hablarlo, acordamos telepáticamente avanzar hasta encontrar un muro que nos impidiera seguir.

Diego nos acompañó hasta Ambola, donde esperamos un par de días mientras alguien nos traía gasolina para poder continuar viaje. El hotel era, además, el último lujo occidental que nos íbamos a dar en mucho tiempo. A partir de allí tocaría acampar y alojarse en hoteles malgaches, a veces agradables y otras no tanto.

Ambola es una pequeña aldea ubicada entre dos lugares de cierto interés turístico. El Parque Nacional Tsimanampetsotsa y la laguna, una playa de aguas turquesas y en absoluta calma, protegida por una doble barrera de coral. De toda la costa, éste es el punto en el que el arrecife se acerca más a la playa y forma esa especie de laguna de agua salada.

La quinta barrera de coral más grande del mundo. Sinewan.com

La quinta barrera de coral más grande del mundo. Sinewan.com

Frente a ella, un francés amigo de Diego, construyó  este hotel sencillo pero cómodo, con arquitectura de aparente influencia ibicenca y una excelente cocina francesa. Desde hace unos meses lo gestiona Laura, una chica joven, culta y atractiva, de pasado urbanita y que, sin embargo, ahora vive aquí, en un lugar que tiene mucho de paraíso pero también muy alejado de la civilización.

¿Qué hace aquí Laura? Fue lo primero que nos preguntamos. Nunca supimos bien las razones concretas, aunque sí la idea general, esa misma que se repite una y otra vez. Laura era galerista de arte en Paris, tenía una vida cómoda que decidió mandar al carajo porque no le hacía feliz, vender todo, comprar un vuelo y venirse a este sitio, tan radicalmente distinto a Paris. Otra persona que cambia su vida y hace una nueva, muy lejos de casa. Como Diego o como mucha gente que he conocido todos estos años por el mundo.

Generalmente entendemos el concepto emigrar por una necesidad económica, por falta de trabajo o por una mejor oferta. Pero siempre vinculado a temas laborales. Sin embargo hay un fenómeno migratorio de personas que huyen de Europa por otras razones. A veces por exceso de trabajo, otras por aburrimiento, por amor a la forma de vida en otros lugares o por discrepancia con la sociedad europea, por citar algunas.

El caso es que no solo los africanos emigran a Europa en busca de un futuro mejor, a veces también pasa al revés.

Gemma en la arena

Un médico en el camino

Nos fuimos de Ambola tres días después de haber llegado y con la duda de si tendríamos que dar la vuelta y volver. Nuestro siguiente objetivo era Itampolo, el último pueblo grande antes del río. Pero a 500 metros del hotel de Laura, todas nuestras preocupaciones habían desaparecido. Nuestro nuevo enemigo era la arena y atacaba sin contemplaciones desde el principio. Tocaba sufrir y centrarse en un único objetivo: avanzar.

De repente, todo se había reducido a una pista de arena fina y traicionera, a una rueda delantera que bailaba y a la preocupación por el estado y posición del otro, del que iba detrás, fuera Gemma o yo. El resto del mundo desapareció durante horas y la burbuja cerró en vacío. Algo, por otro lado, muy saludable y adictivo.

El ritmo era muy lento y tocaba buscar un sitio seguro donde acampar. Paramos junto a una casa, la única con antena parabólica en todo el camino. Esa era la referencia. Diego nos había hablado del médico que vivía en ella y nos sugirió que si necesitábamos algo recurriéramos a él.

El doctor Ambula había nacido en Tana y aunque podía haber desempañado su trabajo allí, tiempo atrás había trasladado su consulta a este lugar tan remoto. Pensó que sería más útil aquí que allí y, a pesar de las muchas dificultades diarias, aquí sigue. Él también es malgache, pero su etnia y la educación recibida nada tienen que ver con la de sus pacientes y vecinos. Es otro extranjero aquí, casi igual que un europeo de médicos sin fronteras que decide trabajar en África.

Porque ejercer la medicina convencional en zonas rurales de África suele chocar con la medicina tradicional, con los curanderos, a los que la gente sigue haciendo mucho más caso que al médico extranjero.

El doctor Ambula nos invitó a acampar en su parcela, nos dejó usar su cuarto de baño y su placa solar para cargar cámaras. Y también nos cargó de optimismo. Porque por primera vez alguien pensaba que quizá sí podríamos cruzar el río.

Día duro, toca acampar en el camino, en casa del doctor. Sinewan.com

Día duro, toca acampar en el camino, en casa del doctor. Sinewan.com


Un militar y un jubilado

Los apenas cuarenta kilómetros que separaban la casa del doctor de Itampolo, nos llevaron más de cuatro horas. Fue un día muy duro, sin dejar de conducir sobre arena espesa y bajo un sol abrasador. Los últimos tres kilómetros, después de cuatro horas peleando, se convirtieron en un infierno.

Finalmente conseguimos llegar a Itampolo. El centro del pueblo no es más que un cruce de pistas arenosas, con la comisaría en un lado y una tienda en el otro. Extenuados, nos lanzamos contra refrescos a temperatura ambiente y tóxicos snacks. Un par de tipos blancos, probablemente los únicos en kilómetros a la redonda, tomaban cerveza sentados en dos sillas de plástico. Ambos eran franceses. Del más mayor poco averiguamos, supusimos que estaba jubilado y vivía su aventura africana con la pensión francesa. El más joven, de mi edad o algo mayor, era militar retirado.

Este perfil es muy común en África. Miembros de ejércitos europeos a los que sus gobiernos premian por un destino complicado retirándolos muy jóvenes y con el sueldo íntegro. Qué habrán visto o hecho para que el estado los jubile tan anticipadamente. Gemma intentó averiguarlo. Medio refresco caliente fue suficiente para quitarle el traje de motera y ponerle el de periodista. El testimonio de un soldado francés que ha desempeñado su función en África, podría ser bien jugoso. Pero no, el tipo no soltó prenda.

Lo que sí nos dio, fue mucha información sobre la ruta. El río, decía, estaba seco. Además había dos pistas, la costera muy arenosa y otra pedregosa que se dirigía al río por el interior.

A medida que nos acercábamos al muro de agua, su firmeza se iba desplomando.

Itampolo 5

Un guía turístico que se cansó de serlo.

Aquella tienda en mitad del pueblo era también bar y restaurante. Su propietaria, una señora africana con todas las letras, y sus dos hijos, nos agasajaron desde el mismo momento en el que nos vieron llegar sudorosos. Ellos nos recomendaron un hotel en la playa.

Seguimos las indicaciones de la tendera y nos metimos por una pista de arena que iba contra la playa. En ese momento carecía de expectativas, no esperaba nada. Pero cuando coronamos una duna y vimos al fondo una playa de postal, después del día tan duro de moto, aquello se convirtió en el mejor lugar del mundo.

El propietario del hotel, Nany, debió pensar lo mismo. Un día, cansado de pasar por aquí una y otra vez como guía turístico, decidió dejar su trabajo y su casa en la capital para venirse al paraíso con su familia. Vivir con menos pero andar siempre descalzo. Ver a sus hijos corretear entre arena y no entre polución.

El hotel de Nany son varios bungalós que reposan sobre arena de playa. Muy sencillos y muy confortables, con lo esencial para sentirse en casa. Una cama, una gran ventana, una mesa, un baño y un armario. Eso y una playa de postal vacía, toda entera para ti.

El precio del hotel, teniendo en cuenta lo que ofrece, es el más barato en el que he estado.

Durante unas horas, ese fue mi hogar. Uno más en el camino.

 

Desayuno en el paraíso

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7 thoughts on Hogares lejos de casa

  1. Rober

    Resulta extraña la sensación que genera ver tus vídeos al sur de Madagascar, tus vlogs más adelante en el camino luego leer sobre eso que viste antes. Es como un viaje en el tiempo continuo, un review constante de Sinewan. Lo cual es muy agradable, porque vuelvo a sentir esas cosas que siento cuando compartes tus experiencias. El último capítulo lo disfruté especialmente, por eso te hago el comentario aquí, con el texto. No sé si vi algo especial o mostraste algo especial. O simplemente que tenía yo el día especial, a saber. Pero de nuevo se me dibujó una sonrisa cuando vi algunas escenas. Y normalmente son ésas en las que, sin darte cuenta, nos muestras lo feliz que eres haciendo lo que haces.
    Buen viaje relámpago a Formigal y sigue disfrutando de la tranquilidad de Nairobi, o de donde te encuentres después. Sentarse con uno mismo en soledad puede resultar muy gratificante.
    Gracias por compartirlo, como siempre, y diviértete en el camino.
    Un abrazo.

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  3. Bonitas historias.
    No siento la necesidad de abandonar lo que tengo por lo que la familia a añadido a mi vida, pero, sigo tus aventuras y relatos, y otros, porque si me gustaría como antes cortar y dedicar 15 dias a salidas similares y evidentemente no tan lejanas por que sencillamente no tendria tiempo.

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