—¿Por qué estamos aquí?

—Supongo que es simple rutina, algo les ha mosqueado de nuestro pasaporte y el policía ha preferido que un superior decida si entramos o no. En mi caso es que no tengo billete de vuelta y eso siempre les mosquea. ¿Tú de dónde eres?

 —Soy de Líbano, aunque mi marido es español.

Compartimos un cuarto tenue del aeropuerto, junto a una decena de sillas de plástico sucio y un africano alicaído, con la mirada perdida y cuyo rostro desprende esa desesperación casi obligada del que viene de donde él viene y quiere cruzar fronteras.

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