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Motoymujeres

Todavía en Senegal

Paso un par de días entre Dindefelo y Kedougu, al sureste de Senegal. Desde Dindefelo visito a pie Afia. Me acompaña Liliana, una barcelonesa afincada aquí desde hace tres años y que vive feliz en una humilde choza de dos metros de diámetro y conectada a nuestro mundo a través de un fino hilo de internet que le proporciona una conexión GPRS y unas placas solares que unos americanos le donaron. Ellos vieron claro que la tarea de Lili lo merecía, prácticamente sola,  estudia dos familias de chimpancés que merodean por los montes que hacen frontera con Guinea. Durante algo más de media hora trepamos una colina de quinientos metros hasta llegar a la meseta, donde se ubica Afia, una pequeña aldea de quinientos habitantes que necesitan un pozo. En época seca el río del que beben se convierte en un pequeño hilo y la población tiene encontronazos con los chimpancés de la zona, que acuden al mismo lugar a cubrir la misma necesidad básica.

Afia

La última noche antes de partir a Mali, descanso en el restaurante del hotel enfrascado entre mapas e información que gotea a través de internet. Me preocupa el estado de una pista de la que me han hablado y que supuestamente cruza a Mali sin tener que dar la vuelta, pero está lloviendo y eso significa barro. La otra opción, la más segura, es deshacer parte del camino desde Dakar para cruzar unos kilómetros más al norte, por asfalto y a través de la carretera principal entre Dakar y Bamako. A esta última ciudad quiero llegar mañana, pero dependiendo del barro que me encuentre será posible o quizá no.

Llevo unos días de viaje pero lo duro aún no ha comenzado. Sé que se acercan días de carretera y alojamiento cutre, así que me he dado un pequeño homenaje en un hotel de cabañas climatizadas y piscina de azul cristalino. Para rematar la faena esta noche he tirado la casa por la ventana y acabo de pedir una botella de vino francés, copas sueltas no sirven, así que me temo que dentro de unas horas volveré dando bandazos hasta la habitación. El restaurante se resguarda de las inclemencias del tiempo bajo una estructura circular con pilares de madera que sujetan un enorme tejado de paja. Así se protege a los comensales de la fuerte lluvia torrencial que en este momento cae sobre el trópico, pero sin por ello obstaculizar el paso de la brisa que refrigera del sofocante calor. Unas treinta mesas esperan turistas en busca de aventura en cuatro por cuatro. En época de lluvias como estamos somos cuatro gatos los que ocupamos tres mesas, prisioneros de una tarde lluviosa. Lleva rato sin dejar de caer.

Justo en el momento en el que el camarero me sirve el vino, un numeroso grupo de españoles entra en el restaurante. Son dos familias que andan creando rutas para su agencia de viajes de aventura. Me cuentan que vienen de Mali y que piensan descansar un par de días en la piscina del hotel. Los varones se quedan de charla en mi mesa mientras el resto de la familia ocupa su lugar montando un pequeño escándalo de esos tan nuestros. Los franceses parecen molestos. Mis temporales compañeros de mesa acceden gustosos a compartir un vaso de vino mientras se intrigan por el mapa que brilla en la pantalla de mi ordenador.

– Dónde vas?

– A Mali, pero me preocupa el estado de la pista

– Pista? Qué pista? Acaban de inagurar el penúltimo tramo de carretera. De aquí a Bamako tienes asfalto nuevo salvo cincuenta kilómetros de tierra firme y grava que todavía no han asfaltado.

En los últimos días he preguntado a muchos senegaleses sobre la pista y he recibido todo tipo de dispar información. Todo excepto la posibilidad de encontrarme asfalto nuevo. Los locales apenas viajan y difícilmente conocen más allá del siguiente pueblo en el que viven. Incluso los guías turísticos a los que interrogué desconocían que la carretera fuese nueva.

Lo cierto es que a la mañana siguiente recorro en un par de horas la distancia hasta la frontera con Mali, sobre la mejor calzada jamás transitada en África, un ramal de una importante carretera conocida como la transahariana que comunica Dakar con Bamako primero, y que luego continua a través del Sahel hasta la costa este de África. Una faraónica empresa financiada por países desarrollados para mejorar el transporte de los ricos recursos que brotan de estas pobres tierras, en la que la mayoría de la gente vive en la miseria. Oro, diamantes, coltán, petróleo etc.

Transaheliana

La perfecta carretera de asfalto parece haber sido concebida a la europea, pero el proyecto de construir un paso fronterizo debe andar todavía perdido en la lenta y pesada burocracia africana. No existe frontera física y mucho menos un puesto de aduanas. Una hilera de barriles metálicos en el puente que cruza el río marcan el final de Senegal e impiden el paso a vehículos anchos como coches y camiones. Pregunto a los lugareños en básico francés y mímica avanzada. Al parecer sólo abren una vez al día, supongo que transportando hasta el lugar una aduana nómada que después se vuelven a llevar. En moto se puede pasar, así que sin pensármelo cruzo el puente y entro ilegalmente.

Frontera con Mali

Mali

Me da por suponer a la europea, así que entiendo que en breve encontraré un lugar donde legalizar la situación. Treinta kilómetros después decido dar la vuelta. Tengo visado pero no tengo sello de entrada y la moto tampoco. Recorro lo ya corrido con cara de tonto pero no encuentro nada. Interrogo a varios transeúntes pero no me entienden. La situación me aburre, así que en un absurdo y claro acto de irresponsabilidad me piro de allí dirección Bamako. Me he empeñado en llegar y el deambular en busca de la aduana me está cansando.

Parque Natural Mali

Los cuatrocientos kilómetros que recorro hasta Bamako son un tranquilo errar por una estrecha carretera sin apenas tráfico, atravesando parques naturales de intensos y luminosos verdes entre cordilleras verticales de color rojizo. Un espectáculo acompañado de numerosas visitas de extrañados lugareños que se acercan a fisgonear al peculiar blanco, abrigado de más y que bebe agua embotellada como si fuese la última vez. Interactuamos por señas, nos reímos, y ellos prosiguen su renqueante y aparente camino a ninguna parte mientras yo vuelvo a acelerar dirección Bamako.

Aldea Mali

Mali es uno de los países más pobres del mundo. Sin embargo el urbanismo casi neolítico de sus aldeas, de cabañas de adobe y paja, resulta menos sucio y pordiosero que el de Senegal. Me recuerda a la llegada a Nepal, país infinitamente más pobre que su vecino India pero que igualmente resulta menos pordiosero.

Cuando el sol comienza a embellecer la tarde quedan casi cien kilómetros para llegar a la capital de un país africano, algo claramente desaconsejable de noche. Ningún hotel o campamento surge hasta Bamako. Acampar con riesgo de tormenta torrencial, pensando en acabar flotando en un embalse marrón dentro de mi tienda, me hace seguir y seguir hasta que parece inevitable que me voy a sumergir en Bamako en plena oscuridad. Segunda cagada del día.

El sol desaparece definitivamente en el reflejo del retrovisor cuando el entrono empieza a convertirse en urbano. El ocaso en África dura unos escasos y fugaces segundos en los que la vida repentinamente desaparece. Apenas hay iluminación artificial. Pim Pam, unos últimos segundos de claridad y la penumbra se apodera de todo. Ahora ves, ahora ya no ves un carajo. Mi universo se convierte exclusivamente en los metros que alcanzaban mis focos.

Una apestosa ciudad dormitorio precede a Bamako, Kati, lo más parecido al infierno. Intenso y bullicioso tráfico va y viene, focos que me deslumbran y espeso humo negro. No veo nada, pero me imagino atravesando un muro de contaminación que me perfora la nariz. Miro al suelo intentando encontrar una referencia en el asfalto para no estamparme contra un camión. Pero la calzada apenas existe, un tercio se ha derruido por las lluvias y se diluye mezclándose con arena y mierda colindante. Subo de nuevo la vista y a través de un haz de luz proveniente de los focos de un camión intuyo las siluetas de unos niños cruzando la carretera. Freno acojonado. A los lados veo surtidores de gasolina en penumbra, camiones aparcados y sombras humanas que se deslizan en todas direcciones. Estoy inmerso en algo parecido a Mercamadrid pero en penumbra y en Bamako. Un infierno del que milagrosamente salgo impune minutos después.

Entro en Bamako. La capital de Mali es una gran urbe creada a ambos lados del río Níger, histórico canal de comunicación entre cientos de pueblos que se reparten por sus orillas en cinco países diferentes. Entro por la parte más antigua de la ciudad, ubicada entre el cauce del río y una poderosa y robusta montaña que desciende serpenteando entre curvas. Circulo tras una hilera de coches que intentan avanzar en mi misma dirección. El lugar debió ser un paraíso antaño, con la montaña, el río y la sabana, pero la llegada masiva de unos y otros hasta convertirlo en una gran urbe lo han jodido por completo. Como cualquier ciudad africana de primeras apesta. Edificios de sucio hormigón agrietado, calles en penumbra, humeantes puestos de comida callejera alumbrados por tenues farolillos, sombras que deambulan la noche, carteles comerciales balanceándose y a punto de descolgarse de grises cornisas, ruidosos chavales correteando nerviosos, omnipresentes vendedores ambulantes y cómo no, constante mierda a la africana por todos los rincones.

Paro en un semáforo y decido cerrar el casco y bajar la visera ahumada. Alerta amarilla. Mejor convertirme en un enigmático tipo de negro sobre una moto enorme, sin dejar ver el color de mi piel, que dejar a la luz mi sonriente pálido careto, mucho más atractivo si algún maleante planea un rápido negocio. Varios semáforos después me veo colapsado entre cientos de motos que esperan para salir zumbando y entrar en un gran puente que cruza el río. Luz verde, acelero en vacío, ruge poderosamente mi motor, mis competidores me miran sorprendidos, y aprovecho los segundos de incertidumbre para acelerar y salir de allí cagando leches y en primera posición al llegar al viaducto. Eso me permite observar fascinado el majestuoso río Níger, navegable desde aquí hasta su desembocadura en Nigeria. Habituado a cruzar el manzanares esto se me antoja un océano.

En la otro orilla el GPS toma los mandos, indica un hotel entre un entramado de calles que terminan convirtiéndose en callejones en penumbra. La alerta amarilla se torna poco a poco en roja. Me estoy metiendo en la boca del lobo. Un callejón a la derecha, otro a la izquierda, y aparezco por fin en el lugar en el que el GPS asegura podré dormir. Pero la cruda realidad es que ahí no hay nada. Dos segundos a solas y de la oscuridad surgen silenciosos como serpientes tres buscavidas adolescentes que me abordan al instante ofreciéndome un hotel. Probablemente esa marca en el GPS debe haber confundido a otros anteriormente, porque de otra forma no se entiende la aparición tan rápida y con un objetivo tan claro de los chavales. No me gusta la situación, me siento demasiado vulnerable, así que acelero y salgo enajenado dejando a los pobres chavales con la palabra en la boca.

Zigzagueo por las mismas oscuras callejuelas hasta encontrar una avenida algo más ancha que me lleva al segundo de los tres hoteles que marca el GPS. Las indicaciones de nuevo me desvían de la ruta principal y el camino se hace aun más tortuoso, desaparece el asfalto y las calles se llenan de barro. La penumbra es total. Por enésima vez giro en una intersección y los focos alumbran violetamente una enorme lona blanca que a modo de pancarta atraviesa la calle de lado a lado, colgando de dos edificios. Freno en seco. – Ramadán -, dice la pancarta. Cuando los ojos se habitúan a la nueva luminosidad del lugar, descubro que bajo la pancarta yacen decenas de fieles arrodillados en el suelo, con las manos juntas y la cabeza mirando al suelo, entre el silencioso murmullo de sus rezos. Apenas me miran, siguen inmersos en el ritual propio del último día del ramadán. Parece que esta noche habrá jaleo, y yo sin encontrar hotel.

Rodeo a los fieles y encuentro el segundo de los marcadores del GPS, esta vez sí es un hotel, pero está lleno. Vuelvo a la carga. Media hora después me encuentro en la recepción de un hotel, la tercera marca del GPS, con parking vigilado, aire acondicionado y razonablemente limpio por treinta euros la noche. Prefería algo más cutre, pero está claro que la situación no invita a seguir buscando.

Decido parar un día y regularizar mi ilegal situación en Mali. Siempre hablo pestes de las embajadas, pero por la mañana acudo en busca de auxilio y topo con un tipo que aunque no es su tarea, me ve bostezando en la sala de espera y se apiada de mi. Le cuento mis problemas y me concierta telefónicamente una cita con un oscuro tipejo de la policía de Mali en inmigración. Su oficina está cerca de la embajada española. La encuentro sin problema y preguntando a unos y otros llego a un caótico despacho con potente aire acondicionado donde tres tipos repantingados en sus asientos no hacen nada. Sin mover un solo músculo me invitan a sentarme. Uno de ellos es mi hombre. Es evidente que le jode ponerme un sello gratis, sin sacar un triste dólar de tan apetitoso botín, pero vengo recomendado de la embajada. Asunto resuelto, no ha pasado nada pero podía haber pasado, no es recomendable deambular por un país africano sin sello en el pasaporte.

Mujer en pueblo

Al día siguiente sigo mi camino, la ruta discurre tranquila a a través de una carretera de un carril, con asfalto más que digno y rodeado de campo y pequeños pueblos habitados por gente amable. Unos kilómetros al sur hasta Bougouni para luego enfilar al este dirección Burkina. Mali según las estadísticas es el sexto peor país del mundo donde nacer. Los niños sin embargo no deben ser conscientes, porque como en el resto del África que conozco, siempre sonríen al ver pasar a un tubah (un blanco). Quizá es porque ya casi han superado esos críticos primeros años en los que la estadística es tan cabrona. Cada día mueren más de veinte mil, la mayoría en esta zona del planeta, así que deben de estar contentos por haberse salvado un día más. Es como si todos los días hubiera ocho atentados a las torres gemelas, pero sólo con niños.

Cartel Malaria

El merchandising de cientos de ONG decora los aledaños de las carreteras durante todo el camino, unos anunciando sus propias instituciones y otros intentando concienciar a la población. Especialmente a las mujeres que son las únicas capaces de salvar esto. Intentan principalmente fomentar el uso de preservativos y mosquiteras. El Sida y la Malaria, junto a la falta de agua potable, y especialmente la codicia humana, son los grandes problemas de un continente que parece condenado al drama de por vida.

La imagen de mujeres trabajando el campo me acompaña casi todo el camino. Es época de siembra de arroz, así que por todo el paisaje aparecen hileras de mujeres agachadas manipulando la tierra, sin dejar por ello de marujear y contarse sus cosas. Existen muchas diferencias culturales entre unos y otros, pero también hay ciertas cosas que son parecidas en cualquier lugar del planeta. Contarse la vida con amigos es universal.

 

Mujeres algodón

El sur de Mali es algo menos pobre que el árido norte. Son grandes agricultores, el clima mejora y en esta época de lluvias todo desprende una intensa luz verde. Las gentes como siempre parecen felices al verme pasar. Así llego atardeciendo a Sikasso, una ajetreada y bulliciosa localidad ubicada cerca de la frontera con Burkina Fasso y no muy alejada de Costa de Marfil. Me hospedo decentemente con aire acondicionado y ducha con agua caliente.

Al día siguiente confirmaré con los lugareños que la frontera por la que pretendo cruzar está abierta, hábito que con los años he aprendido es esencial para no deshacer kilómetros porque no todos los pasos fronterizos son aptos para occidentales. Días más tarde sin embargo parece que esto se me olvida y pasaré uno de los peores momentos de todos mis viajes.

 

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2 thoughts on Mali

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  2. Odilo J. Montero

    Bueno Charly te felicito, es el viaje que todos soñamos, algunos estuvimos a punto de realizar paro la vida y las circunstancias lo impidieron pero suerte y si alguna vez pasas por Venezuela avisas.
    saludos.