Chicas Himba

Llego a Opuwo al atardecer, realmente mi primer destino en Namibia aunque lleve aquí ya tres días. Dos de ellos los he pasado sumergido en un cómodo hotel, escribiendo crónicas y dejándolas programadas para que se publiquen solas. -¿Para qué hago esto?-, me pregunto muchas veces, no soy escritor ni vendo libros, ni apenas tengo sponsors. La respuesta siempre es la misma, lo hago por dos razones. Porque me gusta escribir y me ayuda a masticar los viajes, además de dejarlo todo para mi propio recuerdo posterior, y porque me satisface saber que hay gente que disfruta leyéndolas. Sean cuantos sean, seáis cuantos seáis.

El caso es que llevaba un retraso considerable, cuando me pasan cosas la prioridad es dejarme llevar porque de eso se trata, luego paro, me encierro en un hotel, y me pongo a escribir como un poseso intentando no cruzarme la mirada con nadie. Sé que a la mínima vuelven a pasar cosas.

Para terminar de relatar el viaje en orden cronológico, la anterior crónica terminaba en Namibe, última ciudad al sur de Angola costeando. Justo antes de empezar el desierto de arena que linda con el norte de Namibia. Para evitarlo, porque las sabias recomendaciones así lo sugerían, giré al este durante dos jornadas. La primera por asfalto, más de cuatrocientos kilómetros en los que me adentré en esa cordillera impresionante que cruza de norte a sur Angola, por la que ascendí hasta los dos mil metros por la carretera que según me contaron, es la obra civil más compleja hecha jamás en África.

Carretera curvas Angola

ComisariaDespués la trazado se quedó estable en mil y pico metros, y por la meseta seguí camino al este. Al atardecer llegué a Cahama, donde sabía terminaba el asfalto y podría encontrar una pensión. La pereza me invadió al ver la pocilga y preferí pasar la noche en la comisaria del pueblo, durmiendo en la que se ha convertido en mi casa. Pedí permiso y unos simpáticos policías estuvieron encantados de tenerme de invitado sorpresa.

Al día siguiente recorrí otros doscientos kilómetros por una apestosa carretera en obras hasta llegar a la frontera con Namibia. Crucé Angola sin problemas y por no discutir con sucios buscavidas, terminé entrando sin dólares namibios, sólo con americanos. Registrar la moto costaba unos catorce euros al cambio, pero no admitían dólares americanos, así que tenía que entrar a píe para ir a un cajero a por pasta. Un angolano, que desde dentro de un lujoso cuatro por cuatro esperaba que su mujer hiciera los trámites aduaneros, descifró perfectamente que tenía problemas y bajó la ventanilla.

-¿Qué te pasa? ¿Has hecho ya los trámites de la moto?
-No, no puedo, he de salir, cambiar dinero y volver a entrar.
-No hombre no!, toma y haz el trámite de una vez.

Sacó un sustancioso fajo de billetes de su bolsillo interior, quitó la goma que lo mantenía unido, y me ofreció un par de ellos, unos veinte euros al cambio.

– ¿Me cambias dinero?
– No hace falta que me des nada, son sólo doscientos dólares namibios.

Me costó convencerle que mejor me cambiara unos pocos dólares para ir tirando, pero al final accedió. Angola me despedía con una última muestra de generosidad de sus gentes, algo extremo y complicado de entender, pero completamente real. Hasta la fecha era Irán el país de gentes más generosas que conocía, pero ha pasado a segunda posición.

Namibia me recibió con un enorme cartel que anunciaba un Kentucky Fried Chicken. Además de cierto sabor a África pero mucho más civilizado, cosa de agradecer durante unos minutos pero que rápido hace añorar el estresante caos africano, cansado de vivir, pero completamente adictivo. También me recibió esa puñetera manía anglosajona de hacer las cosas de otra forma. Aquí se conduce por la izquierda y el súper adaptador para cualquier enchufe del mundo, no funciona.

Me alojé en Oshakati, en el hotel de un amigo de mis amigos moteros angolanos donde me harían buen precio y tenía una excelente conexión a internet, además de la paz y tranquilidad necesaria para escribir. Así fue.

Esta mañana una recta interminable a través de la sabana, me ha traído rápidamente hasta Opuwa, curiosa localidad donde conviven hasta diez tribus diferentes de africanos. Mayoritariamente los Himbas y los Hereros, dos antagónicas etnias, al menos en su forma de vestir, pero que conviven pacífica y absolutamente fusionadas. Es una experiencia única, empujar el carro por el supermercado serpenteando entre enormes mujeres de coloridos vestidos hasta el tobillo, corte colonial y sofisticados tocados, y mujeres de espectacular piel tiznada color marrón y tetas al aire. Yo con pantalones y botas moteras, menudo circo.

Opuwo fusión

Me hospedo en Country Lodge, un hotel de lujo a las afueras del pueblo. Entro en la recepción, todo está decorado con maderas nobles, cuidado hasta el último detalle, y con motivos africanos que no llegan a cargar. La recepcionista me pide noventa dólares por acampar. Pongo cara de circunstancia, me disculpo, me doy la vuelta y me voy. – ¿Están locos? – pienso. Siete pasos después vuelvo a pensar. – ¿Estoy imbécil?-. Doy la vuelta y vuelvo a preguntar. –¿Dólares namibios o americanos?-, -namibios señor, estamos en NamCena atardeceribia-.

Por el equivalente a nueve euros acampo en un prado verde con espectaculares vistas, baños limpios, un grifo y un enchufe. Monto la tienda, bajo al supermercado, serpenteo entre todo tipo de etnias,  compro salchichas, pan, una botella de medio litro de vino y ceno feliz al atardecer.

Atardecer camping

Amanezco muy temprano. Comparto el café con turistas italianos y alemanes de safari. Han visto la matrícula y se interesan por el loco de la moto. A mí ellos me aburren. Compro un par de horas de internet. Va muy rápida y el sitio es espectacular. Me quedan un par de crónicas que subir, elegir fotos y dejarlas programas porque a partir de aquí se acaba el asfalto y no sé cuántos días estaré sin conexión. Mientras divago sobre si quedarme un día o no, una chica se acerca. Trabaja en las oficinas del hotel y le tiembla la voz.

-    Disculpe señor, ¿le puedo hacer una foto?
-    Sí claro

Una aquí, luego otra aquí, mejor allá, una juntos…

– ¿A qué se debe esto?
– Me da un poco de vergüenza señor…, pero es que…, me recuerda usted mucho a Jesucristo, al menos a la imagen que tenemos de él.
– Ya, me lo dicen mucho en África
– ¿Se va usted hoy?
– En eso pensaba, no sé…
– Si se queda le podemos hacer un descuento.

Para un ateo convencido, que a la mañana siguiente la cuenta estuviese reducida un cincuenta por ciento, simplemente por tener un cierto parecido a Jesucristo, tiene cierta guasa. Pero así es, el propietario del hotel, un viejete sudafricano forrado, había fallecido unos días atrás y estaban con cambios de encargado. Las chicas debían tener cierta libertad esos días, así que supongo que ejercieron sus poderes para que además de sus habituales clientes pijos de safari, hubiera esa tarde un barbudo mal vestido sentado en la espectacular terraza, enfrascado tras la pantalla de su ordenador. Digo yo, porque de otra forma no me lo explico.

Ceno en el hotel una exquisita carne con patatas sin saber que me costará la mitad. Ya en la tienda, bajo el agradable abrigo del saco, abro un compartimiento de una de las maletas laterales y saco algo que llevaba guardado para esta ocasión. “Un millón de piedras”, libro de mi amigo Miquel Silvestre. Una parte del libro transcurre a menos de trescientos kilómetros de aquí. Disfruto releyendo los capítulos en los que Miquel consigue obstinadamente entrar en la Costa de los Esqueletos y rendir homenaje a Cao, el primer europeo que llegó a estas costas.

“La ira hizo cambiar mi actitud. Me rebelé. No abandonaría a la Princesa. Acamparía allí hasta que nos dejaran pasar o apareciera un camión que cargara la moto…
Uno de los guardas dijo que esperar un camión podría llevarme mucho tiempo. Lo miré y le dije que él no entendía nada
– Tengo una misión. Mi destino es llegar a la Costa de los Esqueletos. De un modo u otro Dios me ayudará ”

A partir de pasado mañana yo también tengo una misión, seguir su rodada, ingeniármelas como sea para que me dejen entrar en moto, llegar hasta donde él llegó, copiar sus fotos, y rendir así homenaje a mi amigo y a su libro. Yo no tengo un Dios que me ayude, pero cuento con el guionista, que al fin y al cabo debe ser algo parecido.
 

Amanezco entre cantos de pájaros. Mejor dicho, me despierta el berrear de varios pajarracos energúmenos. Recojo el campamento. La moto no arranca, ya me pasó ayer. Jugueteo con el embrague y finalmente se enciende.
Para la buena comprensión de este percance, he de decir que esta moto la compré de segunda mano y después de un accidente. Mi amigo Vicente la arregló perfectamente, pero no tenía cuadro de mandos, así que instalamos uno de una F800-R, de carretera, aparentemente igual. Pero no lo es, el sensor del ABS es diferente y nunca funcionó, salí de España sin él y así ha seguido. Luego en Mali, creo,  el cuadro se volvió loco y el marcador de las marchas no va bien, dice que va en primera cuando va en tercera y cosas así. Eso hace que la moto nunca sepa cuándo estoy en punto muerto, luego he de arrancar siempre con el embrague presionado. Por lo demás todo funcionaba perfectamente hasta ayer que empezaron los extraños.

Pista Namibia

Finalmente salgo de Opuwo sobre las nueve de la mañana. Mi destino es Palm, una diminuta localidad con gasolinera y un lodge donde acampar, justo antes del desvío a la Costa de los Esqueletos. La carretera desaparece para convertirse en una ancha pista de grava. La sabana se despeja y el trazado enfila a una abrupta y árida cordillera montañosa de rojizo color que  destaca en el horizonte.

Mujer himba en carreteraNo me cruzo apenas con seres humanos, tan sólo una mujer himba que quiere unas monedas a cambio de una foto. Se las niego, no quiero foto, pero luego me siento un poco capullo, la he grabado con la cámara del casco. Eso está feo.

Animales veo muchos, burros, vacas, muchas vacas, impredecibles cabras, y cosas así. Arbustos muchos. Pero nada más.
Me aburro a ochenta kilómetros por hora, mientras no me salga de las rodadas de los coches, la moto vuela por encima de la grava sin alteraciones. Subo a cien kilómetros por hora, cualquier animal lo veo muy de lejos y me da tiempo de frenar. Sólo hay arbustos, y que yo sepa esos no andan.

Falso!

A ciento y algo kilómetros por hora un arbusto se asusta al verme y atraviesa la carretera correteando. Bajo dos marchas, piso enajenado el freno trasero, la moto empieza a dar bandazos de una lado a otro,  la agarro con todas mis fuerzas y me resigno q que pase lo que tenga que pasar, ya no puedo hacer más…

Mientras tanto, un jodido avestruz con forma de arbusto cruza la carretera acojonado. Lleva el cuerpo claramente  adelantado sobre cuello y cabeza que le prosiguen. Son segundos, pero puedo ver perfectamente su cara de susto mientras corre cómicamente a través de la pista.

Por poco no le endiño, pero consigue pasar antes que yo. Cuando el corazón se serena, me empiezo a descojonar. Es un animal muy cachondo, aunque el susto no ha tenido ni puta gracia. -Cabrón!-, le grito, mientras sigue correteando hacia los arbustos. Luego me cruzo con monos, antílopes, y señales que advierten de la existencia de elefantes, pero desgraciadamente no me encuentro con ninguno. Siempre he querido tener una foto de mi moto junto a un elefante.

Cuidado con los elfantes

Por lo demás la pista se interna paulatinamente en la cordillera rojiza sin que apenas pase nada. Me recuerda a Australia, por lo rojizo del desierto y porque paso horas pensando dentro del casco, reflexionando sobre el camino que he seguido hasta aquí y sobre el que me espera en Madrid cuando vuelva. Es cómodo viajar sin la tensión del África poco civilizada, pero se echa de menos. Esto es otro viaje, incluso en mitad de la nada todo está señalizado, hay campings cada ciertos kilómetros y frecuentes áreas de descanso. Aunque mi yo interno creo que anda bastante bien, tampoco viene mal unos días enteros de reflexión.

La puñetera cadena lleva todo el día sonando. Cuando viajo la limpio y engraso a diario, y aunque está perfectamente tensada, sigue emitiendo un apestoso sonido que me cabrea. Luego acelero y dejo de oírla. Llego a Palm, entro por una pequeña pista al Palm Lodge, circulo despacio, y el ruido se hace infernal. Empiezo a pensar que es otra cosa, lástima que mi ignorancia me impida saber qué es.

Acampo en una parcela con suelo de loseta y bajo un toldo. Me han recomendado que ahí lo haga. Pongo la moto en el caballete y decido toquetearla. La cadena está bien, el ruido viene de la rueda pero es otra cosa. Ahora pensemos por qué no arranca a la primera. Recuerdo que mi amigo Sergio Pueyo, gran conocedor de esta moto, me advirtió que a veces el sensor de la pata de cabra fallaba. Lo desmonto, lo toqueteo, pero nada cambia. Supongo que el embrague llevará otro sensor, pero se está haciendo de noche.

Una pareja de jubilados holandeses se acerca, están sorprendidos por mi matrícula. Hacen intención de darme la mano pero les doy el codo. Tengo las manos negras. – ¿Qué le pasa a la moto?-. – No sé muy bien, no se me dan muy bien estas cosas.-. -Hay un holandés que tiene un lodge a pocos kilómetros de aquí y que es un excelente mecánico. ¿Tienes un mapa? Te indico dónde es. Se llama Jerome, dile que vas de mi parte.

El guionista ha puesto un mecánico a tan sólo sesenta kilómetros del desvío hacia la Costa de los Esqueletos. Puedo perder un día, ver al holandés, solucionar con suerte los problemas, y deshacer pasado mañana sesenta kilómetros para tomar el desvío. Parece buen plan porque el único objetivo en la Costa de los Esqueletos es adentrarme en la playa como hizo Miquel e intentar localizar una estructura metálica donde copiar su foto.

“La arena nos quería sepultar. El avance de la moto era agónico, la rueda trasera patinaba y el embrague trabajaba de lo lindo cada vez que encallábamos. Temí quemarlo.
…cuando encalló por tercera vez, la Princesa pregunto si es que acaso estaba demasiado gorda…”

Mi moto tiene un cuerpazo, pero con casi toda seguridad también se quedará en la arena. Si ahí me falla el encendido estoy completamente jodido, sólo saldría al empujón, imposible en el arena. Creo que iré a ver al holandés.

Viendo las horas que son decido no sacar la cocina y meterme un plato combinado para el cuerpo. Mientras arreglaba sin éxito la moto han llegado dos KTM al camping. Sus dueños están en la barra copiando mis ideas. Son dos tipos rudos, sudafricanos, con diez días de vacaciones y miles  de kilómetros de pista salvaje por delante. Rápido fluye la conversación.

-    ¿Dónde vas?
-    Sudáfrica, Cape Town.
-    ¿Por dónde?, te podemos recomendar…
-    Bajo por la Costa de los Esqueletos y luego por el Fish River Canyon
-    ¿Por la Costa de los Esqueletos?. ¿Para qué?, no hay nada que ver ahí, la pista es insufrible, hace un frío que te mueres y además no creo que en moto te dejen entrar.
-    Ya sé ya sé, pero tengo que ir…

Explicar a dos toscos sudafricanos que a mis treinta y siete años, tengo la misión de adentrarme en una playa de arena y viento con el fin de encontrar una estructura metálica oxidada, donde hacer una foto, con el único objetivo de emular a otro colgado español que ya lo hizo, no me parece sensato para la buena digestión de la carnaza que nos estamos metiendo. Es complicado que lleguen a entenderlo, así que omito mis razones y asiento con la cabeza mientras engullimos nuestros correspondientes platos combinados. Ellos con la boca llena siguen insistiendo en que no vaya. -Me da igual lo que me digan, yo sé cuál es mi camino-, pienso en inglés, sin dejar por ello de mojar pan en los últimos restos de salsa.
Ando todavía rebañando el plato cuando escucho unas voces.

-    Precaución señores, han entrado dos elefantes!
-    ¿Cómo?
-    Sí sí, no hacen nada pero tengan mucho cuidado, están en la parcela siete. Debajo de los toldos nunca entran. Nada de fotos con flash por favor, eso les cabrea.

Elefante con maletaLa parcela siete es la mía, cuando llego es demasiado tarde para capturar una buena foto, uno de ellos se está yendo hacia la maleza. – Esto no ha terminado todavía amigo!-, le susurro mientras saco el trípode. Le hubiese gritado mejor, pero el resto de campistas tampoco creo que lo hubiesen entendido.

Paso dos horas leyendo fuera de la tienda mientras espero pacientemente con un pequeño set fotográfico preparado. La parcela tiene un farol y lo he girado hacia el camino por donde presumiblemente pasarán. He cubierto un lateral del foco con el mapa que hace que la luz sólo enfoque donde quiero. La cámara está en el trípode, ISO 6400, máximo posible, enfocando la moto en la mitad del plano y el paso del elefante en la otra mitad.

– Tarde o temprano tendréis que volver…, y aquí estaré yo. Quiero esa foto!-

Los elefantes son muy listos, han debido ver la matrícula y saben que soy español. Eso, con los hábitos de nuestro querido monarca, nos hace siempre sospechosos.Elefante escapa

Cuando las criaturas por fin se deciden a salir, lo hacen cargándose una valla y evitan el punto exacto donde la foto habría sido de premio. Aun así, persigo a uno con el trípode en mitad de la noche hasta que consigo una foto medio digna. Es enorme. Cuando se da la vuelta y decide finalmente salir del Camping, me clava la mirada unos segundos. Estamos a menos de diez metros. La verdad es que acojona, pero mola, para qué pagará la gente safaris teniendo campings a diez euros.

Elefante1

….

Abandono Palm con el dichoso ruido en la rueda y tras varios minutos de espera, jugueteando con el embrague, hasta que la moto se decide a arrancar. Tengo que ver a ese holandés. Tan sólo distan cien kilómetros desde aquí. La pista serpentea entre la cordillera rojiza, paso junto al desvío de la Costa de los Esqueletos y continuo mi camino sabiendo que mañana lo tendré que deshacer.

Pista Namibia2

Sobre las once de la mañana veo una indicación del Abda Mountain Lodge,  justo en el momento que la moto empieza a bailar de delante. He pinchado, por primera vez en África. -Joder, todo a la vez!, aunque menos mal-. Llego renqueando hasta el Lodge. Jerome no está, pero me informan que llega en media hora. Pido una coca cola y un sándwich y espero pacientemente en un humilde pero acogedor Lodge a pie de una rocosa montaña. El paraje es único.

Aparece un cuatro por cuatro enajenado por la pista, es Jerome. Alto, fuerte, y con las manos negras.

-    Hola, me han llamado para decirme que tienes problemas.
-    Sí, un par de ellos, ahora te cuento.
-    Termina de comer y metemos la moto en mi taller.

Taller Jerome

El taller de Jerome es una base de hormigón cubierta por una ligera estructura metálica, sujetada con pilares de madera, y con un toldo por encima que lo ampara del sol. Ahí tiene de todo, vive desde hace cuatro años en Namibia con su mujer, de los clientes del Lodge y trabajando como mecánico por la zona.

-    Primero veamos el tema del encendido.

Jerome copia mis movimientos de la noche anterior y desmonta el sensor de la pata de cabra. Eso no es, pero de mutuo acuerdo decidimos anularlo. Después desmonta la maneta del embrague hasta que encuentra el sensor. Hace un puente y bingo!, ahí está el problema. Es un minúsculo mecanismo con una patilla milimétrica que hace que pase la corriente o no. La manipula y parece que funciona. Lo más importante es que ya sé qué es y dónde está, si vuelve a fallar lo inutilizo y listo. El ruido de la rueda trasera no sabe con seguridad.

-    Pueden ser los rodamientos, con el tute que lleva la moto es más que probable, suele pasar. De todas formas ese neumático no llega a Sudáfrica, cuando pases por Swakopmund ve a un concesionario Yamaha que después te digo dónde es, y di que vas de mi parte. Ellos tendrán goma y de paso que te miren ese ruido. ¿Qué ruta piensas llevar?
-    Bajo por la Costa de los Esqueletos, paso por Swakopmund, y después por el Fish River Canyon…
-    ¿Por la Costa de los Esqueletos? ¿Para qué? No hay nada que ver ahí
-    Ya sé, ya sé, pero he de ir…
-    No te lo recomiendo, hace unos meses pasé en coche y la pista son ciento y pico kilómetros insufribles en una calzada ondulada de grava que te hace ir siempre cayéndote al lateral. Viento y arena,  lo que puedas ver ahí lo verás igual cuando llegues a la costa por la ruta lógica desde aquí.
-    No exactamente…, -pienso-.

“…Sin embargo una de las osamentas más impresionantes en este desierto no provenía del océano. Se trataba de una vieja instalación industrial corroída por el orín, el abandono y el salitre….”

Tornillos oxidadosArreglamos el pinchazo no sin problemas. Uno de los tornillos que aprietan el buje no sale del óxido y se parte. Jerome hace una agujero mayor y una nueva rosca, metiendo un rudimentario tornillo que hace la función. Viajando largo aprendes a mirar para otro lado en estos casos y darle la menor importancia al asunto, lo único importante es poder seguir, y parece que todo está en orden.

Después de la cena charlamos de nuevo y le muestro el libro de Miquel, las fotos y la absurda misión, o no, que yo mismo me he puesto.

-    Las fotos no sé dónde son, pero insisto en que no debes de ir. Ve a Swakopmund y soluciona tus problemas…

Vuelvo a mi tienda de campaña paseando pensativo, iluminado por una luna completamente llena. Metido en el saco de invierno, porque la temperatura en los dos últimos días ha bajado drásticamente, vuelvo a releer la ruta de Miquel. -¿Qué coño hago?-, me pregunto, y antes de encontrar respuesta caigo profundamente dormido.

….

Camping amanecer
A las ocho de la mañana estoy listo para partir. He dormido profundamente, el silencio y el frío han sido el mejor somnífero. Adoro mi tienda de campaña, es mi hogar, el mejor de los hoteles posibles. Tomo café con Jerome.

-    ¿Ya has decidido?
-    No completamente, ando confuso
-    Hazme caso anda, ve a Swakopmund.

Minutos después paro en el desvío donde ayer noté que había pinchado. Son las ocho y media de la mañana. A la izquierda está la Costa de los Esqueletos, tengo dos horas hasta un control donde no sé cuánto me llevará que me dejen pasar en moto, si es que lo consigo. Después una hora hasta la costa, ahí me tengo que adentrar en una playa de arena fina hasta encontrar la estructura metálica donde copiar las fotos. Luego ciento y pico kilómetros de pista ondulada, con viento frío y arena.

A la derecha está el camino al que todas las señales me llevan. Si el guionista existe no puede ser más obvia su voluntad.

Con cara de circunstancia giro a la derecha.- Ya me explicaras esto-, le recrimino, y arranco alicaído escuchando el ensordecedor ruido de la rueda trasera que parece responder a mi pregunta.

Definitivamente hace frío, el traje ya no abriga suficiente sin el forro interior. Doce grados marca el termómetro. La pista tarda unas horas en abandonar las montañas, completamente en solitario y sobre una grava que cada vez se hace más arenosa y peligrosa. Estoy adentrándome poco a poco en el desierto de arena.

Desierto rojo

Uis es la última localidad donde encontrar gasolina antes de llegar a la costa. Las montañas hace rato que desaparecieron por el retrovisor. Lleno el depósito, como galletas de chocolate buscando que el sol me caliente, y salgo dirección a la costa. La pista ya es desierto plano, hamada de arena y piedras. Una interminable recta me tira contra la costa tras dos monótonas horas de circulación a cien kilómetros por hora, asustado en ocasiones porque en tramos el viento ha cubierto las rodadas de los coches y la moto baila sobre bancos de arena.

LLegada a la costa

Alcanzo la costa y el viento de cara se convierte en lateral. Es impetuoso y molesto. Incluso peligroso. La calzada es ahora de asfalto resbaladizo, la moto va tumbada en plena recta, sopla con fuerza de mar a tierra. Ahora comprendo a qué se referían los sudafricanos. Pero tiene que haber más, no sólo por este viento he dejado de hacer lo que quería. Cien kilómetros después llego a Swakopmund, me desvío en el primer cruce y busco la avenida que circula paralela a la costa. Asiento con la cabeza al recordar las palabras de Miquel en “un millón de piedras”

“Swakopmund es una población extraña con su paseo marítimo, sus ordenados chalets, su iglesia luterana y su monumento a la expedición prusiana de Kurt von Francois…”

Swakopmund

Yo añadiría que he entrado en algo que no es África, que tampoco es Europa, pero que tiene un cierto parecido a Darwin, en el norte de Australia. Avenidas anchas, no hay mierda en el suelo, urbanismo milimétricamente parcelado, comercios modernos en edificios de un planta cuadrada, olor a comida basura por todas partes, y un silencio que no corresponde a este continente. Al menos al que yo conozco.

Son las tres de la tarde y es viernes. Antes de alojarme busco el concesionario Yamaha recomendado por Jerome. La tienda es moderna y está llena de motos y accesorios. La dependienta es encantadora, me acompaña a un expositor de neumáticos y localiza uno que me vale.

-    ¿Quieres cambiarlo ahora?
-    ¿Abrís mañana? Acabo de llegar, prefiero alojarme primero.
-    Sin problema, de ocho a una estamos aquí.

Salgo fuera y decido encenderme un cigarro que termina siendo definitivo en este relato. A medio consumir se acerca una motera, después su marido. Son australianos y están de viaje en grupo por África. Luego un escocés y después un inglés, Billy. Charlamos distendidamente en la puerta del taller, primero de mi viaje y luego del suyo. El inglés se empieza a meter con el escocés, con ese humor tan británico, hasta que pronuncia una palabra mágica en mi absurdo mundo.

-    ¿Cómo has dicho?, ven que te muestro una cosa…

LLegada a Swakopmund

Hoy es 31 de Agosto de 2012, exactamente tres años y un día después de que saliera de casa dirección Australia. Todas las señales de los días anteriores toman razón de ser. El cabrón del guionista se ha empeñado en que estuviera aquí hoy, tenía una sorpresa preparada para el tercer aniversario de Sinewan.

Si la conexión me lo permite, el próximo sábado a las 19:30 saldremos de dudas, será con un vídeo, porque a veces, una imagen vale más que mil palabras…

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27 thoughts on Namibia, intentando seguir la rodada de Miquel Silvestre

  1. fabian martin galvez

    GENIAL CHARLY no seras escritor pero maeras no te faltan no tienes exponsor pero la escuela de la vida te guia pero tienes fans como yo a los ke te seguimos aya donde estes ,vaya relato wuapo ,la foto del barco encallado en la arena no te puede faltar,y busca urgentemente wifi nos as dejado bokiabiertos cuidate y animos campeon

  2. Que gran relato, un libro es lo que deberías hacer con el tiempo. Tantas anécdotas y situaciones curiosas dan mucho juego. África es la caña, a seguir la aventura. Saludos

  3. marins

    Deberias haber hecho un concurso a ver si alguno adivina de que va el video…que tengo unas horribles ganas de ver..te perdono el final porque anuncias cuando va a ser la continuación!!! te imagino sonriendo mucho al escribir esta crónica…y me gusta!!! Beso!!

  4. Alex Toledo

    gracias por el relato, tanto los relatos de tu persona como los de Miquel los de Alicia y los de Fabian, alimenta mis ansias de aventura

  5. Adelante Carlos, yo tuve la suerte de pasar tres semanas en Namibia (con padres y en hotele) así que nada que ver con lo que estás viviendo. Me encanta leer tus crónicas. Un abrazo

  6. No se si sabras que Ewan Mcgregor tambien se encontro con una avestruz en uno de sus capitulos de Long Way Down, (unica coincidencia creo yo).
    Como siempre nos dejas intrigados ya me estoy acostumbrando.
    Un abrazo y saborea el momento que aunque parezca mentira ya no te queda tanto.
    Un abrazo.

  7. En mi ruta por Namibia he fijado un punto de interes al que debo ir y hacer honor, “Pasar por el desierto de los esqueletos e ir a la chatarra de oxidada” he dicho.

  8. Anónimo

    Charly dijo: “Porque me gusta escribir y me ayuda a masticar los viajes, además de dejarlo todo para mi propio recuerdo posterior, y porque me satisface saber que hay gente que disfruta leyéndolas. Sean cuantos sean, seáis cuantos seáis.”

    …pues sí, disfrutamos mucho con tus relatos y…¡¡somos legión !! jeje!

  9. Andrés

    Hola:
    Antes de nada agradecerte que compartas tus aventuras con nosotros. Entre tú, el “big monkey” y alguno más, estoy “enganchado” a esto y espero poder hacer un viaje de este tipo algún día con la moto … (aunque seguro que más suavecito). Por el momento me tendré que conformar con seguir soñando.
    Me ha llamado mucho la atención el letrero de BDO en la última foto.
    Un saludo y buen viaje.

  10. Pedro Crespo

    Me encanta el artículo. También me llama la atención lo maquilladas que van las mujeres de Namibia por todo el cuerpo. Creo que se pintan con arcilla o algo así.

    • Charly

      Es una mezcla que hacen con arena y una piedra que no recuerdo ahora cómo se llama. Lo hacen dos veces al día, todos los días. Un saludo

  11. fernando rivas

    Buenísima Charly, me estoy dejando los ojos en el pc, pero es imposible llegar a casa y no ponerse a leer tu blog. De lo mejor de la red.
    abrazo

  12. mario fernandez jimenez

    Justo antes de leerlo me preguntaba sino tendrias parecido con algun Dios o algo parecido.
    Despues de lo de Angola , la frontera de Namibia y en el camping. Por fin me sacan de dudas ….. te pareces a Jesucristo ajajajajaja
    Dices que no tienes libro ? y no piensas tenerlo ?
    PUES YA ESTAS TARDANDO

    Amen