Diez de agosto. Llevo más de dos meses viajando, haciendo lo que me da la gana cada segundo, sin consultar con nadie. No me imagino libre de mejor manera. Sin embargo esta vez no consigo evadirme por completo de la realidad, suponiendo que esa sea la que dejé en Madrid. Mi mayor preocupación en este momento es que el tiempo pasa y pronto tendré que tomar una decisión que de una forma u otra cambiará mi vida. Tendré que decidir si paro de viajar o me busco la forma de vivir viajando, con las consecuencias que eso comporta. Tome el camino que tome será duro. El inconformismo conlleva un esfuerzo. El conformismo y la aparente comodidad, también. Lo que cambia es el resultado que hay tras cualquiera de las decisiones.

Lo complicado de todo esto es que nunca sabes cuál es el mejor hasta que no sales de casa y cierras con llave. Ahí no hay punto de retorno, puedes darte la vuelta y volver pero ya no encontrarás la ropa en el mismo cajón.

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Lulu

1003173_10152096923006040_163742788_nAbandono Port Saint Johnes sobre las nueve de la mañana. Me dirijo a Underberg, un pequeño pueblo a pie de la montaña y cerca de la frontera con Lesoto. Pienso hospedarme en Khotso, una granja con alojamiento para backpackers y overlanders. Los dueños son Steve y Lulu, sudafricano y mexicana de los que me hablaron la familia Zapp.

En los doscientos cincuenta kilómetros de recorrido el paisaje cambia radicalmente. Las suaves colinas verdes de la Wild Coast desaparecen y la carretera serpentea entre abruptas montañas áridas y rojizas. Rozamos los dos mil metros, la temperatura baja y el cielo adquiere un intenso azul cobalto. Al llegar a Underberg  siento algo especial. El paisaje montañoso, el aire limpio y el olor a campo me envuelven desde el primer segundo. Creo que aquí estaré bien.

Encuentro fácilmente la granja. Una pequeña pista cruza entre campos con vacas, borregos y caballos hasta llegar a una casa de una sola planta y paredes amarillas. Lulu está en la recepción, sus rasgos latinos son inconfundibles. Ayer hablamos por teléfono. Nos saludamos cariñosamente, compartir la lengua materna con alguien tan lejos de casa es siempre un paso adelante. Creo que nos hacemos amigos desde el primer instante. Decido acampar.

Lulu tenía un próspero negocio en México DF. Un día decidió venderlo y viajar. Ocho meses después de comenzar su viaje pasó por aquí. Se enamoró de Steve y aunque siguió viajando terminó por volver para quedarse. De eso hace nueve años. No sabía nada de campo y ahora se ha convertido en granjera y hostelera. Sigue siendo emprendedora aunque haya cambiado el entorno y el tipo de negocio.  Su principal preocupación en este momento es tener recursos para mantener los más de cien caballos que tienen en la granja y la tropa de borregos. No es fácil mantener una granja, los ingresos son suculentos pero parecen colarse por un desagüe de gastos.

Lulu optó por perder la comodidad que le brindaba su ciudad natal, su cuenta bancaria y la protección de su entorno familiar, salió de casa, cerró con llave y no miró atrás hasta llegar a Underberg. Aquí encontró lo que buscaba, se descubrió feliz usando la misma ropa tres días seguidos y cuidando de borregos y caballos. A menudo viaja a México para ver a su familia y poco le importa no encontrar la ropa en el mismo cajón, tiene claro que su sitio ya no está allí.

En cierto modo Lulu es un espejo en el que verme reflejado. No es que quiera ser granjero, ni siquiera tengo claro que quiera vivir en un sitio que no sea mi país, simplemente me planteo encontrar la forma de vivir viajando, yendo y viniendo. Ese es el reflejo de Lulu en el que me veo. Llevo ganándome la vida por mis propios medios desde los dieciocho años, el instinto de supervivencia y el gen emprendedor supongo que harán que encuentre la forma de sobrevivir si decido dar el paso. Lulu, que se vio en las mismas en su momento, me anima a ello pero me da un consejo.

– Hazlo sin duda, pero deja un salvavidas en España por lo que pueda pasar.-

Steve

sinewan.com. Steve BlackEsta noche hay barbacoa. Un par de huéspedes más, el personal de la granja, Lulu, Steve y yo. Asamos la carne, comemos en el salón y después volvemos al fuego, arremolinados alrededor del chasquido de la leña al arder.

Steve Black tiene cincuenta y ocho años. Hace más de una década que quedó viudo. Compró la granja a su suegro, una basta extensión de terreno principalmente montañosa. Cuando llegó Lulu las dos culturas se fusionaron, a veces siento estar tomando té en Memorias de África y otras excelente café en San Cristóbal de las Casas.

La historia de Steve es admirable. Veterano de guerra, surfero en juventud, canoista de largo recorrido después y corredor de fondo en la actualidad. A sus cincuenta y ocho años es capaz de correr mil kilómetros en veinte días para conseguir fondos que permitan ayudar a la hija de un amigo, que ha quedado tetrapléjica tras un accidente en un país sin seguridad social. También es capaz de competir en carreras de varios días, a razón de cuarenta kilómetros diarios y casi siempre ganarlas. Para los jóvenes musculosos contra los que compite debe ser un calvario verse batidos por un fibroso casi sesentón. Steve dice que lo importante en estas carreras no son tanto las piernas como la cabeza. Los años nos traen achaques pero nos dotan de sabiduría, que bien usada es un músculo más.

Steve se siente libre cuando corre. Su mayor preocupación es encontrar sponsors que le permitan poder competir en carreras internacionales importantes. El coste que supone desplazarse y mantenerse los días de competición, con el rand sudafricano tan débil, es casi inalcanzable para su economía. Ese es su temor, mucho más que calzarse sus zapatillas cada mañana y enfrentarse a diez horas corriendo entre piedras y agujeros.

Cuando estoy en Madrid siento que avanzo por una escalera en la que sólo veo escalones iguales que se repiten. Viajando me siento como en un ascensor con paredes de espejo donde me veo desde diferentes ángulos. Hablando con Steve me viene un nuevo reflejo, él se esfuerza por poder seguir calzándose unas zapatillas, yo por poder seguir montándome en una moto, pero en el fondo los dos estamos buscando los mismo: sentirnos libres.

La mujer del tiempo

sinewan.com. women in LesothoLlevo ya unos días en la granja y he de plantearme seguir viaje. Me preocupa que venga mal tiempo y no poder atravesar Lesoto. Steve y Lulu insisten en que me quede, la mujer del tiempo anuncia una semana despejada así que no tengo tanta prisa. Ellos mañana viajan a Lesoto en coche y me ofrecen acompañarles. Un grupo de estudiantes ingleses viene la semana que viene para pasar unos días en una escuela de Lesoto. Steve y Lulu lo organizan, tienen que visitar la escuela primero para ver qué necesitan. Luego los chavales ingleses comprarán el material requerido para reparar las cosas que sean necesarias durante la semana. Los estudiantes de Lesoto colaborarán en el trabajo y ambas culturas se fusionarán unos días para un recíproco aprendizaje. Parece un buen sistema de ayuda al desarrollo; del tercer mundo y del primero.

No puedo decir que no. A las seis y media de la mañana partimos en un pick-up. A medio camino Steve se baja, pone a cero su cronómetro y comienza un día de entrenamiento. La primera parada es en la frontera, allí le esperaremos. Lulu y yo seguimos en el coche avanzando por una pista que asciende serpenteando camino de Lesoto. Hace poco que nos conocemos pero no hay silencios, todo lo contrario.

La frontera con Lesoto es una caricatura de la realidad de los dos países que separa. En una lado se levantan unas modernas instalaciones, con pavimento perfecto, una valla con alambre de pinchos y varios funcionarios uniformados que parecen no tener su mejor día. Un drástico escalón en el pavimento te hace caer unos centímetros sobre una superficie desigual de tierra y piedras. Estamos en Lesoto. Un autobús abandonado y carcomido por el óxido yace junto a un decadente edificio de oficinas. Entramos. Un mapa descolorido de Lesoto cuelga irregular de la pared. Un largo mostrador acristalado divide la sala en dos. La puerta está abierta. No hay nadie. Lulu anuncia nuestra presencia en el idioma local. No hay respuesta. Salimos al exterior. Un tipo sonriente se acerca. Viste de calle, con sandalias y calcetines, pantalón de pana y varios jerséis. Un par de preguntas, dos sellos, unas risas y seguimos nuestro camino. Ya estamos legalmente en Lesoto.

Steve ha corrido ya unos diez kilómetros. Con el pasaporte sellado continua su camino. Siguiente parada, la escuela, otros diez kilómetros más.

La escuela de Sekokoaneng son un par de edificios muy bien conservados en lo alto de una montaña. Un poco más abajo se levanta el pueblo, varias casas tradicionales casi invisibles, mimetizadas con la ladera de la montaña. Lulu negocia la ayuda que traerán los chavales ingleses con la profesora. Es una señorona africana; grande, sonriente y dispuesta.

Al terminar nos acercamos al pueblo. Una mujer sostiene a su bebé en brazos frente a su casa. Se trata de una construcción de piedra de no más de veinte metros. Ahí duerme el matrimonio con sus tres hijos. Si fueran más alguno lo haría en la cocina, una construcción colindante algo menor. La cocina hace también la función de baño, se calienta agua y ahí se lavan. Los basutos, sus ropas, sus casas, sus cocinas y sus pueblos, mantienen una limpieza ejemplar. Comparándolos con el resto del África Negra nada tienen que ver, este interés por la higiene no lo había visto antes.

La vida en Sekokoaneng es sencilla. No hay ríos cercanos, el agua de lluvia se almacena en depósitos de piedra. No hay leña, el combustible para cocinas son los excrementos de vacas y borregos. En una casa se vende cerveza, si la bandera que ondea en la puerta es blanca está preparada. Si es amarilla aún no, así que toca esperar plácidamente al sol hasta que esté lista. El frío se combate con mantas a modo de poncho, el color de ellas representa la clase social a la que pertenece el individuo. Usar la que no corresponde, ya sea de mayor o menor rango, es ofensivo.

La mujer sigue perpleja con su bebé en brazos mientras yo grabo con la cámara y rompo la sencilla armonía. Debe tener poco más de veinte años pero hace tiempo que dejó de ser niña. No habla inglés, la profesora hace de interprete. Me genera mucha curiosidad saber qué le preocupa a una persona tan diferente a mí. La contestación es inmediata; su mayor preocupación es el tiempo, saber si nevará, cuándo y cuánto.

La respuesta me deja pensativo. Probablemente dentro de unas horas me volverá a la cabeza mi gran dilema, si seguir viviendo en Madrid, en un cuarto piso con ascensor, calefacción y servicio de supermercado a domicilio, o mandar todo al carajo y seguir viajando en moto por el mundo, conectado a los cercanos a través de un Mac y durmiendo en una tienda de campaña cuyo coste es parecido al de la casa que tengo enfrente. A la mujer con la que hablo sin embargo le preocupa saber si nevará mañana o pasado. Ella sonríe. Yo también. Si nos cambiáramos la vida unos días probablemente ambos dejaríamos de hacerlo.

Le pregunto si ha viajado alguna vez. La respuesta es no, más allá de los alrededores del pueblo. Le encantaría ir a Sudáfrica. No se refiere a ir de vacaciones, es posible que no sepa qué es eso. Quiere ir a Sudáfrica porque allí hay electricidad y por tanto su preocupación, la nieve, tiene menos importancia. Lo que no creo que se imagine es el efecto dominó que eso conlleva, se empieza por desear un enfunche y termina uno jodido porque el cargador del Iphone 4 no vale para el Iphone 5.

La tacones

sinewan.com. SehlabathebeSteve come algo y rápido continua su marcha, no quiere enfriar completamente. Lleva veinte kilómetros en ascenso, por terreno pedregoso. Nueve horas y cuarenta y seis kilómetros después de haber comenzado, llega al Parque Natural de Selabahtebe, donde Lulu y yo le esperamos. Estamos en un Lodge a casi tres mil metros de altura rodeado de áridas montañas rocosas que enrojecen a esta hora de la tarde. Muy a lo lejos divisamos una pequeña silueta que avanza rápidamente. Ni siquiera hay senderos, Steve corre sus últimos metros del día haciendo camino nuevo. Al día siguiente se calza sus zapatillas por la mañana y treinta y seis kilómetros después nos volvemos a encontrar con él, de nuevo en Sudáfrica. Simplemente estaba entrenando.

Después de tres días y dos noches volvemos a Underberg. Sigo con molestias en el gemelo y en el pie así que he pedido hora en la fisioterapeuta del pueblo, famosa por su efectividad y también por su belleza. Steve suele acudir cuando tiene problemas musculares. A Lulu le pone nerviosa, siempre arreglada, con esos tacones de aguja sin sentido en una consulta médica.

La sala de espera está enmoquetada, un par de sillones orejeros, algún cuadro de tonos suaves y música clásica que aísla del exterior. Al otro lado de la puerta se escuchan voces pausadas. Rato después se abre la puerta y una paciente se despide de Tacones. Es guapa sí, me imaginaba algo más imponente pero lo cierto es que sí lo es. Mientras explico detenidamente el porqué de mi lesión, el cómo me caí y qué sentí, a petición suya, Tacones me clava la mirada fijamente. Quizá parte de su belleza radica en una mirada embrujada, unos misteriosos ojos azules que no dejan de vibrar.

Pasamos a la sala colindante. Mi mirada se va automáticamente al suelo. Efectivamente, tacones largos y finos medio ocultos por unos tejanos. Me tumbo en la camilla sin pantalones. Tacones me inspecciona minuciosamente. Finalmente alarga el brazo hasta una mesilla. De su primer cajón saca un pequeño utensilio oriental, metálico y con forma de U. Tacones lo golpea violentamente contra su muslo y me lo acerca. – ¿Escuchas como vibra? – . –Sí -. – Bien, te lo voy a poner en diferentes sitios, notarás una vibración no molesta, si eso cambia, si te duele, me dices.- . – Vale vale-, como para negarse.

Sitio tras otro la vibración es placentera. Buenas noticias, no hay nada roto según la sabiduría oriental. Eso nos lleva a un problema exclusivo de tendones. – ¿Has probado alguna vez la acupuntura?. – No -. – ¿Te atreves?- . -Claro -. Como para negarse.

Tacones prepara un pequeño arsenal de agujas. Vuelve a manosearme el gemelo hasta que encuentra un nudo, una bola que me hace ver las estrellas. Me pregunta si tengo familia. Empiezo a contestar y Zas!, me clava la aguja. – ¿Notas algo?- . -Sí, una especie de calambre, pero en el empeine, no en el gemelo-. Tacones gira suavemente la cabeza asintiendo con sonrisa satisfecha. Saca una nueva aguja. Con el mismo sistema que tenía el practicante de mi barrio, cuando mi madre me llevaba a vacunar, tacones vuelve a distraer mi atención con otra pregunta personal. –Zas!-, los pinchazos son de chiste, contesto rápido y aprovecho para sacar ventaja. Ella pregunta cosas personales, pues yo también.

Tacones tiene treinta y cinco años, es de Durban pero cuando se casó se vino aquí. Luego se divorció pero decidió quedarse. Ganaría mucho más dinero en la ciudad pero tendría una vida menos tranquila. Aquí es o dice ser feliz. Lleva trece años haciendo fisioterapia y acupuntura y sabe que es buena, no tiene ningún miedo al futuro. Su única preocupación importante son sus dos hijos, que estén bien, que nada les pase.

Tener hijos quita muchas otras preocupaciones de la cabeza.

Tas

sinewan.com. TasEn el parking de la consulta una chica se me acerca.

–    Tú debes ser Carlos -.
–    Sí, ¿nos conocemos? -.
–    No, soy amiga de Steve, me ha hablado mucho de ti. 

Ya sé, Steve lleva días hablándome de una amiga suya a la que he de conocer. Está convencido que nos llevaremos muy bien. Por el resultado de un primer café juntos creo que ha acertado. No paramos de reír. Tas es todo un personaje.

Su padre es holandés y trabajaba como modelo en los setenta. Su madre, una princesa nacida en Liechtenstein, lo vio desfilar una tarde y su sangre azul debió hervir más de la cuenta. El capricho real se fue de las manos y de esa primera noche nació Tas. La monarquía de Liechtenstein no toleró bajo ningún concepto que un modelo holandés se sentara en los salones reales, así que debieron llegar a un acuerdo. La custodia para el padre. Éste emigró a Sudáfrica y se dedicó a surfear todas sus olas, de playa en playa, con su furgoneta y su rubita mocosa siempre acompañándole. Ni que decir tiene que Tas adora a su padre.

Estos años viajando en furgoneta marcaron su personalidad. Tas es nómada, ha vivido años en Australia, en Estados Unidos y en Israel. Siempre trabajando en su oficio de granjera. Vacas, caballos o borregos, lo que sea, sabe de todo. Allá donde llega encuentra trabajo. Nunca ha vivido en una ciudad. Siempre le acompaña una bicicleta y una tabla de surf. Pero siempre termina por volver a Underberg. Hace dos años que regresó aquí y ya empieza a sentir que ha de volar de nuevo.

Eso, junto a sus caballos, es lo único que le preocupa. Se empieza a cansar de la misma gente y sabe que pronto tendrá que viajar, salir de casa con su tabla de surf y su bicicleta y echarse a la ruta de nuevo.

El ascensor sigue subiendo, veo un nuevo reflejo. Tas es nómada y siempre lo será. Sentirme tan identificado con alguien a quien acabo de conocer hace que me pregunte si no lo seré yo también.

Lady Penny

sinewan.com. braai in khotsoHe seguido alargando mi estancia en Underberg. Mañana domingo es mi cumpleaños y me pareció un buen sitio para pasarlo. Esta noche hacemos barbacoa para homenajear mis treinta y ocho palos. Antes de que anochezca recolecto leña por los alrededores de la granja. Disfruto mucho de algo tan sencillo como dar patadas a troncos para hacerlos más pequeños y amontonarlos junto a la barbacoa. No me cambiaría por nadie en este momento.

A la barbacoa acuden todos los que estos días han sido mis amigos. Algunos lo seguirán siendo después. Otros no tanto, quedaremos como anécdotas en nuestras vidas. Sin embargo esta noche nos vamos todos juntos como una piña, a quemar la noche en Underberg. El lugar elegido es el Underberg Inn, una de las pocas ofertas nocturnas en el pueblo.

Un vino. El garito consiste en una barra en ele con una chimenea al fondo. Allí nos arremolinamos, al calor del fuego y al son de una música que carece de importancia. El espectáculo está en la sala. Tas repasa la vida y milagros de cada uno de los asistentes, siempre los mismos para ella pero nuevos personajes para mi. La mayoría son granjeros de manos grandes y voluminosos cuatro por cuatro aparcados en la puerta. Pero no todos, muchos otros oficios están representados en la sala.

Conecto especialmente bien con “Mister Pick up”, un cuarentón viviendo una segunda juventud tras su reciente separación. Tiene una empresa de grúas, si tu coche se queda enganchado en la nieve o en el barro, él viene a rescatarte. Compartimos el mismo estilo de baile. Simplemente cogemos un ritmo constante y no lo soltamos en toda la noche, da igual lo que suene. En su caso cuando la euforia le invade, levanta los brazos o se sube la camiseta, embriaguez  de emociones que compartimos como dos amigos de la infancia. Exaltación máxima de la amistad.

Otro vino. Junto a la chimenea un tipo de barba pelirroja y mirada perdida bebe sin apenas moverse. Cuando le hablo parece despertar. Parece buen tipo, es el guía turístico por excelencia para viajes a Lesoto. El mecánico de coches, el de motos, algún comercial no sé muy bien de qué y así uno tras otro voy conociendo a casi todos los asistentes. Apenas hay chicas.

Al fondo de la barra se apoyan bruscamente dos tipos de tamaño y forma similar pero color de pelo opuesto. Parecen Zipi y Zape hormonados. Son los malos, los que noche sí y noche también terminan armándola y haciendo que aquello se convierta en un bar del lejano oeste, con sillas que vuelan y cicatrices posteriores. Mi pequeño tamaño y mi calidad de forastero me hace tener muchas papeletas para las cicatrices, así que me mantengo prudente. Junto a ellos otro tipo de similar hechura pero rostro algo más afable, acaba de retar al mecánico a echar un pulso. Le cruje fácil. Me mira. Me reta.

Nunca en mi vida me he pegado con nadie y creo que si lo hiciese saldría palmando. Sin embargo y por alguna razón que no termino de entender, tengo especial fuerza para echar pulsos. Suelo ganar a tipos mucho más fuertes que yo. Así pasa. Una y otra vez, con la derecha y con la izquierda, crujo a un tipo que me saca una cabeza y media espalda.

–   Estás fuerte cabrón!, ¿vas al gimnasio? –
-    Qué va, ¿ y tú?-
-    Yo tampoco, pero puedo levantar dos borregos a la vez, uno con cada mano –

En el absurdo mundo hormonal masculino acabo de ganarme el respeto de los malos. Zipi se acerca a darme la enhorabuena. Otro vino, paga él.

En un pueblo tan pequeño la noche fusiona todas las generaciones. El mecánico no llega a los treinta y su padre que le dobla la edad también está ahí, con sombrero y enajenado en medio de la pista. En este sentido la reina de la noche sin lugar a dudas es Lady Penny, una señora que debe rondar los setenta, con pantalones de pana apretados y camiseta de licra ajustada que pone en evidencia y sin pudor el paso de los años y el efecto de la gravedad. Tiene ojos de sapo, muy saltones y con un brillo especial efecto del exceso de alcohol. Se me acerca. Bailamos juntos, o algo parecido.

-    Eres muy guapo, me encantaría que vinieras a mi casa, te daría un buen baño.
-    ¿Cómo?

Lady Penny repite palabra por palabra su proposición. Pasado el shock rompo a reír, por un momento dudé haber entendido mal pero no, estaba claro el mensaje. Esto no puede quedar así, necesito testigos. Llamo a Tas que acude rápido. – ¿Cómo decías?-. – Le decía a tu amigo que es muy guapo y que me encantaría darle un baño en casa -. Esta vez lo hace rodeándome con el brazo, noto como su mano baja vertiginosa por mi espalda. Si los sexos estuviesen cambiados la cosa no sería tan graciosa, es lo bueno de ser hombre, que lejos de sentirme acosado me parece de las cosas más graciosas que me han pasado de fiesta. No puedo parar de reír.

Sin embargo me viene a la cabeza mi imagen desnudo dentro de una bañera, con Lady Penny y sus ojos saltones frotándome la espalda, y decido dar por concluido el capítulo. Cambio de ritmo, giro ciento ochenta grados arrítmicamente y huyo de allí. Al día siguiente me arrepiento un poco, me encantaría saber quién era Lady Penny, por qué estaba a sus setenta años bailando sola en un garito. Además de mi higiene personal, saber qué le preocupaba en la vida. Quizá nada, como parecía por su falta de pudor, o quizá demasiadas cosas y por eso mismo estaba allí excedida por el efecto del alcohol.

Las decisiones que tomamos cuando nos acercamos a los cuarenta nos llevan a diferentes escenarios, es interesante reflejarse en los de setenta y escuchar cómo fue su camino. Ellos saben mucho mejor como acaban las películas.

Abraham

sinewan.com. Sani Pass in BMW F800 GSLlevo casi dos semanas en Underberg y ha llegado el momento de partir. Otra vez este sentimiento agridulce que surge en cada viaje. Me cuesta despedirme de gente que ya considero cercana, de Steve y de Lulu principalmente. Sin embargo volver a cargar la moto y enfundarme el polvoriento traje motero significa que reanudo la marcha, que todo a partir de ahora vuelve a ser nuevo e intenso.

Lulu y Steve no quieren cobrarme nada por casi dos semanas a pensión completa. Es su forma de ayudar en el viaje. Finalmente arreglamos una irrisoria cifra. Yo les he regalado un par de vídeos, uno de la granja y otro de Steve corriendo con música de Candy, su hija menor. No es un trato, ambos hubiésemos hecho lo mismo sin nada a cambio.

Abandono la granja por la misma carretera de todos los días. Todo me resulta familiar, otro lugar anónimo que pasa a ser una enorme chincheta en mi mapa del mundo. De nuevo aire en la cara. Hoy es un día especial, pocas veces veo fotos previamente de la ruta a la que me enfrento. Hoy sí, el miedo a meterme en un laberinto sin salida me ha hecho investigar el camino previamente. Me dirijo a Lesoto por el más famoso de sus pasos, el mítico Sani Pass, una pista que zigzaguea con curvas de ciento ochenta grados pero sobre tierra, piedras y una fuerte pendiente. En ocho kilómetros se asciende de dos mil a casi tres mil metros. Según muchos lo pasaré mal con una moto tan pesada. No sería la primera vez que me veo en apuros por subestimar la exigencia de un trazado.

No hay nada como una buena publicidad. El Sani Pass no supone ninguna dificultad, con una buena moto como se sube sin mayor problema, saltando por encima de piedras y agujeros como si nada. La única complicación es parar para hacer vídeos o fotos. El fuerte desnivel y el irregular terreno deslizan la moto unos instantes antes de parar definitivamente. Lo que no defrauda es el entorno, la vegetación desaparece y cada curva las vistas son más espectaculares. Me cruzo con algún transeúnte sonriente al que le esperan varios kilómetros de caminata antes de llegar donde sea que vaya.

Una vez coronado el paso cruzo sin mayor problema la frontera y entro en Lesoto. El trazado sigue en ascenso hasta los tres mil trescientos metros. Ahí comienza el descenso, que empieza sinuoso y espectacular hasta que aparece la catástrofe. El Imperio Chino dinamitando la ladera y haciendo una ancha carretera que permita el cómodo y rápido desalojo de los recursos del país, diamantes en esta parte. Generadores, grúas y trabajadores chinos caminando por la cuneta de lo que será una fantástica carretera dentro de un tiempo, que cambiará por completo el entorno y la vida de estas gentes. Los transeúntes podrán ir y venir más rápido, llegará el progreso, pero probablemente perderán la sonrisa.

Los chinos están invadiendo África sigilosamente. Entran descalzos, sin hacer ruido, pero tras cada caja registradora de cualquier tienda de alimentación en Lesoto hay un chino que no habla el idioma. Un secuaz local siempre le acompaña y le protege. Cada surtidor de gasolina es atendido por trabajadores locales, pero al entregar el efectivo la mano negra sostiene los billetes escasos segundos antes de ir a parar a una amarilla, de un silencioso chino que acapara.

Tengo una pequeña misión que hacer. A través de elige tu propia moto aventura, Pablo e Itziar me sugerían que pasase una noche en casa del señor Thabiso. Según sus indicaciones debe estar por aquí. Encuentro la casa sin problema pero Mr Thabiso no está, ha salido de viaje. Mala suerte. Decido seguir unos kilómetros y alojarme en Mohktolong, la ciudad más cercana. Necesito electricidad para cargar las cámaras porque en los próximos días puede que no encuentre.

El hotel Mohktolong es decadente y desangelado. El precio me resulta caro, más de veinte euros por una habitación sin desayuno. La cena no está mal, pollo guisado con patatas. Salgo a fumar. Un chaval joven hace lo propio, viste impoluto con un chubasquero azul de diseño occidental. Apuesto a que si miro en la etiqueta está fabricado en china. Se llama Abraham, tiene veintisiete años y trabaja en la carretera bajo órdenes chinas. Le pregunto qué tal con sus jefes. No está muy contento, algunos peor y otros mejor, pero en general siempre están regañando y exigiendo. Le causan estrés. Me lo puedo imaginar, la productividad china dista un abismo de la africana, por algún lado tiene que estallar. Con reservas occidentales no me dice cuánto gana, pero reconoce que no está mal. El problema, asegura convencido, es que siempre queremos más. Si nos dan cinco, queremos diez, cuando tenemos esos diez, entonces queremos veinte. Me sorprende escuchar ese mensaje de un africano.

Abraham tiene tres novias, algo que dice orgulloso. Muchas tribus africanas eran y siguen siendo polígamas. Sólo ellos, claro. Son sociedades muy machistas, tanto o más que en algunos países musulmanes con peor prensa. Abraham ha estudiado ingeniería hasta que el sistema educativo de Lesoto le ha permitido. Pasa horas navegando en internet intentando seguir aprendiendo, pero no es suficiente. Aquí ya no puede evolucionar más, si quiere convertirse en ingeniero ha de salir fuera. Eso supone un coste inalcanzable para él.

Esa es su mayor preocupación, cómo salir del laberinto en el que anda perdido. Sólo puede conseguir dinero trabajando en la carretera bajo órdenes chinas. Eso le consume todo su tiempo y no le permite buscar una salida que le lleve a poder seguir estudiando. 

Abraham se merece poder estudiar mucho más de lo que yo me merecía. Sin embargo yo tuve la oportunidad y él probablemente no llegue a tenerla nunca. Esto es una traba para la evolución de cualquier sociedad, si no llegan los mejores por falta de recursos estaremos siempre en manos de mediocres.

Compartir una espontánea conversación con un tipo inteligente como Abraham, educado tan lejos y tan diferente pero con un mensaje tan cercano, me hace como tantas otras veces reflexionar sobre lo afortunado que soy de haber nacido en occidente.

Tengo la suerte de poder elegir si vivir en uno de los dos mundos, o incluso intentar vivir recorriendo ambos. Eso supondrá un esfuerzo, pero mucho menor del que necesita Abraham para conseguir llegar al único mundo al que aspira, el que le permita poder convertirse en ingeniero.

Mahali

sinewan.com. Riders for HealthMi objetivo final en Lesoto es su capital, Maseru. Allí tiene sus oficinas Riders for Health. Mad Dispersa me pedía a través de elige tu propia moto aventura que acudiese allí para conocer a esta ONG que brinda asistencia médica por todo el país con la ayuda de pequeñas motocicletas.

Tardo tres días en llegar y muchas horas de moto por pistas imposibles y parajes espectaculares. Son días de descanso emocional y de esfuerzo físico. Apenas conozco gente, la mayor parte del tiempo lo paso subido en mi moto luchando contra el terreno. Es la parte física de un viaje en moto, el componente de reto que también ayuda a mi drogadicción sobre este tipo de vida. Llegar sudado y polvoriento a un hotel, por decadente que sea, después de haber salido victorioso tras ocho horas de moto en lugares de cierto riesgo, me hace sentir especialmente bien. Los agujeros y las piedras no permiten mucha distracción así que pienso menos, algo que para mi carácter obsesivo supone un gran descanso.

Llego a Maseru al atardecer. Es una ciudad dócil comparada con otras capitales africanas, menos caótica y mucho más limpia. Sin referencias tardo en encontrar un bed and breakfast económico y con al menos un fino hilo de internet que me permita comunicarme con mi mundo. Llevo unos días desconectado, cosa que también supone un descanso. Al alojarme descubro que es viernes. He perdido la noción completa del tiempo. Sonrío satisfecho ante tal muestra de absoluta libertad. Luego frunzo el ceño, esto me tiene aquí recluido hasta el lunes que pueda visitar a Riders for Health.

Las oficinas de Riders for Health están en el Ministerio de Sanidad, en la quinta planta. Nadie me pregunta quién soy, entro sin mayor dificultad hasta la cocina. Estoy copiando más o menos literal un párrafo del libro “un millón de piedras” de Miquel Silvestre, que en 2009 visitó esta ONG. La secuencia se repite exactamente tal y como está narrada en el libro. Mahali Hlasa es la directora en Lesoto, me recibe sonriente sin cita previa. Contaminado por mi educación occidental llevo un plan para poder acceder a lo que busco, no quiero que se sienta acosada por un tipo desconocido sin cita previa. Llevo conmigo un ejemplar de “un millón de piedras” que espero me ayude en mi propósito. Cuando viajamos somos embajadores, la imagen que dejemos servirá a los que vengan detrás. No digo que siempre unos y otros dejemos un buen legado, pero cuando es así como es el caso, es justo reconocerlo.

Mahali se siente alagada al ver los capítulos que hablan de Riders for Health y ver su nombre escrito en un párrafo del que no entiende nada. Le traduzco lo que dice sobre ella y se siente adulada. Tanto que decido regalarle el libro. Mi objetivo es conseguir una entrevista y poder acompañar a los Riders en un día de trabajo. Mahali no pone ningún impedimento, hoy a la una de la tarde nos volvemos a ver para la entrevista y mañana me organiza una salida con los chicos.

Tras casi una hora de entrevista apago las cámaras y me vuelvo a sentar. Nos sumergimos en una larga conversación mucho más personal. Adoro a la mujer africana. Mahali es, aparentemente, mucho más sofisticada que las miles de mujeres que me he cruzado en mi camino cargando leña o acarreando agua durante horas, pero en esencia hay algo de lo mismo, de esa perseverancia y tesón que hacen que África no se vaya definitivamente al garete. Este continente subsiste gracias al trabajo de millones de mujeres incansables que con su esfuerzo consiguen alimentar a padres e hijos. Tengo la sensación de que Riders for Health subsiste en gran parte por el tesón y la dedicación de Mahali. Más de doscientas motos distribuidas por el país, personal médico, mecánicos, coches de apoyo y varios hospitales financiados por Riders for Health. Todo ello a base de conseguir ayudas, del Ministerio y de financiadores extranjeros. La salud de miles de personas depende exclusivamente de ellos, si desaparecen muchos morirán.

Por eso ante la pregunta “cuál es tu mayor preocupación”, la respuesta es directa e inmediata. “Que las ayudas un día no lleguen y todo el entramado conseguido con el trabajo de tantos años desaparezca y el pueblo lo acuse. También me preocupa que alguno de los chicos tenga un accidente”. Riders for Health invierte muchos recursos en formar a moteros y moteras, para que se enfrenten de una forma segura a las complicadas pistas de Lesoto. Cuando tienen accidentes Mahali se siente de alguna forma responsable.

Desde hace años colaboro en la construcción de pozos de agua potable en Senegal. Es un trabajo complejo y muchas veces desagradecido, pero cuando ves el resultado con tus propios ojos, el premio compensa con creces el esfuerzo. Pocas cosas te hacen sentir tan bien. Veo ese reflejo en el rostro de Mahali, satisfecha y orgullosa de su labor durante más de veinte años. En la pared cuelga un recorte de periódico enmarcado, es un artículo sobre ella pilotando una moto en los noventa. En la parte inferior derecha, una foto con Randy Mamola y Kevin Schwantz, jovencísimos. Vinieron a visitarla y pilotaron juntos. Por querer seguirlos hasta lo alto de un cerro, lo pasó fatal bajando. Le cuento que Kevin Schwantz quedó tercero hace unos días en una carrera, con casi cincuenta años. Le sale una carcajada espontánea.

Mi idea de cambiar de vida para seguir viajando tiene tras de sí el empeño de no pasar por la vida como un errante, tener al menos la sensación de estar aportando algo. Principalmente para sentirme yo bien. Esta visita me lo ha recordado.

Kevin

sinewan.com. kevin in clarensTras varias horas visitando pueblos y hospitales me despido de los moteros de Riders for Health sobre las dos de la tarde. Esta noche vuelvo a dormir en Sudáfrica. Cruzo la frontera sin pena ni gloria y de nuevo cambia el paisaje. Las mismas montañas áridas y rojizas de Underberg, que parecen envolver la totalidad de la frontera con Lesoto. Avanzo ágil por asfalto sin tráfico mientras el sol se desliza directo hacia el oeste. He de buscar un lugar donde dormir.

He parado a repostar en Bethlehem. Queda una hora de sol y hay otra ciudad a la que puedo llegar si no me demoro. Por otro lado este sitio parece agradable. No sé qué hacer. Esto es una constante en mis días de ruta, indecisiones que se hacen llevaderas al viajar solo. Tener que compartir esta incertidumbre con alguien más, día tras día, no debe ser nada fácil. Por suerte el guionista siempre aparece cuando más se le necesita.

Al otro lado de la calle un tipo parece estar probando una antigua Kawasaki 650. La arranca y la observa minuciosamente. En un momento nos cruzamos la mirada. Nos saludamos. El tipo apaga la moto y cruza la calle. Sin casi presentaciones sentencia el resultado de nuestro encuentro.

-    Debes de venir desde muy lejos, vente a mi backpakers que te invito.

Kevin es sudafricano y debe andar cercano a los sesenta. Conserva una buena mata de pelo rubia pero tiene el gesto y la piel curtida de una vida que desde el primer instante presumo será interesante. Acaba de comprar la reliquia por una miseria. El backpakers está en Clarens, a unos treinta kilómetros. Le sigo. Tardamos minutos en llegar, una recta infinita sin tráfico y un loco probando una moto con veinte años, ponen el marcador a ciento sesenta. Record de velocidad en África que espero no se vuelva a repetir.

El sitio es idílico, bajo una imponente roca rojiza se ubica una parcela ajardinada hasta el último centímetro y con varios edificios. Habitaciones individuales, una gran construcción de una planta para mochileros, un huerto, varias zonas de aparcamiento, una gran casa propiedad del dueño, amigo de Kevin, y un enorme camión hecho casa con varias tablas de surf en el techo, bicicletas en la parte trasera, un arco con flechas e innumerables juguetes más. Es la casa de Kevin, compró el camión en Inglaterra y se vino con él.

-    Kevin, ¿padeces el síndrome de Peter Pan, no?.
-    Sí, ¿cómo lo has notado?.
-    Supongo que porque yo también, me vi viviendo feliz en el camión, mucho más que en la casa.
-    Jaja, claro. Mi amigo Rick es dueño de todo esto, pero no es tan libre como yo.

Entre tanto ha anochecido y el frío empieza a acusarse. Entramos en la casa y Kevin enciende la chimenea con un soplete. Sonríe al hacerlo, como si fuese la primera vez. Nos contamos nuestra vida como si fuese un partido de tenis. Uno habla, el otro escucha, ahora habla este y el otro escucha. Como la mayoría de los sudafricanos que superan los cuarenta años, Kevin es veterano de guerra. Eso marcó a varias generaciones, especialmente a los de origen inglés. El ejército estaba en manos afrikáner y a los ingleses los trataban casi peor que al enemigo.

-Dos años de obligado cumplimiento en el frente y después, durante décadas, cada año te reclutaban uno o dos meses. Te reincorporabas a tu vida normal hasta que un día llegaba una carta, en cuatro días tenías que estar en la base. Te metían en un helicóptero y te llevaban a un frente que ni sabías cuál era. No sabías a quién disparabas, podías estar en la frontera con Angola, Mozambique o Zimbabue. Sudáfrica estaba en guerra con todo el mundo.-

Aparece Riky, es de la misma quinta que Kevin pero aparentemente menos curtido por la vida. Es un viejo roquero convertido en empresario. Mantiene una larga coleta canosa. Tiene un taller en la ciudad además del hotel. Sin embargo sigue tocando la guitarra en un grupo, mañana de hecho tienen concierto. Me sugieren que me quede al menos un par de días. La oferta es tentadora.

Por la mañana me voy con Kevin a desayunar al pueblo. Estamos en territorio afrikáner, aquí el apartheid fue muy duro y todavía se palpa en el ambiente el racismo y la división. El móvil de Kevin no para de sonar, es fontanero y ese oficio escasea. Él intenta trabajar lo justo para vivir, pero los clientes no dejan de llamarle.

Kevin está casado, pero su mujer está en Inglaterra junto al resto de su familia. Hace unos años que decidió emigrar y todos ellos le siguieron. Para un alma libre nacido y criado en África es muy complicado adaptarse a Europa y sus estrictas reglas. Harto de aquello compró el camión y volvió a Sudáfrica. Lamentablemente lo hizo solo, su familia se quedó allí y no lo están pasando muy bien. Sin embargo no quieren volver a África.

Kevin no titubea en su respuesta. Su mayor preocupación es saber si ha de quedarse o debería volver con los suyos a Inglaterra y echar una mano. Esa es su encrucijada mental, lo que no le permite ser feliz completamente a pesar de estar donde realmente quiere y haciendo lo que quiere, durmiendo en un camión lleno de juguetes.

Las decisiones que tomamos afectan a terceros, a las personas que queremos, y eso sin duda marca el resto de nuestras vidas. Por eso antes de tomar decisiones drásticas, hay que pensárselo dos veces, o catorce páginas.

Al día siguiente llego a Johannesburgo con muchas tareas que resolver para que el viaje siga. Decisiones de poca importancia como cambiar unos neumáticos, sustituir una tija, mejorar el equipamiento de la moto o formular una pregunta en elige tu propia moto aventura para decidir si vamos a Mozambique o a Botswana.

Las decisiones complicadas vendrán después, cuando vuelva a casa. Esa es mi preocupación.

No sé cuáles son las tuyas, que has leído con paciencia este largo viaje en ascensor. Quizá te has visto reflejado en algún párrafo o simplemente te has puesto en la piel de alguien a quien le preocupan cosas muy diferentes. En cualquier caso espero haberte distraído, que de eso se trataba.

Gracias por leerme.

Charly

 

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26 thoughts on Sudáfrica y Lesoto. Piedras, reflejos y preocupaciones.

  1. carlos sanz

    Joder Charly. Leido del tiron y me vuelvo a quedar con ganas de mas. Te voy a decir algo. Si un dia dejas de viajar y vuelves a España para quedarte y convertirte en un hombre gris, te inflo a hostias. Tu sabes, puedes, y podras vivir siempre el sueño de muchos. Escribe, fotografia, viveeee…. Te quiero amigo.

  2. Jorge

    Curioso viaje en ascensor. Interesantes ventanas al mundo a través de los rostros que has descrito. Respecto a tu dilema, tengo más dudas que respuestas, así que imposible aconsejarte, pero parece que te siente más vivo viajando ¿no?

  3. Fernando Serrano Garcia

    Como siempre leido de un tiron ,imposible dejarlo para otro momento una vez que empiezas,sigue asi Charly y dejanos disfrutar de tus ideas y pensamientos.

  4. Anónimo

    no se porque dices que es largo, a mi se me ha hecho corto. genial, las dudas es lo que tiene que no sabes que hacer, sigue asi y gracias por hacernos paticipe de tu viaje

  5. Cesar Vergara ( santiago, chile)

    Carlos me reflejo en ti , y en los relatos anteriores estabas por sobre los demas hoy veo que tienes las misma dudas que yo. Con otros sabores, Hoy tengo 39 Palos y quiero irme de viaje para no volver con mi familia que es mi señora y tres hijos. Vender todo y salir sin mayores cuestionamientos. Veremos si lo logro por el momento me doy gustos de recorrer con mi moto Amercia del Sur, sin embargo me falta , no me sirve salir de vacaciones , lo quiero como forma de vida. O simpre nos faltara y somos seres inconformistas. Tu vida es magica. Pero veo que te cuestionas tu futuro. Yo veo tu futuro compartiendo lo que has aprendido. Se generoso y hacer que mas gente se pueda atrever…..
    Gracias. Es un relato increible. Con personas maravillosas que muchas veces solo cuando viajamos nos atravemos a saludar. Sin embargo en el dia a dia tambien podemos hacer lo mismo.

  6. .
    Una crónica muy especial Charly, ya no solo por tus vivencias de esos días, sino en especial, por lo personal, por estar en esa encrucijada de que hacer, de dudar, de pensar, de analizar…

    … y si, me he sentido identificado contigo y visto reflejado en casi todos los párrafos.

    Gracias Charly, & “You Never Walk Alone”

    – LULO –

  7. Teresa

    Una lectura para disfrutar de principio a fin….definitivamente puedes vivir de esto…sabes contar motivando a seguir escuchando (en este caso leyendo)….Gracias!!

  8. Anónimo

    Muy bien, me ha gustado el relato, si eso cuando nos veamos y no me dejes tirado otra vez…en Barcelona recuerdas….pues eso te invito a unos vinos. Suerte y Gasss.

  9. Me gusta seguir, leer y ver tus historietas.
    Creo que puedes hacer lo que más te apetezca, es la ventaja que tienen los emprendedores. Estas vivo Charly, como decimos en mi tierra: “tira pa lante y templao”.
    Ánimo tocayo!!!

  10. tatin

    Estoy intrigado con las decisiones que tomaras en tu futuro, aunque a fecha de hoy quizas ya estes en Madrid con algo ya decidido.

    Por cierto, sabias de la historia de las botellas de coca cola con agua y amoniaco que se estan usando en paises pobres para iluminar las chozas? : http://actualidad.rt.com/sociedad/view/102906-inventor-botella-luz-pobre-moser

    Bueno , hagas lo que hagas tus párrafos me resultan amenos, y ponerse en la piel por unos minutos de alguien mucho mas nómada que yo me alegra muchoç

    Te paso una canción que me gusta mucho: https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=SpMZb6rEvtk

  11. Gracias a tí por compartirlo!!
    Con éste relato de tus vivencias me has enriquecido tanto como leyendo un buen libro. Tantas vidas, tan sucítamente contadas…llenan!

    …con tu “futuro”…lo que tenga que ser…será, no lo des mas vueltas. Hasta ahora tu guionista no te ha fallado; el proveerá!! Mucha salud!!

  12. Furi

    No se…haz lo que creas mejor. Y recuerda que no hay respuesta equivocada. Pero bueno todavia te queda mas de media Africa, asi que mientras disfruta…

  13. MaD

    Hoy en “Pregúntale a MrHicks46” he oído algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo. La única decisión que no tiene vuelta atrás es tener un hijo. Yo creo que si algo nos permite un mínimo de duda es que puede esperar, o podemos dejarlo pasar. Quizás por eso dejamos las decisiones importantes para más adelante y seguimos la ruta que nos apetece en cada momento. Déjate llevar, nada es definitivo y seguirás siendo libre de cambiar tu decisión si crees que no era la que te hacía más feliz.
    Un millón de gracias por visitar Riders for Health y hacerles saber que su labor se reconoce mucho más allá de donde pueden llegar con sus motos.
    Abrazote!

  14. Acabas de alegrarme una aburrida mañana en la oficina. Me encanta verte de nuevo metido en el viaje y no se si prefiero que vuelvas para irnos de vinos o que no vuelvas nunca. Porque se te ve muy feliz.

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  16. Qué pequeño es el mundo Charly!! Estamos cenando con el hermano de Ricky de Clarens en Durban y estamos alojados en casa de un amigo suyo.. Lo que te decíamos… Pequeño mundo…!! Abrazos. Jose y Pilar.

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