El mar está en calma. No hay luna. El cielo amenaza tormenta. Las luces de los cargueros iluminan el puerto. Suena la bocina. El barco comienza a deslizarse suavemente. Dar es Salaam poco a poco se aleja. Zanzíbar se acerca.

Conseguir estar en esta barco ha sido una nueva prueba de paciencia, de aguantar estoico frente a funcionarios, ventanillas y policías corruptos, e inmerso en el siempre surrealismo africano, donde lo cierto es que me encuentro muy cómodo. Cruzar a Zanzíbar con vehículo propio no es muy complicado pagando una fortuna, pero hacerlo medianamente barato lleva horas de gestiones y varios días esperando a que este barco zarpase.

Estoy tumbado en un sillón del ferry y en breve caeré dormido. La familia Zapp anda distribuida por el resto del barco, preparándose también para dormir unas horas. Juntos llegamos hace unos días a Dar es Salaam, cruzando gran parte de Tanzania. Viajar por carreteras africanas requiere siempre una gran dosis de paciencia. En este caso nos tocó esperar que las lluvias dieran una pequeña tregua y algún tramo volviese a estar “operativo”.

Mientras tanto viajamos, paramos en sitios, vemos lugares y sobre todo conocemos gente, el gran motor de esta vida. Y al final el viaje siempre continua, porque en África todo cuesta mucho trabajo, pero casi siempre todo se termina consiguiendo.

Antes de todo eso hubo que llegar hasta Tanzania. En eso estábamos cuando se cortó el último relato, en una comisaría de Mozambique, esperando pacientemente que un comisario corrupto me devolviese el pasaporte.
 

puerto de Dar es Salaam. Sinewan.com

Viajar con paciencia, el don del buen viajero.

 

El comisario tuerce el gesto una y otra vez. Mira de nuevo cada página del pasaporte en busca de un error, un resorte al que agarrarse para justificar el pago de una tasa corrupta. Yo aguanto estoico, sé perfectamente lo que está pasando pero no dejo de sonreír como si la cosa no fuese conmigo. Vuelve a insistir que por mi seguridad es mejor que se quede él con mi pasaporte. Yo contesto sonriendo, explicándole que por mi seguridad es por lo que mi pasaporte ha de estar siempre en mi bolsillo, pero que muchas gracias igualmente por su honesto ofrecimiento.

Una hora después de haber llegado el comisario cede y me devuelve el pasaporte sin pedirme nada a cambio. –Puede usted acampar-, me indica. -Muchas gracias -, contesto sin perder la sonrisa ni un solo instante.

La situación en cualquier caso no me gusta. Me temo que se ha quedado pensando como conseguir algo. No puede ser que un caramelo en forma de blanco, con unas horas de vigencia en su visado, llegue hasta su puerta y su bolsillo no se vea compensado. Mientras pongo la tienda de campaña en la oscuridad decido que mañana me daré un madrugón, recogeré rápido y me largaré sin dejarle tiempo para pensar. Que así sea.

Tengo la facilidad de dormir como un ceporro a pesar de cualquier circunstancia. No he escuchado el despertador. Unas voces me despiertan en las inmediaciones de mi tienda de campaña. No son ni las seis de la mañana pero alguien está barriendo el suelo que rodea la comisaria. Salgo de la tienda y me encuentro a un policía armado, siguiendo con la mirada a dos tipos mal vestidos que barren el suelo. Son presos, los sacan por la mañana unos minutos para que limpien los alrededores de la comisaría y después vuelven al edifico colindante. Anoche no me percaté pero eso de ahí es la cárcel. No tiene ni una sola ventana, tan solo un pequeño hueco en la puerta airea el interior de un edificio de unos doscientos metros cuadrados. Se escuchan voces en su interior, debe haber unos cuantos ahí dentro.

Está lloviendo. Rápido recojo como había planeado y salgo de allí antes de que aparezca el comisario. El instinto me dice que no me quede en Palma ni un minuto más, así que sin desayunar abandono la ciudad para afrontar los últimos cuarenta kilómetros de Mozambique. Sigue lloviendo. El asfalto termina y la pista de arena roja comienza a estar cada vez más embarrada. Las ruedas patinan pero la moto sigue siendo dominable.

Una fuerte pendiente baja primero para después subir bruscamente unos trescientos metros. Un par de coches permanecen detenidos en mitad de la cuesta. Tres tipos ponen arena seca sobre el barro y después empujan al coche que sin embargo no consigue avanzar. La cosa parece que se complica. Muy rápido no puedo pasar porque la rueda delantera se va continuamente. Si paso despacio me quedo y la lio. Al “tran tran” parece que funciona. Poco a poco avanzo despacio, esforzándome para mantener vertical casi trescientos kilos de moto. La pendiente es larga y el cuerpo pide descanso pero no puedo parar porque corro el riesgo de quedarme atascado. A la derecha parece estar mejor. Giro con la mirada para que la moto cambie de trayectoria dulcemente pero la rueda delantera resbala y la moto se va al suelo. La pendiente es brusca, va a ser complicado levantar la moto.

 

barro en mozambique. La vuelta al mundo en moto sinewan.

 

Los tipos que intentan sacar el coche del barro me piden dinero para echarme una mano. Sigo en Mozambique y aquí nada es gratis. En este caso lo entiendo, ellos trabajan aquí, viven de la oportunidad que el barro les brinda, como el que tiene una grúa y espera en los puntos negros de cualquiera de nuestras carreteras. Por supuesto no pago, de esta salgo yo solo. Lo intento una primera vez pero tanto la rueda trasera como mis pies patinan y el esfuerzo es inútil. Sigue lloviendo. Busco una piedra que haga de tope a la rueda trasera y no se mueva. Un nuevo intento, la moto se levanta hasta casi la vertical pero el último esfuerzo es imposible, mis pies se resbalan y el peso es demasiado. Toca descargar la moto.

Quito el petate y el top case. Reposo todo en el lateral de la carretera. Vuelvo patinando hasta la moto. Un nuevo intento y la moto sube sin problema. He debido deshacerme de unos treinta kilogramos y todo ha cambiado. Seguimos viaje.

El camino sigue embarrado y complicado pero nada como ese primer tramo. Dos horas después llego a la frontera. Ha dejado de llover y ahora el calor es insoportable. Paso el papeleo sin problema, compro dos botellas de agua pero decido no comer hasta llegar a Tanzania. No quiero perder ni un minuto más porque ahora llegaré a un río y el ferry que lo cruza, lo hace solo un par de veces al día. Quiero llegar al primer turno.

La tierra de nadie es esa zona entre dos fronteras que no pertenece a ninguno de los países. A veces son escasos metros y otras son kilómetros. En este caso son unos tres mil metros de pista hasta el río, frontera natural de Tanzania y Mozambique. Deben quedar dos kilómetros cuando veo gente caminar con grandes sacos en la cabeza. Esto no ha terminado aún, el guionista tiene una traca final preparada.

Varias voces me alarman para que pare y no siga por donde voy. Son un par de buscavidas, chavales que se ganan la vida sacando coches y camiones del barro. Su opinión, claro está, no me vale. Pregunto a uno de los tipos con un saco en la cabeza. Su gesto lo dice todo, si continuo por donde voy me dirijo a un infierno de barro. Ellos transportan la carga de un camión que quedó ahí encajado. A la izquierda sale un nuevo camino, los buscavidas me indican que les siga. Les digo que no, que voy solo, pero hacen caso omiso. Los clientes escasean en esta frontera y además ellos saben algo que yo no sé ni me puedo imaginar. Comienzan a guiarme por el nuevo camino, que no es tal.

Este nuevo escenario nada tiene que ver con lo que mi experiencia motera me ha enseñado. La necesidad de avanzar ha creado múltiples caminos por medio de la selva. Las huellas de coches y camiones han alisado parte de la hierba pero sigue siendo la jungla. Es un laberinto en el que cualquier opción que tomes te lleva a un profundo barrizal negro. De ahí salen nuevos caminos, nuevas intentonas de encontrar una vía de escape. Una maraña por la que los dos buscavidas me van guiando, cortando maleza y creando en ocasiones nuevos senderos.

 

Barro llegando a Tanzania. Sinewan.com

 

Muchas veces me preguntan si viajando he cambiado, si soy otra persona diferente. Siempre contesto que no, que la esencia es la misma, pero que el viaje en solitario me pone a prueba y saca cosas que de mí que desconocía que tuviera. Enfrentarme a esta odisea sin darle demasiada importancia es una de ellas. Estoy aquí solo y he de llegar a ese ferry, así que poco más hay que pensar. Miro el barrizal que me precede, tomo aire unos segundos y acelero. En este momento todo mi mundo se reduce a que mi rueda delantera permanezca vertical los siguientes cincuenta metros. El resto no existe.

El esfuerzo físico es descomunal, en una profunda rodada la moto cae por primera vez y una de las maletas se sumerge en el agua negra. La adrenalina me hace intentar levantar la moto sin pensármelo, pero con la posición en la que ha quedado es imposible. Los chavales corren en mi ayuda. Juntos lo conseguimos. Ahora sí, esto habrá que pagarlo.

No sé la distancia que estoy recorriendo. Ni siquiera sé el tiempo que paso en este infierno. Sólo sé que cada cincuenta metros que avanzo es una pequeña victoria. Me detengo unos minutos y espero que el corazón recupere un tono normal, mientras los chavales aguardan pacientemente. Observo el siguiente tramo y compruebo que es incluso peor que el anterior. Parece increíble que esto sea el camino que une dos países y que esté avanzando por aquí. Pero sí, poco a poco, a veces por sitios inverosímiles, la moto se abre camino. En ocasiones las revoluciones llegan a las seis mil vueltas, el neumático trasero se hunde hasta que encuentra algo a lo que agarrarse y salimos a trompicones de un  profundo agujero negro.

Infierno de barro. Vuelta al Mundo en Moto Sinewan

 

La tercera y última vez que dejo caer la moto para no herniarme, doy un grito maldiciéndome. Pocas veces cruzo la línea en la que el sufrimiento es mayor que el placer y hoy es una de ellas, lo único que deseo es llegar a ese río.

Dicen que la cara es el espejo del alma y yo acostumbro a fiarme casi a ciegas de eso. Estos chavales son buscavidas pero son buena gente, especialmente uno de ellos, que me tranquiliza y me advierte que ya llegamos. Un último esfuerzo, un acelerón más, unos últimos metros en los que la moto avanza bailando sobre el barro y cuando por fin toco suelo firme,  levanto la mirada y veo el río. Lo he conseguido, incluso del infierno se sale, sólo hay que proponérselo o que no te quede otra.

Barro en Mozambique

El puerto no existe como tal. Es un terraplén natural por el que se intuye pondrán una plataforma en la que acceder al ferry. Un chamizo da sombra a unas diez personas que esperan cruzar el río o quizá simplemente aguardan la llegada de viajeros con los que comerciar. Un único vehículo espera la llegada del ferry. Es un cuatro por cuatro con dos indios y dos tanzanos. Los primeros son adinerados hombres de negocios, los tanzanos son el chofer y el guía-intérprete. Viven en Tanzania pero vienen de Mozambique donde han hecho algún que otro negocio. El barro no ha distinguido entre clases y todos están igual de sucios. Se han quedado varias veces en el barro y los buscavidas les han pedido doscientos dólares por ayudarles, a lo que se han negado. A mí me ha costado cuatro dólares su ayuda.

Son las once de la mañana pero el ferry no llegará hasta las tres, cuando suba la marea. Eso supone cuatro horas de espera. Toca activar la paciencia. Estoy completamente agotado pero sin embargo no dejo de sonreír satisfecho por haberlo logrado. A ratos charlo con los indios, muy interesados en todo lo que me rodea, y a ratos busco una sombra en la que tumbarme y recuperarme. Las horas pasan despacio, la marea sube poco a poco pero el ferry no llega. El chofer de los indios habla varias veces con el capitán del ferry. Está estropeado y no saben si conseguirán arreglarlo hoy o habrá que esperar a mañana.

Viajando he aprendido a esperar y no desesperar. Es un aprendizaje fácil y casi inevitable, las cosas en la gran mayor parte del planeta funcionan a un ritmo diferente del nuestro. Los diez tipos del chamizo ni se inmutan, pueden estar ahí tumbados horas e incluso días. Cuando tenga que ser será y mientras se distraen charlando unos con otros.

Los indios son hombres de negocios acostumbrados a otros tiempos, así que tiran de billetera y trazan un plan B. El chófer se queda en el coche y ellos cruzan el río en una pequeña barca, con el intérprete. Éste ha llamado a Tanzania para alquilar otro coche que venga a buscarles a la otra orilla. A los indios les preocupa dejarme aquí solo pero no parece que haya muchas opciones.

La situación no es alarmante pero toca encender la alarma amarilla. Llevo rato observando a los tipos que andan bajo el chamizo, con los que supuestamente pasaré la noche si no llega el ferry. No parecen mala gente pero hay varios factores que me preocupan. Uno de ellos es que he incumplido el protocolo de protección,  si no quieres que te roben no seas ostentoso, no pasees por la playa con un reloj que cuesta cien dólares en un país donde el sueldo medio mensual son cincuenta. Y yo no he dejado de grabar todo lo que estaba pasando desde que llegué, con una cámara que cuesta el sueldo anual de los tipos del chamizo.

Por otro lado son mozambiqueños y eso les convierte en sospechosos. Por último estoy en tierra de nadie, lugar ideal para delinquir. Tengo tres opciones y he de decidir rápido porque se acerca la noche. Puedo deshacer el infierno de barro y dormir en la frontera, algo que me fatiga de solo pensarlo. También puedo acampar y quedarme con el chofer o intentar que una pequeña barca quiera transportar mi moto al otro lado del río, opción que más me gusta. El intérprete ha llamado a alguien para que manden una para los indios. Él se encargará de negociar el transporte de mi moto.

Aparece la barca con sus dos tripulantes. Son dos chicos jóvenes muy bien vestidos, parece que el negocio les funciona bien aunque eso les haya hecho perder la sonrisa. El intérprete comienza la negociación hablando en lengua local. El tono aumenta por momentos, no parece que lo cosa esté yendo muy bien. Yo he ofrecido veinte dólares de inicio, sabiendo que me tocará subir. El intérprete viene compungido, los chicos no se mueven por menos de setenta. Estamos muy lejos de un acuerdo así que finjo que hemos terminado de negociar. El éxito de estas negociaciones pasa por activar de nuevo la paciencia y saber esperar.

El intérprete vuelve a discutir y los chicos me piden mi último precio. Ofrezco treinta dólares pero la cantidad les sigue pareciendo muy baja. Por menos de cincuenta dólares no me llevan.  Me quedo pensativo unos momentos, los indios están esperando que yo decida para marchar con o sin mí. Sé que lo puedo sacar por menos pero eso nos llevará tiempo. Por otro lado compensa pagar cincuenta dólares por no pasar aquí la noche y llegar al otro lado acompañado. Accedo.

Descargo todo el equipaje y entre ocho subimos la moto a la barca, que aunque parece endeble soporta el peso de la moto y unas veinte personas. El capitán arranca el motor, la barca gira ciento ochenta grados lentamente hasta que enfila hacia la otra orilla y comienza un lento pero seguro avanzar.

Doce horas después de haber arrancado la moto en la comisaria, consigo completar los cincuenta kilómetros escasos que quedaban hasta esta frontera. Con paciencia todo se consigue. Tanzania nos espera.

Gracias por leerme amigos.

 

Subiendo moto a barca en Mozambique

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8 thoughts on Viajar con paciencia. Primera parte. Relato

  1. Antonio Comino

    Amigo, vaya aventuras y desventuras. Este relato lo he leido con una mezcla de entusiasmo, por seguir tu viaje, y de angustia, por ese lodo, por esos mozambiqueños, por pagar, casi, por respirar, jejejeje. Pero al final siempre sabes dejar buen sabor de boca.

  2. Vince

    Muy buen relato y tremenda la primera foto. Menos mal que seguiste a tu instinto tanto en la comisaría como en cruzar el rio y todo salió a pedir de boca. Animo y gracias por compartir esta pedazo de aventura, te seguimos.
    P.D. Lo del palo y la zanahoria que se comenta, a mi me gusta. Nos da esa sensación de intriga por lo que va a suceder, que es lo mas cercano a lo que tienes que sentir en tu día a día en este gran viaje.

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